Mar, 07/03/2018 - 13:01
Foto: Francisco Javier Méndez

Reflexiones finales sobre el viaje a Rusia.

Colombia clasificó a octavos de final de la Copa del Mundo en un partido frente a Senegal lleno de tensión y emoción. La incertidumbre causada por la posibilidad de que nuestro equipo fuera eliminado en primera ronda hizo que muchos de los asistentes al juego de Samara estuviéramos igual de pendientes de nuestros celulares, donde se mostraba el marcador del encuentro entre Polonia y Japón, que de lo acontecido en la cancha. No obstante, el gol marcado por Yerry Mina disipó la duda de miles de colombianos que celebraban eufóricos. Al final me fui feliz por el resultado, pero algo contrariado por saber que era mi penúltimo día en Rusia.

Durante esta edición del mundial el país anfitrión tuvo oportunidad de mostrar su cara más amable. Antes de partir rumbo a Europa había escuchado que los rusos eran fríos y distantes. Sin embargo, mi experiencia fue totalmente distinta: los lugareños se caracterizaron por su amabilidad y estuvieron dispuestos a ayudarme a mí y a las personas con las que iba en todo momento, incluso mediante señas cuando la barrera idiomática no permitía la comunicación a través de palabras. Es posible que lo excepcional de la ocasión haya tenido algo que ver, pero no es algo que pueda afirmar a ciencia cierta.

Más allá de ello, Rusia es un país con una historia excepcional la cual, no está de más decirlo, nos llega en muchas ocasiones tergiversada y cargada de interpretaciones malintencionadas. Ciudades como Moscú o San Petersburgo son museos gigantes donde el pasado soviético y zarista se expresa en construcciones, calles e incluso estaciones del Metro, conviviendo con edificaciones más recientes que nos recuerdan que las urbes se caracterizan por ser lugares dinámicos y cambiantes. 

Fueron alrededor de 20 días entre aviones, trenes, hoteles y estadios. El cubrir un evento que se realiza en diferentes ciudades exige estar en constante movimiento y no permite conocer a profundidad todos los lugares que uno visita. De hecho, de Samara solo vi el aeropuerto, el estadio y el trayecto entre ambos; pues fue ida y vuelta a Moscú en un mismo día. Esta molestia se ve compensada por el hecho de estar permanentemente rodeado por gente de diferentes partes del planeta, pues el fútbol tiene la virtud de ser una pasión de escala global.

Varias veces estuve sentado en la barra de un bar junto a personas de diversas procedencias, todas interesadas en resaltar entre la multitud por su lugar de nacimiento. En un mundo donde los elementos identitarios que se supone van ligados al concepto de Estado-Nación son cada vez más difusos, el deporte se ha convertido en un campo donde el orgullo por pertenecer a un área geográfica delimitada vuelve a salir a flote. En este sentido, en eventos como el mundial de fútbol las personas suelen ir con prendas que los identifiquen con respecto a su nacionalidad. Esto se complementa con el surgimiento, actualización y ocaso de ídolos deportivos que representan al país en la cancha. Lo ideal es que las expresiones de pertenencia a un grupo puedan ser llevadas a cabo en paz, celebrando la diferencia. En Rusia 2018 en términos generales y a excepción de algunos eventos concretos, esto por fortuna ha sido así.

Dicen que los mundiales son adictivos, pues una vez se viaja a uno se quiere ir a todos. En lo personal puedo afirmar que la anterior premisa es verdad, las vivencias que se obtienen en estos espacios son únicas y superan con creces el ámbito de lo deportivo. En mi primer artículo con respecto al viaje que emprendí el 9 de junio hice referencia a un sector de la academia que desprecia el fútbol por considerarlo una actividad banal. Yo creo que lo realmente banal es despreciar un fenómeno simplemente por no poder o no querer verlo en toda su complejidad. 

 

 

 

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