Jue, 08/23/2018 - 08:35

Acoso y poder: repensando el movimiento #MeToo

#MeToo puede ser entendido como un movimiento transnacional de mujeres, activistas y feministas que busca denunciar agresiones sexuales y apoyar a las víctimas. Sus orígenes se remontan al 2006, cuando la activista afroestadounidense Tarana Burke creó una campaña contra la violencia sexual con el mismo nombre. En el año 2017, varias actrices de Hollywood denunciaron ataques en su contra perpetrados por el productor Harvey Weinstein. Hoy en día, Weinstein sigue siendo judicializado por acoso y violación.

Desde ese entonces, #MeToo también se convirtió en una etiqueta de redes sociales que nos sirvió para hablar de las historias propias y sacar la violencia sexual del rincón privado donde usualmente se halla. Al mismo tiempo, nos fue útil para demandar políticas de protección a las autoridades. Quienes nos situamos dentro del movimiento directa o indirectamente exigimos reformas para que las víctimas pudieran acceder plenamente a la justicia sin distinción de raza/etnicidad, género, clase, nacionalidad, orientación sexual, condición de discapacidad y confesión religiosa.

En una columna de opinión publicada en The New York Times Ilan Stavans afirma que, si bien, en América Latina han existido marchas para oponerse a la violencia contra las mujeres, el impacto de #MeToo ha sido menor. Desde su perspectiva, “ningún político, empresario, cineasta o funcionario cultural latinoamericano ha perdido su cargo por acusaciones de acoso”. Y a pesar de que esto es parcialmente cierto, considero que el continente tiene sus propias expresiones de lucha para erradicar la violencia contra las mujeres, en las cuales participamos activistas, académicas, artistas, lideresas y funcionarias. Estas luchas son irrepetibles, ya que emergen de contextos culturales, geografías, historias y políticas que dan cuenta de vivencias de opresión en el patriarcado, el (neo)colonialismo y el neoliberalismo.  La desigualdad, la exclusión y la muerte que impera en el continente hunden raíces en cada uno de estos y se expresan con contundencia en los cuerpos de las mujeres.

En un capítulo de libro sobre metodologías feministas, poscoloniales y latinoamericanas, la investigadora Karina Bidaseca afirma que las mujeres del Sur somos narradoras de nuestras propias vidas. Indudablemente, hay mucha resistencia en los relatos de las mujeres. #MeToo fue importante porque nos permitió contar nuestras historias, construir resistencia transnacional y protegernos contra la violencia sexual. Sin embargo, como todo movimiento social –generado por personas, y por ende, lleno de contradicciones–, #MeToo es susceptible de crítica y necesita repensarse.

Para que el movimiento opere efectivamente en torno a una defensa de las víctimas, es importante prestar atención a algunos malos entendidos sobre el acoso sexual, que han servido para que los opresores deslegitimen nuestras luchas por una vida libre de violencias. Estos malos entendidos han adquirido visibilidad, sobre todo, a raíz de los casos de Avita Ronell y Asia Argento. Ambas han desarrollado una vida defendiendo los derechos de las mujeres en sus respectivas profesiones pero han sido denunciadas por perpetrar el acoso sexual contra hombres. ¿Dónde está la autoridad de las mujeres feministas y empoderadas para encabezar la bandera del #MeToo entonces?, ¿pueden ser las mujeres agresoras sexuales también?, ¿por qué las denuncias de hombres no tienen cabida –aparentemente– dentro del movimiento #MeToo? 

Los malos entendidos a los que hago referencia son principalmente dos. En primer lugar, se entiende el acoso y todas las expresiones de violencia sexual como asuntos que atañen únicamente a las mujeres. Las mujeres somos representadas como víctimas únicas, desprovistas de agencia y sin posibilidad de reconstruir nuestras vidas después de la experiencia violenta. Lo problemático de esta idea es que, al ser dominante, se descartan las vivencias de otros sujetos que también han sido víctimas de acoso sexual. Es verdad, las mujeres hemos sido violentadas, oprimidas y despojadas por nuestro género, pero esto no nos autoriza a negar la existencia de otro universo de víctimas posible. Por ejemplo, no es un secreto que las denuncias de violación hechas por hombres son desestimadas y ridiculizadas en instituciones, medios de comunicación y redes sociales. En este punto es necesario reconocer con más fuerza que los hombres pueden ser víctimas de acoso y violencia sexual, aunque esto sea una obviedad. Considero que el movimiento #MeToo no ha respondido a esto con suficiencia.

En segundo lugar, dado que las mujeres somos concebidas usualmente como víctimas –no porque no lo seamos, sino porque se suele pensar más en nosotras como “seres vulnerables” que como “sujetos”– se vuelve casi imposible, e incluso inmoral, definirnos como agresoras. Esto conduce a desconocer una dimensión que permite explicar el acoso y la violencia sexual: el poder. Es comúnmente sabido que las mujeres también podemos reproducir privilegios, ideologías opresoras y desplegar múltiples violencias.

La violencia sexual no es un fenómeno inherente a la experiencia de ser mujer ni es un rasgo determinante de la condición masculina. Si existe la dinámica de poder, desigualdad, privilegio y marginalidad que propicia la violencia sexual, la posibilidad de que una mujer sea agresora no debe ser descartada. Pensar lo contrario equivale a reproducir aquella idea esencialista de que las mujeres sólo podemos ser personas afectuosas, y que nuestra vida está determinada por los roles de “cuidadoras” y “pacificadoras”. Estudios sobre las mujeres combatientes en conflictos armados refutan esta idea. Asimismo lo hacen aquellas investigaciones que abordan la manera en que las mujeres europeas ejercieron violencia contra las mujeres indígenas en el contexto de la colonización de las Américas.

En suma, reconozco que el movimiento #MeToo nos permitió compartir historias de abuso y construir alianzas trasnacionales para promover una vida libre de violencias. No obstante, en vista de los acontecimientos recientes y las dinámicas del mundo es necesario reflexionar sobre sus contradicciones internas. Repensar el movimiento es necesario. Esto implica generar nuevas definiciones de violencia sexual que incluyan el poder, y el universo de víctimas y agresores que este llega a configurar.  

Vivian Martínez Díaz

@VivianMartDiaz

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