Sáb, 05/13/2017 - 09:34

Adivina quién soy II

Segunda Parte

Ya en el motel, la mujer comenzó a quitarse peluca, pestañas, dentadura, relleno de busto y nalgas…, y su nuevo novio le preguntó, muy asombrado: — ¿Es que tú no tienes nada natural? — Sí, tres hijos —respondió la dama.

Si alguien insulta a otra persona, en el 99% de los casos (por no decir que siempre) la agredida se ofende. Dependiendo de varios factores, su respuesta puede ser quedarse callada, o devolver una ofensa similar o mayor, o retirarse de allí... el caso es que casi nadie “rechaza” en su interior la ofensa, sino que la acepta, la asume, se siente agredido, es decir, la ofensa llega y cumple su objetivo. Esto funciona independientemente de que el ofensor sea conocido o desconocido.

En la otra orilla, si un recién conocido le dice algo amoroso a una dama (o de dama a varón, también aplica), más allá de un simple piropo, se dispara una alerta que impide tomar por cierta esa declaración de amor y se entra en una actitud de prevención, de sospecha de que haya intenciones ocultas en esa expresión afectuosa. Allí no ocurre que el amor llegue y cumpla su objetivo; primero tiene que pasar el filtro de la prevención cultural que tenemos, porque en nuestra programación mental asumimos que los insultos son gratis y abundantes, pero el amor es costoso y escaso.

A la mayoría de la gente le resulta comprensible que se sospeche de un “enamorado” que recién se conoce, pero resulta extraño que se sospeche de una declaración amorosa de la propia pareja. Y, sin embargo, ocurre con más frecuencia de la imaginada.

Quizá sea porque entre los miembros de la pareja la agresión está a la orden del día (y los reproches, sarcasmos, burlas, ofensas, vuelan todo el día como moscas en basurero), el caso es que en muchas parejas resulta muy fácil que uno enganche al otro en una pelea por cualquier nimiedad, pero muy difícil que se logre un momento verdaderamente amoroso, romántico, delicado, íntimo, porque cuando aparece alguna expresión tierna se entra en “modo alerta”.

La ternura, el beso delicado, la caricia suave que tiene valor por sí misma, se han remplazado por el mero encuentro orgásmico que desahoga tensiones, y como se ha desarrollado una rutina predecible (algunas parejas tienen hasta día y hora prefijadas), cuando alguno se sale del libreto y aparece con algo especial, la sospecha se dispara. Es clásico e ilustrativo el chiste de la mujer que llega con palabras cariñosas a su marido, con ganas de “consentirlo”, y éste pregunta qué le pasó al carro.

Detrás de estas situaciones está el fantasma de las máscaras que se han venido usando durante toda la relación.

En la primera parte de este tema (http://www.revistaenfoque.com.co/opinion/adivina-quien-soy) hablamos de que no nos aceptamos como somos, y procuramos mostrarnos como no somos en realidad, buscando con ello ser aceptados por quienes también están enajenados por un modelo de lo que es bonito y aceptable (“al fin y al cabo, ¿quién podría interesarse en alguien tan... como yo?”).

En procura de esa aceptación vamos desarrollando un personaje que guste a los demás, no solo en la apariencia física (que ya mencionamos) sino en la conductual. Nos mostramos simpáticos, graciosos, atentos, respetuosos, etc., para poder circular en los espacios sociales que habitamos (estudio, trabajo, vecindario, etc.), pero lo hacemos con el recurso de simplemente esconder el áspero e irrespetuoso que llevamos dentro, en lugar de hacer un verdadero trabajo de mejoramiento personal que desarrolle como virtudes las características que mostramos como engaño.

Dado que no hemos transformado en verdad nuestra personalidad, no la hemos convertido en el jardín de flores que mostramos falsamente, la verdadera dimensión de nuestra agresividad aparece cuando decidimos que ya no hay nada que cuidar, y generalmente eso estalla en la cara de quien debería ser la persona más cuidada, más amorosamente atendida... nuestra pareja.

Y cuando nuestra pareja protesta con aquello de “¡Esa no es la persona que yo conocí!”, le respondemos “¡Pues váyame conociendo!”, y seguimos en nuestro desbarrancamiento emocional.

El chiste que pusimos como epígrafe en la primera parte aplica tanto para mujeres como para hombres, por supuesto, y muestra esta desgraciada situación de que empezamos a conocer a nuestra pareja cuando termina la luna de miel, o quizás al salir de la boda; en cualquier caso, demasiado tarde para echarnos atrás sin consecuencias muy dolorosas.

Dice el proverbio chino de que el mejor momento para sembrar un árbol fue hace 20 años, y el segundo mejor momento es ahora.

Dado que no hicimos hace 20 años las mejoras de personalidad que nos hubieran convertido en la persona idónea para construir esa relación amorosa genuina y satisfactoria que todos soñamos, empecemos a hacerlas ahora y comencemos a construir el cielo que podemos tener en casa, en lugar del infierno del que tanto se quejan muchos.

Dice otro proverbio que “Un amigo es aquella persona con la que no nos sentimos en peligro”; ¿le ocurre eso a usted respecto de su pareja, o siempre anda cuidándose de ella?

La clave para tener una relación plena y feliz no es encontrar a la persona ideal, sino convertirse uno en esa persona ideal. Al fin y al cabo, es sobre mí mismo que puedo hacer un trabajo de mejoramiento, y resulta imposible cambiar a otra persona que piensa que ella está bien y el del problema es uno.

La necesidad de esconder quiénes somos realmente surge de no querer cambiar ese monstruo que sabemos que somos.

Estas consideraciones sobre la relación de pareja también aplican sobre cualquier otro tipo de relación, por supuesto.

Solamente dejándose conocer como realmente somos es posible construir relaciones verdaderas y satisfactorias, y solamente convirtiéndonos en mejores personas es posible atrevernos a mostrarnos como realmente somos.

Namasté.

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