Lun, 08/06/2018 - 08:18

Del turmequé con discos de oro a la apuesta virtual

Cuatrocientos ochenta (480) años se cumplen hoy, 6 de agosto, de la fundación de Santa Fe de Bogotá. Las páginas de historia de nuestra capital tienen todo lo divino, humano y demoníaco que se pueda albergar en el alma de los diversos seres que la han poblado desde el adelantado Don Gonzalo Jiménez de Quezada quien instituyó el Cabildo de Santa Fe hasta el insigne y repitente alcalde mayor don Enrique Peñalosa Londoño.

No es nuestro propósito hablar de cómo la Atenas Suramericana pasó a ser la ciudad más Pesimista del Mundo.

Pero sí echemos una rápida mirada a algo positivo y lucrativo, esperanzador y bello, apasionante y educativo como lo es el juego.

No es posible imaginar que los zaques y zipas de esa primera época se divertían jugando el turmequé, o el tejo, con discos de oro. Quien ganaba tenía como premio a una india chusquísima, bien dotada y preparada para las faenas de esteras y matorrales por la matrona mandamás. Hoy se le llama proxeneta.

Esos zipas observarán desde su chibchacielo que ahora se juega es por dinero, por pasatiempo y la ilusión de “hacer saltar la banca” y que no dejan palpar ni tocar en vivo y en directo el premio a que se hace merecedor el ganador. Todo es virtual. Todo es con plataformas aprobadas por Coljuegos.

El juego siempre ha sido estigmatizado en Bogotá. Con relación a las carreras de caballos, tuvo sus inicios por allá en la Colonia. La carrera séptima frente al Palacio Presidencial fue bautizada como la Calle de la Carrera.

Allí, los indios, a pata pelá, y a medio tapar sus cuerpos y sus partes, se enfrentaban a los señoritos montados en enjaezados corceles.

Se daban casos en que los indios le ganaban a los centauros, porque tal parecían los chapetones. Los españoletes le pagaban el premio al indio dándole buenos azotes por la osadía de haberlos hecho quedar como unas bestias.

O les daban una buena totumada de chicha de la que hacían y hacen todavía en Egipto, el barrio que queda ahí no más, a unas cuadras del Palacio Presidencial. Los malpensados dicen que el barman de Palacio llena sus cavas de la ancestral bebida y que por ello se suceden tántas y tántas embarradas en Palacio. Y así desde el Descubrimiento y por los 480 años.

No me tocó esa época pero sí la de cuando para jugar ruleta debíamos subirnos de incógnito a un tranvía e ir a buscar la casa donde, clandestinamente, también se echaban a rodar los dados cargados con imanes que se manejaban desde debajo de la mesa por otro imán, colocado en la rodilla de mi amigo el tahúr llamado Judas. A veces saltaban los clavos de la mesa.

Todo se modernizó. El chancero dejó de escribir el número uno, como solo una línea vertical, que luego lo convertiría en siete si se quería esquilmar al cliente. Desaparecieron las ruedas fiché que se detenían a voluntad, del operador.

Locas Margaritas y locos del Tranvía, alcaldes a quienes les metieron gato por liebre, pasaron y, ahora solo nos resta esperar ser la base de ovnis que llegan a divertirse en el azar virtual y, ¿por qué no?, a jugar turmequé con indios en chibchados y a quemarle las mechas y hacerle las moñonas a las Indias, como se le sigue llamando a estas tierras. Feliz aniversario bogotanos.

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