Dom, 06/03/2018 - 00:57
Fotografía tomada de la página www.viceversa-mag.com

El baile de los que sobran

Por primera vez en la historia de Colombia todo el establecimiento está apeñuscado en un solo rincón. Están allí dos siglos de opresión, maquinarias políticas y corrupción unidos por la misma causa: luchar todos juntos por los privilegios que se han arrogado a través del Estado y de lo público desde la Independencia, en contra de millones de personas que imaginan, por fin, un país distinto. Los poderosos siguen con todas las ventajas a su disposición, con las mayorías a su favor, con el fervor irracional de los siervos y los esclavos que se hacen matar por sus amos y que se acostumbraron a las cadenas, que en cada elección se creen parte de esa logia selecta de bendecidos y afortunados.

Están atrincherados como los cobardes que solo se sienten valientes con armas en las manos. Esas armas son el clientelismo, la burocracia, la concentración de la riqueza, la falta de educación de las masas y una inequidad enorme que les garantiza mantenerse en el curubito de la pirámide social generando necesidades en millones de pobres que prometen resolver en cada campaña política al ritmo de aguardiente y papayera, robándole así el criterio a los electores y la voluntad al pueblo que vende su voto por las migajas que les quita el hambre de un día.

Estamos ante un nuevo Frente Nacional improvisado, hecho a las carreras de la ambición y el desespero, porque el velo de los siglos se les cayó, porque esas luchas postizas entre liberales y conservadores no eran más que las peleas de las élites históricas heredadas desde la Colonia disputándose el poder ante una ciudadanía perpleja, pasiva y sumisa que tomaba partido bajo dogmas y discursos vacíos de los ricos disfrazados de patriotas, que siempre aniquilaron cualquier posibilidad real de abrirle paso hacia la democracia y el gobierno al pueblo descalzo y resentido que siempre ha puesto los muertos. Ahora, esos poderosos están abrazados, pero no para repartirse el Estado a mitades como si fuera una torta de cumpleaños, tal como lo hicieron en Benidorm y Sitges hace sesenta años. En esta oportunidad están abrazados en cualquier sala de reuniones de última hora sosteniendo el cuchillo entre los dientes para defender y mantener lo que creen que les pertenece por el derecho divino que les da su abolengo, su linaje, sus bancos, sus oligopolios, su posición económica, sus latifundios y la inercia de la Constitución de 1886 que le hizo creer a millones de personas pobres y desposeídas que de ellas sería el reino de los cielos, porque de la tierra y la riqueza colombiana, poco les iba a corresponder.

Colombia superó por fin en el papel el lastre de esa Constitución confesional, centralista, discriminadora y clasista de 1886 con la Carta de 1991, pero no ha podido superar a sus más rancios representantes que ahora se arrepienten de haber abierto esa caja de pandora. Da grima ver a César Gaviria pisoteando las banderas del Partido Liberal que le entregaron untadas de la sangre de Luis Carlos Galán solo para garantizarse a través de Simón al menos una generación más entre las mieles del poder. Da rabia ver a los representantes más radicales del catolicismo y de los evangélicos cristianos aplastando la Constitución del 91 con la Biblia en un país que se proclama laico, esperando su gobierno para reversar todo lo que se ha avanzado en la consecución de las libertades individuales y el respeto por los derechos de las minorías. Es patético ver a Germán Vargas Lleras regresando a su guarida con el rabo entre las patas para reclamar su partecita de poder, su cuota de puestos, algún ministerio y cuatro años más de campaña para su candidatura eterna porque él cree que ser Presidente está escrito en su destino heredado, así la gente no lo quiera. Es grotesco ver a un caduco y molesto Andrés Pastrana relamiéndose las heridas porque la historia siempre va a comparar lo que es un proceso de paz exitoso con uno fallido, y el de él siempre será el fallido. Y detrás de ellos, ahora arropándolos a todos con su capa vampiresca, el Tarantino de nuestra realidad, Álvaro Uribe Vélez, el arquitecto de nuestro horror que no concibe paz sin venganza. Y para concluir, a toda esta Colombia revejida, clasista, excluyente y discriminadora, le ponen el rostro jovial de un párvulo sin experiencia al que le pintan canas y le inventan títulos y méritos, mientras los coros celestiales dicen una y otra vez que él representa a la nueva Colombia, cuando solo es la herramienta nueva de dos siglos de opresión, camándula, terratenientes y dueños de todo el aparato productivo y financiero de la Nación. Se llama Iván Duque y hace apenas un año no sabíamos quién era.

Los analistas defensores del estatus quo dicen que toda esa corruptela junta, apeñuscada y desesperada, es el símbolo de la “unidad nacional”, ese mote reencauchado cada cuatro años para referirse a las nuevas formas de repartirse la burocracia y los contratos. Dicen con la mano en el pecho y mirando al horizonte que por fin hay una causa común en pro de la Patria, esa ficción que se inventan para hacernos creer que todos estamos del mismo lado. Esta vez no. Esta vez le sobramos muchos, millones a esa “unidad”. Estamos en la otra esquina, con la intención profunda y el deseo intacto de que todo cambie en aras de construir una sociedad más equitativa, más digna, en donde las oportunidades no sean el capital exclusivo de unos cuántos y en donde el progreso realmente sea para todos.

Uno de esos nuevos defensores de lo viejo, maquillado siempre de objetividad e imparcialidad (que nadie le cree), Luis Carlos Vélez, preguntaba si era más fácil cambiar el entorno o la personalidad de un candidato, haciendo alusión a Duque y a Petro, convencido, por supuesto, de que es mucho más fácil cambiar el entorno. Pero se equivoca. Petro es el vehículo de la inconformidad de muchos colombianos que queremos y creemos en un país distinto en el que la corrupción sea la excepción y no la regla. De los que creemos que es posible una mejor distribución de la riqueza a través de una mejor distribución de las oportunidades fortaleciendo y expandiendo el sistema educativo, y que el territorio que le han quitado a la gente humilde a sangre y fuego durante siglos para poner a pastar una vaca en miles de hectáreas de tierra fértil, se puede recuperar a través de la diversificación de la producción y la reactivación del campo en manos de los campesinos. Petro representa la arrogancia que se necesita para enfrentar un medio de arrogantes al que los viles mortales entran con la cabeza gacha. Él supo enfrentarlos con la mirada firme para desafiarlos con nuevas ideas. No es un mesías y no es infalible, muchos de los que le seguimos reconocemos sus errores del pasado, pero su personalidad para batirse en ese mundo de víboras y aves rapaces es más una ventaja que una desventaja y así lo interpretamos. En cambio, el entorno de Duque es el establecimiento mismo, la pirámide rígida e inamovible del estatus quo, los políticos tradicionales, las élites dominantes que llevan más de dos siglos encaramadas en el poder. Quizás no cambie ninguna de los dos, pero sin duda, es mucho menos nociva pensando en el futuro y en las nuevas generaciones la personalidad de Petro que el establecimiento que apoya a Duque.

Para resumir, de una parte todos juntos y dando la pelea por lo que consideran que les pertenece, está el país del establecimiento y las tradiciones. En el otro lado, estamos los que sobramos, los que no estamos sumergidos en esas inmensas maquinarias y no hacemos parte de ninguna logia de fanáticos, sumisos y reverenciales sectas que hacen de Dios, los partidos políticos y las “buenas costumbres” una herramienta política, los que no nos dejamos contagiar con el miedo infundado del castrochavismo porque seremos los primeros opositores de Petro en caso de que llegue a defraudar alguno de sus compromisos. En un lado está la autodenominada “gente de bien” y en el otro los que queremos un país mejor, más incluyente y diverso en donde quepamos todos.

Sabemos que nos corre el agua en contra, que muchos votantes que en primera vuelta eligieron a Sergio Fajardo y Humberto de la Calle, los que también quieren un país distinto, pero sobre otras propuestas, aún tienen desconfianza ante una posible presidencia de Petro por muchas razones. Pero pueden estar seguros de que quienes vamos a votar por él lo haremos como un electorado vigilante, deliberante y crítico. No lo aplaudimos ni lo seguimos irracionalmente, no le estamos dando un cheque en blanco sino el liderazgo de un país que queremos construir de manera fraterna y solidaria.

Remontar los dos millones y medio de votos en contra es una tarea difícil pero no imposible. Aún hay muchos indecisos y la abstención ronda por el 46%. Allí está la esperanza de un país distinto, de un país mejor, la intención seria y consistente de un viraje a 200 años de opresión de las mismas clases políticas que ahora están unidas sin importar el color cuidando sus privilegios y posiciones, garantizando que nadie les va a quitar el Estado que les pertenece. Esta es una oportunidad única y si la dejamos ir difícilmente llegarán más porque el poder que van a ostentar lo van a usar y abusar para garantizar su dominio por 200 años más acaparando y manipulando a su antojo las ramas del poder público. Eso ya está demostrado.

Solo me queda por decirles, amigos indecisos y abstencionistas, únanse al baile de los que sobran. De los que le sobramos a ese establecimiento rancio, discriminador, opresor y corrupto. Somos muchos, pero necesitamos ser más si queremos derrotarlos y por fin tener un gobierno para todos. Esta es nuestra única oportunidad.

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