Dom, 01/07/2018 - 05:10

El experimento de la abstención consciente

La abstención en Colombia ha sido considerada como la gran culpable de las malas elecciones en el país para todos los cargos de elección popular en las últimas décadas. Desde las elecciones nacionales hasta las regionales las personas que se abstienen de votar son acusadas por los perdedores de haber propiciado la debacle.

Es común escuchar a los analistas y opinadores quejarse porque en la apatía e irresponsabilidad de los abstencionistas se encuentra la explicación a fenómenos electorales que perpetúan los vicios de la política, porque entre mayor es la abstención, mejor funcionan las maquinarias políticas. Y no les falta razón, a simple vista. Es verdad que cuando la ciudadanía deja de asistir a las urnas las maquinarias tienen mayor y mejor margen de acción.

Incluso, para contrarrestar la abstención se ha propuesto varias veces imponer el voto obligatorio en Colombia, ese monstruo coercitivo que han adoptado algunas democracias para forzar a los electores a asistir a las urnas en regímenes que se hacen llamar “libres”. El voto obligatorio es lo que he llamado “la dictadura de la democracia”, porque obligar a votar es constreñir la libertad de facto, es imponer la participación en un sistema que nos debería dar la posibilidad de discernir con la abstención. Pero ese será tema de otra columna.

Sin embargo, analizar la abstención solo desde la institucionalidad es un error. La abstención además hay que comprenderla como un fenómeno sintomático que indica algo sobre la ciudadanía. Pocos estudiosos del fenómeno se preguntan por qué la mayoría de ciudadanos no asisten a las urnas. Y las respuestas van de las más simples a las más estructuradas. Pero hay un elemento transversal desde el cual se puede comprender la abstención: La sensación de que las elecciones no resuelven los problemas cotidianos, urgentes y vitales de las personas. Las razones para abstenerse de votar van desde la simple ignorancia (no saber qué son ni para qué sirven las elecciones) hasta la decisión consciente de no asistir a las urnas para no legitimar un sistema corrupto que revalida su poder a través del voto. Quiero detenerme en esta última y convertirla en una propuesta.

Las elecciones son la manifestación tangible de la participación de la ciudadanía en el sistema democrático. Incluso, algunas dictaduras, como la cubana, convoca a los ciudadanos a las urnas para que revaliden a la dictadura y para elegir a los delegados del Partido Comunista, único en la isla. Son elecciones en donde no hay nada que elegir, porque si solo existe una opción, lo de elegir no es más que un sofisma. Pero en esos casos lo que prima es el poder del símbolo y la sensación de participación de los ciudadanos, lo que reafirma el sentimiento de pertenencia.

En contraste, en Colombia las opciones son variadas, diversas, plurales y el abanico de posibilidades nos hacen pensar que existe una verdadera democracia y que además somos libres de elegir. Pero la realidad es que estamos sometidos a un status quo rígido, inamovible, elitista, exclusivo y excluyente durante toda la vida republicana. Es decir, durante al menos dos siglos. Si bien las fuerzas de izquierda en las últimas dos décadas han tenido logros electorales rimbombantes, sobre todo a nivel regional, especialmente en Bogotá, su gestión ha sido precaria, sus resultados pobres y casi siempre han demostrado que la demagogia es superior a su capacidad administrativa. Esto los vuelve a enviar a la trastienda de las posibilidades una y otra vez. Además, esos gobiernos de izquierda han debido enfrentar la resistencia feroz del establecimiento que, a través de sus órganos corporativos como los concejos o las asambleas, hacen inviable la gestión, soportados además por los medios de comunicación más seguidos y poderosos cuyos dueños son los grandes empresarios capitalistas a quienes les conviene que nada cambie porque en lo inamovible están cimentadas las bases de su poder.

Así pues, las elecciones en Colombia se han convertido en el mecanismo de legitimación de un sistema anquilosado y corrupto que se renueva en algunos nombres cada tanto, pero que en el fondo sigue siendo profundamente piramidal.  Hablo de una pirámide social con una base amplia, empobrecida, necesitada y pusilánime, sometida a una cúspide estrecha y tremendamente rica que acapara el territorio, el poder, los medios de producción y los medios de comunicación; además del control político desde el nivel nacional hasta el nivel regional con la mayoría de la burocracia estatal que se maneja como feudos particulares. Por eso en organismos como el Congreso varían mucho más los nombres que los apellidos, porque estos feudos son dinastías familiares que a través de la política han consolidado dichos feudos a sangre, fuego y votos.

La dinámica del conflicto armado en Colombia puede explicar con mayor claridad la ferocidad con la que las élites han defendido su poder nacional y regional a través de las estructuras estatales y paraestatales, en donde las Fuerzas Armadas lejos de representar a los intereses de la nación en su conjunto, se han plegado sumisamente a las élites con la siempre maravillosa excusa de que no son deliberantes y que simplemente obedecen órdenes. Pues bien, esas órdenes en dos siglos de historia republicana siempre las han dado las élites del país, las mismas que nos han gobernado ininterrumpidamente.

El panorama para las elecciones de 2018 no es más alentador. Si bien el partidor resulta interesante en cuanto a las posibilidades disponibles tanto para el Congreso como para la Presidencia, los resultados previstos resultan igualmente desalentadores. Se perfilan con posibilidades reales para acceder al poder la derecha más reaccionaria, la izquierda más demagógica y el “centro” más tibio que haya visto el tarjetón en la historia reciente. Por lo tanto, las probabilidades de un cambio real hacia lo positivo son realmente escasas. Si gana la derecha seguiremos igual y si gana la izquierda podríamos estar peor. El “centro” no tiene posibilidades de ganar sencillamente porque no existe y si ganara algún candidato de “centro” no sería más que la misma derecha disfrazada de gente, manteniendo ese rígido status quo un cuatrienio más.

Por eso mi propuesta es concreta y simple: No votar, ni siquiera en blanco, que es un voto inútil como ya lo planteé en esta columna: http://www.revistaenfoque.com.co/opinion/el-voto-en-blanco-en-colombia-comida-chatarra-para-la-conciencia

Considero que a Colombia le llegó la hora no solo de replantear a quién está eligiendo. Hay que trascender hacia la pregunta ¿por qué se está eligiendo?

En este orden de ideas, hay que asumir una posición crítica no solo frente a los candidatos sino frente a las elecciones, la democracia y el sistema en general. Einstein lanzó una frase emblemática para lo que quiero proponer: “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. ¿Y qué es lo mismo en este caso? Que aproximadamente un poco más de la mitad de la población vota y un poco menos de la mitad no. Así ha sido en promedio al menos las últimas tres décadas. Y esa dinámica nos ha mantenido estáticos socialmente, secuestrados por cuatro o cinco grupos económicos, gobernados por siete u ocho familias en toda la nación y anclados en el subdesarrollo de un país que tiene que esperar más de diez años para construir una obra simple para cualquier país desarrollado como el túnel de la Línea (que pasó de ser un reto de la ingeniería nacional a una vergüenza histórica de infraestructura como tantas otras que se diluyen en los bolsillos de los corruptos).

Hay una premisa incontrovertible de nuestra realidad nacional: La política en Colombia es corrupta. Eso no es lo mismo que decir que todos los políticos en Colombia son corruptos, afirmación que sería injusta con tantos quijotes que se juegan su prestigio y hasta la vida a diario por nadar en contra de la corriente. Pero esa corriente, la corriente que jala la política en Colombia, es una corriente contaminada, sucia y putrefacta. Mi padre, faro moral y guía de mis pasos, siempre dijo sobre la política: “La política es la cañería por la cual corren plácidamente los excrementos de la sociedad”. Tuvo razón y la tiene ahora.

Por eso mi invitación es a no votar. Invito a la abstención consciente que es muy diferente a la abstención motivada por la ignorancia o la apatía. Esta abstención tiene el objetivo explícito de protestar contra el sistema mismo, contra la democracia como está concebida y contra las elecciones como mecanismo para legitimar al establecimiento corrupto que nos gobierna. Si los niveles de abstención prenden las alarmas de los analistas, éstos podrán ir un poco más allá de formular hipótesis sencillas como que la gente no vota porque es ignorante o porque no le gusta la política. El asunto es mucho más complejo y esto hay que visibilizarlo. La gente no vota porque debe enfrentar su día a día a pesar de la política y no gracias a la política. Porque debe sobrevivir a pesar de la política y no gracias a la política. Porque la política no le aporta nada bueno y el bienestar lo tiene que buscar a pesar de la política que todo lo hace más engorroso, burocrático, lento e ineficiente.

Mi llamado y mi propuesta es para que le quitemos el combustible a los corruptos que ebrios desafían a las autoridades para decirles que sacaron cincuenta mil votos y que por eso son intocables. Ese corrupto ya no podrá hablar de esas cifras porque ya no habrá quién vote, porque ya no habrá quién legitime su felonía.

Por eso me la juego por la abstención consciente y anuncio que mi voz de protesta ante la decadencia de la política en Colombia, será no votar en este 2018. Y quienes piensen que lo hago simplemente porque ahora estoy radicado en el exterior les digo que este mismo año nos veremos en Colombia, muy a pesar mío, para que demos esta discusión con un café con todo el respeto y el reconocimiento por los puntos de vista ajenos. Ese es mi aporte a la democracia: La deliberación de altura con ideas conscientes. No los votos inconscientes funcionales a dos siglos de opresión de las élites corruptas de Colombia.

 

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