Dom, 11/12/2017 - 03:58

El idioma, primer factor de discriminación cultural

Fotografía tomada del portal actualicese.com

Ahora vivo en Alemania. Concretamente en Sttutgart, por razones familiares. Estoy con mi esposa y mi bebé de casi dos años. Mi hijo mayor sigue una vida próspera e independiente en Colombia como adulto que es y no hay mucho que pueda hacer al respecto más que extrañarlo y tratar de hablar con él todos los días.

Sobre el idioma alemán les puedo decir que sé mucho más sobre física cuántica y soy graduado en ciencia política. Es decir, después de un mes solo puedo decir algo más de tres palabras y nada más. Y esto realmente es una restricción bastante complicada para poder vivir, desenvolverse y desde luego, comunicarse en esta nueva cultura. A esto se suma una condición agravante. Mi aspecto físico no dista mucho del alemán promedio, con la salvedad de que estoy por debajo de la media de estatura, lo que simplemente me hace ver como un germano enano. Por eso es normal que en la calle me hablen en alemán sobre el supuesto de que estoy entendiendo. Y bueno, ante eso solo respondo con una amable sonrisa y moviendo mi cabeza de arriba abajo como diciendo “sí” en un lenguaje universal. Esto quiere decir que ante una petición de “quítese de ahí por favor” en alemán yo he respondido con toda la amabilidad, pero no me he movido un centímetro, lo que pudo hacer suponer a mi interlocutor que tengo un problema de audición o que simplemente tengo serias limitaciones cognitivas. Hasta un compatriota despistado una vez me felicitó por “hablar un excelente español”. Aún le agradezco.

Entonces, lo que he intentado es desenvolverme en inglés que es un idioma que, si bien no domino a la perfección, conozco mucho más de tres palabras, puedo articular una oración y aunque confundo los tiempos verbales, me puedo hacer entender. Pero contrario al mito urbano latinoamericano de que en Europa todos hablan inglés, muchos alemanes, sobre todo en ciudades no tan grandes como Stuttgart, saben de inglés lo que yo sé de alemán. Por eso en muchas ocasiones mis conversaciones con nativos de la ciudad en tareas simples como ir de compras o pedir indicaciones para llegar a un lugar, se limitan a una extensa representación de mímica y señalar objetos que me puedan dar luces a mí y a mi interlocutor sobre lo que estoy buscando. Y aunque en general he encontrado mucha solidaridad, comprensión y paciencia, algunas veces me he quedado musitando solo después de una mueca de desesperación de la persona con la que estoy “hablando”.

Esto me ha hecho comprender en este mes y días que llevo acá que el idioma es el primer factor de discriminación cultural. Y lo peor es que no es percibido como tal por la humanidad, sino que con arrogancia creemos que es un factor indispensable de la identidad nacional, por lo cual nos tenemos que sentir profundamente orgullosos de que nuestro lenguaje sea incomprensible para los demás, para los que no son como nosotros, para los que vienen de afuera, es decir, para los extranjeros, vocablo que se desprende de la palabra “extraño”.

En Europa esto es especialmente perceptible, porque es un territorio mucho más pequeño que Latinoamérica, por ejemplo, con muchos, muchísimos más idiomas. Mientras los latinos hablamos español y portugués principalmente, gracias a un Papa salomónico del siglo XVI, con algunas excepciones de inglés o francés como Belice, las Guyanas o Haití, o los dialectos propios de los indígenas, entre otros, sabemos que en un amplio y extenso territorio nos van a entender. En contraste, en Europa solo hay que pasar una frontera de un país pequeño para que ya no entiendas nada si es que habías aprendido algo. A esto se suma que en cada país son muy celosos con su lengua nativa y que a los franceses les haga muy poca gracia que les hablen en inglés o que a los alemanes no les guste tanto que les hablen en francés, porque además las rivalidades culturales de cada país son centenarias y han estado llenas de episodios bélicos de los que no vale la pena hablar acá pero que cualquiera con un poco de conocimientos en historia universal conoce.

Es así que estamos hablando de una discriminación pasiva de la que muy pocos son conscientes. Por el contrario, percibimos como una obligación del “extranjero” aprender el idioma “nativo” si es que se quiere adaptar, vivir, desenvolverse y comunicarse en ese lugar al que ha llegado y que solo será propio hasta que hable el idioma rozando la perfección. Nunca jamás la obligación de entender al “extranjero” recae en el “nativo” y eso nos parece no solo normal, sino obligatorio.

Es decir que, a los odiosos impedimentos para llegar a un nuevo país como el pasaporte, la visa y los documentos de estabilidad migratoria se suma este silencioso pero contundente factor de discriminación cultural: El idioma.

En un mundo en donde los flujos migratorios se han incrementado dramáticamente por diversas causas casi siempre catastróficas como la guerra, la pobreza, el hambre, la discriminación, la violencia y la falta de oportunidades, entre millares más, las fronteras se cierran cada vez más, se alzan muros para separar a los países “bien” de los países “mal” (mientras los países “bien” se pudren por dentro), y se acrecienta esa sensación de superioridad de unos humanos sobre otros regresando a lo más arcaico, troglodita y absurdo de la humanidad que se ha esforzado durante siglos por hacer valer unos mínimos derechos para todos sin distingo alguno de raza, religión, creencias, costumbres, tendencias ideológicas y lenguaje, siendo este último un factor sobre el que poco se discute como elemento de discriminación porque lo consideramos como una parte imprescindible de la identidad.

Creo que esto hay que replantearlo y repensarlo porque un mundo que requiere ser cada vez más comprensivo con la necesidad y angustia de los demás, se para en la raya de los idiomas para responder a alguien que se ahoga en el mar, huyendo desesperado de su tierra y que pide ayuda a los gritos para que le salven, con un lacónico y desinteresado “no te entiendo”, y sin más le deja ahogar. Esa humanidad de los idiomas es cruel e indolente. Por lo pronto, tengo que buscar un buen curso de alemán para que en este gran y hermoso país no me sigan mirando con la misericordia infinita que inspira alguien que tiene problemas mentales que no le permiten entender órdenes tan simples como “quítese de ahí”.

¿Ya van entendiendo por qué no me va eso de las patrias, los estados y las naciones para dividir a la humanidad?

 

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Esto que comentas generalmente pasa afuera, es decir fuera de las fronteras de Colombia, porque si vamos a ver, en Colombia cuando un extranjero habla de manera diferente, sucede todo lo contrario y hasta en ocasiones las personas se maravillan con la "balbuceada del gringo" y ni que decir de las posibilidades a nivel laboral para un extranjero en nuestro país, que dista mucho de lo que sucede en otras latitudes. Me parece que en general los idiomas son excluyentes y el español no es la excepción, pero más que el idioma, son las personas las que hacen que una experiencia de immigrante sea amable o no para uno. En fin es un tema con larga tela para cortar.

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