Dom, 06/10/2018 - 05:52
Fotografía tomada por Andrés Felipe Giraldo

El país que me imagino

Soy un pesimista vital. Colombia me ha ayudado a serlo. Nací en 1974 cuando las dictaduras militares invadían a América Latina, Nixon se desbarrancaba de la Presidencia de los Estados Unidos por espiar a la oposición y Alfonso López Michelsen estaba a punto de posesionarse como Presidente de Colombia. Además, Alemania Occidental alzaba su segunda Copa del Mundo y la Guerra de Vietnam entraba en su etapa final con la retirada de los gringos.

Desde muy pequeño en el colegio nos enseñaron que el comunismo era malo y el capitalismo bueno, que los guerrilleros eran unos bandoleros y delincuentes y los soldados unos héroes y salvadores, que la religión católica era la única manera de interpretar la vida y encontrar la salvación y que todo lo demás era pecado. La religión católica nos enseñó mucho sobre caridad, pero poco sobre empatía.

En Colombia es difícil nacer libre y más en los 70´s, cuando casi todo era bueno o malo, correcto o incorrecto, izquierda o derecha, blanco o negro. Los 70´s no estaban para grises, tomar partido era una obligación y pensar distinto una condena.

Hoy, a mis casi 44 años, siento que el país por primera vez en casi 200 años de vida republicana tiene una ventanita a la libertad. Quizás no se abra, es muy probable, pero ya es imposible de que deje de entrar la luz. Lo que está en juego a una semana de elecciones no son la dictadura o la democracia, la derecha o la izquierda, como se nos ha querido vender en el fragor de las estigmatizaciones. Las implicaciones de lo que se viene van mucho más allá. Lo que se enfrenta en las próximas elecciones son las constituciones de 1886 y la de 1991. Un ejército sombrío de los gendarmes de las buenas maneras, la urbanidad de Carreño, la Biblia y las férreas tradiciones nos quieren devolver al feudalismo confesional, centralista, elitista y discriminador que diseñaron Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro en un esfuerzo escrito por regresar mentalmente a Colombia a la Colonia, en donde no había clases sino castas sociales al amparo de la protección de un Dios todopoderoso e infalible. Y en el otro lado, la subversión, la subversión en su expresión más romántica, sin armas y con ideas. Porque siempre nos dijeron que subversión y guerrilla eran lo mismo y que por lo tanto ser subversivo estaba en el rincón del mal. Y no, la definición de subversión va más allá de los métodos que algunos retorcieron para llenarse los bolsillos de dinero a costa de la vida, dignidad e integridad de millares de personas. La definición de subvertir es una epifanía en este momento de nuestra historia: “Trastornar algo o hacer que deje de tener el orden normal o característico, especialmente en sentido moral o espiritual”.

Y sí, el país, la nación, la patria o como quieran llamarle, necesita urgentemente subvertir ese orden moral y espiritual que nos tiene sometidos a un status quo anquilosado, injusto, exclusivo y excluyente. Y esa libertad está simplemente en reconocer lo que ya está establecido y escrito en la Constitución de 1991. Esa Constitución consagra que en Colombia se respetan la libertad de cultos y se protegen las minorías. En otras palabras, que en Colombia rigen las leyes y no los versículos y que ya no existe “la” ética y “la” moral católica o cristiana sino múltiples formas de percibir la vida, el territorio, la convivencia, el ser humano, el medio ambiente, el urbanismo, la sexualidad, en fin, todos los aspectos que determinan a una sociedad diversa que debe compartir un mismo territorio y que se reconoce a sí misma, por la Constitución de 1991, como pluricultural y multiétnica.

Lo que está en juego en las elecciones del 17 de junio es el país que realmente queremos, un país en donde la libertad sea superior a los dogmas.

En el país que me imagino los saberes ancestrales tienen tanta validez como los saberes científicos y esos dos saberes deben aprender a convivir, a respetarse y si es posible, a complementarse. En el país que me imagino los religiosos no se sienten superiores moralmente y los ateos no se creen superiores intelectualmente. Ninguno intentará imponerle al otro sus creencias y mucho menos sus formas de vivir. En el país que me imagino las personas no son etiquetadas de acuerdo con su orientación sexual, simplemente son personas con derecho a amar a otras personas. En el país que me imagino la principal tarea del Estado es garantizar unos mínimos de supervivencia a las personas con derechos básicos como la salud y la vivienda, en abrir al máximo las oportunidades a través de la educación y la formación para que más personas salgan de la pobreza y puedan ser realmente libres, porque no hay mayor esclavitud que la pobreza que secuestra los pensamientos con el frío y con el hambre. En el país que me imagino no existe más el reino de los cielos, ese lugar ficticio en donde se compensa el sufrimiento de los que jamás volverán, que con su sacrificio garantizaron la posición, la riqueza y el bienestar de quienes los convencieron de que ese reino existía para que padecieran con gozo, como si de verdad los esperara algo bueno por ser miserables. En el país que me imagino existe el reino de la justicia social que se preocupa principalmente por los niños y por los ancianos, que son los más vulnerables, unos porque acaban de llegar y solo cargan su inocencia y otros porque no importa cómo hayan vivido están de salida y merecen hacer el viaje de ida con dignidad. En el país que me imagino cada cual puede vivir su libertad hasta donde empiece la libertad del otro y nadie puede pasar por encima de los demás creyendo que su libertad es la mejor o la correcta. En este país imaginario los debates éticos se dan en el plano de la argumentación y los legisladores deberán recoger los argumentos más coherentes para establecer unos marcos normativos amplios y flexibles que garanticen una convivencia sana, responsable, respetuosa y, sobre todo, en donde prime el reconocimiento del otro como un igual en derechos y como diferente en su forma de ser, actuar e interpretar el mundo. En el país que me imagino los campesinos son los dueños de su tierra y lo que ganan con su esfuerzo es para sus bolsillos porque también tienen derecho a ser ricos.

Siento que eso es lo que se elige el próximo 17 de junio, un país en donde al amparo de las tradiciones, las buenas costumbres y la religión se agazapan los privilegiados convencidos de que todo lo que les pertenece es por derecho divino y que la corrupción estructural, la de siempre, simplemente es uno más de sus métodos de defensa, válido, por supuesto, y por ende necesaria. En el otro lado un país que clama por la libertad, por las oportunidades, por el derecho a disentir y a vivir por fuera de los dogmas, un país que vaya más allá del blanco y el negro y se abrace y se funda en múltiples colores para que la convivencia se construya con argumentos y disensos en la dinámica de múltiples pensamientos y formas de vivir.

Más allá de los resultados electorales, seguiré luchando por el país que me imagino, que no depende del gobierno de turno sino de la capacidad que yo tenga para hacer valer los derechos que ya están redactados en una Constitución que se debe hacer respetar.

Por supuesto que me emociono. Por supuesto que me desespero. Nací en el primer gobierno después del Frente Nacional y he padecido en 44 años los coletazos de la Constitución de 1886 que se niega a morir. Por primera vez en la vida siento que esa inercia se detiene y quiero disfrutar el rumor de una nueva Colombia. Es posible que la ventana no se abra esta vez, pero nada detendrá la luz. Asumamos lo que viene con esperanza y si es necesario, con resistencia, mucha resistencia.

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