Vie, 11/10/2017 - 08:36

El voto en blanco en Colombia: Comida chatarra para la conciencia

Un antiguo colega me preguntó que qué opinaba del voto en blanco dada la escasez de candidatos decentes que había para las próximas elecciones presidenciales. La pregunta me cuestionó al filo de lo hilarante porque jamás en la historia de Colombia se habían postulado tantos candidatos.

Entre 50 y 60 hasta el momento. Y al menos para él no hay uno decente. Y pueden venir más. Si esto no se modera hacia la fecha de la primera vuelta y de acuerdo con los plazos establecidos para la inscripción de candidatos, el tarjetón parecerá más un directorio telefónico de antaño que una sábana sensata para votar.

Pero mi excolega no es el único decepcionado con las opciones disponibles a pesar de la cantidad. Muchos de mis contactos en redes sociales han manifestado el mismo descontento y han anunciado su decisión inapelable de votar en blanco. Es una decisión comprensible y valiente. Aunque yo sí tengo candidato por quién votar y a quién apoyar porque creo en su trayectoria y buenas intenciones, comprendo perfectamente el desencanto de muchas personas que se van a animar a votar en blanco. Pero creo que su voto apenas les servirá para salvar su conciencia. Y eso.

Si bien el voto en blanco ha servido un par de veces para elecciones regionales en municipios pequeños en donde se han debido repetir las elecciones con nuevos candidatos (Tinjacá, Boyacá y Bello, Antioquia), de acuerdo con los efectos establecidos para el triunfo de ese voto en la Constitución Política, a nivel Nacional obtener el triunfo del voto en blanco parece no solo complicado, sino, a mi manera de ver, imposible. Y mi pesimismo en este caso no tiene origen en la nada, como la mayoría de mi pesimismo, sino en razones históricas, numéricas y por supuesto, culturales y políticas.

Las razones históricas son sencillas. El voto en blanco en Colombia después de la Constitución de 1991 que definió una nueva manera de elegir y cuya modificación más sustancial para las elecciones presidenciales fue la segunda vuelta, jamás ha superado el 7%. Así de simple. Y en mi concepto no ha superado ese 7% porque en Colombia no se ha fortalecido una cultura electoral que lleve a votar masivamente a las urnas por apatía, desconocimiento, desinterés, rechazo, protesta, pereza y hasta olvido. Y los que van, asisten en gran porcentaje arriados por los viejos y persistentes vicios de la política que todos conocemos y que no vale la pena mencionar acá. Es decir, son pocas las personas que votan a conciencia y de esas pocas son muchas menos las que optan por votar en blanco porque comprenden, como yo, que no va a ganar. En otras palabras, es escaso el voto de opinión.

Las razones numéricas son contundentes. Aparte de ese 7% jamás superado por el voto en blanco para elecciones presidenciales, se debe tener en cuenta que la abstención ha oscilado entre el 50% y el 68%. Esto significa que en Colombia siempre han elegido menos de la mitad de los potenciales electores y a veces menos de un tercio. Y los que asisten a votar se han decidido en amplia mayoría por un candidato. En este orden de ideas, para que el voto en blanco tenga la más mínima esperanza de ganar, primero se debe derrotar la abstención. Algunos sugieren que la abstención se elimina con la obligatoriedad del voto, asunto que en lo personal me parece un adefesio político, porque no hay nada más antidemocrático que obligar a las personas a participar en las elecciones. Eso sería una paradoja: La dictadura de la democracia. Una democracia coercitiva, obligada y sancionada para elegir no es una democracia porque constriñe de facto la voluntad del ciudadano. Pero ese es otro tema del que hablaré en otra columna. Igual, no creo que el voto obligatorio mejore ostensiblemente la cantidad de votos en blanco. Un efecto predecible de ese experimento horrible sería que baje el precio individual de los votos para los políticos y que éstos deban pagar muchos más en cantidad por un cálculo simple de oferta y demanda.

En resumen, el voto en blanco a nivel nacional jamás alcanzará la mitad más uno de los votos totales para obligar a repetir las elecciones con distintos candidatos. Y eso no va a pasar por las razones políticas y culturales que explicaré a continuación.

El descontento político en Colombia por parte de la ciudadanía se ha manifestado de muchas maneras. Unas más violentas que otras. Y unas más ridículas que otras. En la violencia podemos clasificar a los grupos guerrilleros que, entre otras razones, se armaron y se escondieron en el monte y en los suburbios de las ciudades porque el Frente Nacional de 1958 les cerró cualquier posibilidad de participar en la contienda democrática, porque además venían impulsados por los diferentes movimientos de izquierda alzados en armas de América Latina apoyados por China y la URSS, victoriosos algunos, y porque era evidente que las dictaduras militares se estaban tomando el continente de la mano de los Estados Unidos. Eso los convertía no solo en revolucionarios sino en resistencias populares. En su momento. Luego la guerrilla en Colombia se degradó tanto que ahora están obsesionados por incursionar en la putrefacta política colombiana.

En las cepas de ridiculez el ranking lo encabeza un grupúsculo de yupies y pseudomamertos disfrazados de “antipolíticos” que se hacían llamar “el Partido del Tomate”. Su estrategia era simple pero efectiva para llamar la atención. Ponían fotografías de políticos y les tiraban tomates. Una travesura pueril que convocaba a los noticieros cuando se quedaban sin noticias. En el año 2014 quisieron postular sus propios candidatos a las diferentes elecciones, pero no querían pagar la póliza de cumplimiento con la que el Estado sanciona a los payasos que se lanzan como un ejercicio lúdico de su locura. Entonces se encadenaron a la Registraduría e hicieron una huelga de hambre que les duró el terrible lapso de un almuerzo. Y ese almuerzo, generoso por demás, finalmente se lo dio el director del Partido Liberal de la época, Simón Gaviria, al líder máximo de los tomates, Daniel Quintero Calle. Quintero Calle no tuvo reparo alguno en sumarse a la lista para Cámara por Bogotá con los políticos a los que les había tirado tomates en fotografías en el impoluto y nunca cuestionado Partido Liberal Colombiano. Quintero se quemó en esas elecciones. Pero ahora es viceministro del Ministerio de las TIC del Gobierno Santos. Todo un oportunista el revolucionario y outsider Quintero Calle.

Este cuento no pasaría de ser una anécdota si este tipo de personajes nefastos no le hicieran tanto daño a la seriedad y credibilidad a las nuevas formas de hacer política que tanto nos venden los políticos recién llegados. Porque en el fondo el voto en blanco tiene una aspiración adicional y es que cambien la política y los políticos. El voto en blanco no puede ni debe ser un ejercicio en el vacío sin ningún propósito. Para eso está la abstención. El voto en blanco parte de la pretensión tácita de que en algún momento llegarán buenos candidatos, jóvenes quizás, con la intención de acabar con los vicios de la política tradicional por los que valga la pena votar. Políticos ambiciosos como Daniel Quintero Calle masacran esas esperanzas. Conocí y conversé con líderes y jóvenes que integraron dicho movimiento y que de verdad estaban esperanzados con las acciones temerarias y decididas de tres personajes que bien parecían los tres mosqueteros criollos del siglo XXI. No fue poca la frustración de estos electores ilusionados y esperanzados al ver cómo su líder principal se iba seducido por “mi precioso”, el anillo del Señor de los Anillos que le puso Gaviria en el dedo a Quintero Calle, un cupo en una lista de corporación elegida por voto popular del Partido Liberal, con el que nuestro espadachín valiente se perdió para siempre en el bosque de la codicia politiquera.

Para concluir, no le veo la menor esperanza de triunfo al voto en blanco. Y siendo honesto, en el caso hipotético de que llegase a ganar por alguna razón en extremo extraña, tampoco le veo la menor esperanza de que tenga algún efecto estructural en la forma de hacer política en Colombia. Se repetirían las elecciones, pero con candidatos iguales o peores que los eliminados de la contienda, tal como sucedió en los dos casos en los que ganó el voto en blanco en los municipios a los que hice alusión al principio. Fue peor la cura que la enfermedad. El voto en blanco ni es viable ni es transformador. Solo sirve para salvar la conciencia. Pero votar por algo que ni es viable ni es transformador, no salva tampoco la conciencia. Solo sirve como le sirvió al Senador Jorge Robledo para decir muy orgulloso que él no votó ni por Santos ni por Zuluaga, que votó en blanco. Muy bien Senador, usted salvó su conciencia y tiene autoridad moral por eso. Pero siendo sinceros ¿De qué le sirvió eso al país? ¿Cambió algo más allá de poner un trofeo más en la repisa de su egoteca?

El voto en blanco en una cultura y una realidad política como la colombiana, no sirve mucho más que la comida chatarra para el cuerpo. Engorda la conciencia y la moral individual, pero no alimenta la transformación política colectiva.

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