Mié, 09/19/2018 - 08:41
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Embarazo subrogado

A lo largo de la historia la mujer y su cuerpo, además de su mente, decisiones y posibilidades han supuesto actos de esclavitud. Es decir, siempre se ha encontrado una excusa a lo largo de la historia de la humanidad para que la mujer no sea dueña ni de su cuerpo, ni de su mente, ni de sus decisiones ni de su potencial. La obvia lucha feminista deja patente que es un camino que pese a estar en el siglo XXI, no queda para nada superado.

Nuevamente nos encontramos ante un tema sensible. La reproducción. Si nos paramos a pensar un momento, todo lo que se ha hecho anteriormente con respecto a las mujeres tiene un único trasfondo: controlar el proceso reproductivo. Asegurarnos de donde viene la prole y que está se siga dando, que la prole se siga produciendo y que dicha mujer se mantenga alejada y controlada para que dicha progenie salga en el mejor de los estados.

Control, sobre todo lo ajeno como si la mujer fuera un objeto. Típico, en la historia de la humanidad.

El proceso embrionario actualmente supone un problema, el estrés, la vida moderna, vivimos más, nuestra biografía para poder tener hijos ha cambiado, pero no la biología. Eso, además de numerosos factores nos lleva al problema de lograr que un embarazo se asiente y madure adecuadamente. Dicho problema lo comprenden mejor las personas que han pasado por eso o conocen íntimamente a personas que lo han pasado. Nos encontramos con un nuevo miedo ante el cuerpo de la mujer con el apartado de embarazo subrogado  o también llamado vientres de alquiler.

En España se intenta legalizar ante la gran protesta del sector feminista. Y justo en dicho momento de mi vida, comprendo a las dos partes de la balanza. A esos dos grupos de mujeres que afincadas en sus ideas no quieren escuchar a las del otro bando. Sin saber, que todas estamos en el mismo.

Por un lado el miedo a mercantilizar el vientre materno de las mujeres, el miedo a granjas de embarazadas, a traspasar la frontera del control gestacional, etc… Lo comprendo, porque una vez legalizas algo, puedes encontrar los huecos legales que se adecuen a tu situación para poder realizar cosas dentro de la alegalidad y no ilegalidad. El miedo, ante que esa alegalidad esclavice a mujeres sin recursos, es un hecho. Hecha la ley, hecha la trampa.

Por otro lado, tenemos a mujeres absolutamente desesperadas que por motivos de salud no han logrado quedarse en estado. Mujeres que en su mayoría, han pasado por largos años de intentar concebir, años de tratamientos de fertilidad, de intentos de implantes y un largo y dolorosos etcétera que se ve frustrado cada vez con el sangrado menstrual. Mujeres que se encuentran ya determinadas a que su mayor deseo psicológico no se vea apoyado por su biología.

¿Cómo reconciliarlas? ¿Cómo hacer ver a ambos bandos que solamente unidos y con comprensión se puede encontrar algo más resolutivo?

No sé si estoy a favor o en contra, porque comprendo a ambos lados. Estoy a favor por darles a esas mujeres algo que con tanto amor ansían, pero a la vez no comulgo con la idea porque conozco la naturaleza humana y siempre que alguien desee algo y pueda pagarlo, habrá gente que haga lo que sea para poder recibir ese dinero.

El tema es complicado, quizás una gran severidad en las leyes, un seguimiento intimido de cada caso. Quizás la solución sea algo más de raíz, la solución es una utopía donde se comprende sin necesidad de realizar la pregunta que la mujer es libre y dueña de su cuerpo. Pero, ¿cómo materializar esa idea en tantas y tantas cabezas que son incapaces de en pleno siglo XXI comprender que una mujer tiene los mismos derechos legales que un hombre?

El miedo del feminismo ante las posibles granjas de vientres maternos, no es un asunto netamente del machismo de la sociedad. Es un asunto de una sociedad postcrisis que se comporta más como hienas famélicas en el desierto.

Mientras todos juegan a llevarse un trozo de pastel en el todo vale, hay mujeres y hombres que desesperan esperando la familia que jamás lograrán tener. Un drama del que ni se habla, no se quiere escuchar.

Las estadísticas ya determinan de una de cada cuatro mujeres nacidas después de 1975 no tendrán hijos.

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