Dom, 04/15/2018 - 05:40
Fotografía, Ángela Navarrete.

¿En dónde está la paz?

En menos de una semana se presentaron dos hechos luctuosos en Colombia, reviviendo las épocas más cruentas del conflicto. El miércoles, ocho policías que apoyaban un equipo de la Unidad de Restitución de Tierras fueron masacrados cerca del municipio de San Pedro de Urabá. El viernes se confirmó el asesinato de un equipo periodístico del diario El Comercio de Ecuador a manos de una disidencia de las FARC liderados por alias “Guacho” en plena zona de frontera. Las tres personas asesinadas en este caso eran de nacionalidad ecuatoriana.

Estas muertes se suman a los asesinatos de los líderes sociales que se presentan a diario en todo el país y que ya supera la cifra de 200 desde que se firmaron los acuerdos entre el Gobierno Nacional y la guerrilla de las FARC.

Para agregarle colores oscuros a este cuadro triste del rumbo de la paz en Colombia, el lunes fue capturado el negociador de las FARC en la mesa de La Habana alias Jesús Santrich, con otras personas, por presuntos negocios de narcotráfico. Y para completar, al parecer existen serios indicios de malversación de los recursos destinados para la implementación de los acuerdos de paz en Colombia, tanto los del presupuesto nacional como los de cooperación internacional. Todo en una sola semana que concluye hoy.

Todos los ingredientes de la violencia en Colombia se siguen mezclando para garantizarnos unos cuántos años más (¿o siglos?) de conflicto sangriento. Unos grupos dispuestos a seguir masacrando a quienes se quieran interponer en su ambición de acaparar poder, tierra y riquezas. Otros que se hacen llamar revolucionarios para cubrir de discursos vacíos de justicia social sus negocios ilícitos de narcotráfico, secuestro, extorsión y demás crímenes. Y detrás de todo, una corrupción inmensa que nadie puede controlar que no tiene ideología, estrato social, partido político y lo peor, que tampoco tiene límites.

Lo que desnuda la violencia en Colombia es una inmensa crisis de valores y principios, que es algo que lo que se le han dedicado ríos de tinta, reflexiones, conversaciones, debates y discursos, mientras el país se sigue hundiendo en el fango de la podredumbre moral y la degradación de su conflicto.

Por eso apostarle la construcción de una paz estable y duradera a dos actores claramente interesados en una mesa de negociación fue una apuesta fallida, pero necesaria. Además, era necesario crear la ilusión de paz para poder tener alguna esperanza, en un país en el que muere la esperanza todos los días. Conozco muchas personas que trabajaron en este proceso a conciencia, que se integraron con las comunidades y conocieron sus problemas de primera mano, entendieron sus necesidades y desarrollaron un sentido de empatía inmenso con las mayorías mudas de Colombia: Las víctimas.

Y es allí en donde creo que nace una flor en medio de tanta maleza. La ilusión de paz pudo entusiasmar hasta los más escépticos, entre los cuales me cuento. Es posible que los acuerdos de La Habana estén marchitando en medio del debate electoral que amenaza con hacerlos trizas, que se le pierda la fe a lo acordado y al proceso mismo cuando se traiciona la palabra por unos y por otros y cuando su implementación lejos de ser la construcción de un mejor país es una oportunidad más para la corrupción, que no pierde oportunidad.

Sé que esto es una quimera y el grito de un soñador desde el exilio, pero creo que la única esperanza de Colombia está en la lucha silenciosa y abnegada de aquellos para quienes sus valores y principios son inquebrantables, aunque esto sea una desventaja en un país en el que se premia la maldad y la trampa. Es difícil saber cuáles son los principios y valores en una sociedad que ha matado durante siglos por un dios, por un partido político, por una región, por privilegios disfrazados de derechos, por las buenas costumbres, por la revolución, por el orden. En fin, en Colombia se ha matado durante más de doscientos años por causas muy nobles.

Emmanuel Sieyes en su texto “Ensayo sobre los privilegios” nos da una pauta muy simple sobre lo que debe ser una ley básica de convivencia: “Hay una ley-madre, de la que todas las demás deben derivarse: No hagas nunca daño a tu prójimo”. Esto parece fácil, pero no lo es. En un país con una base social tan amplia, empobrecida, victimizada y que al mismo tiempo es pusilánime y sumisa y que tiene una cúspide tan estrecha, tan exclusiva y excluyente, tan hábil y manipuladora, la bondad no es una premisa social, mucho menos cuando ascender es una mera cuestión de supervivencia, y aún menos, cuando los medios aceptados para ascender son el atajo, la trampa y pisotear a los demás.

Por eso, aunque parezca ridículo, la paz debe ser la suma de esfuerzos individuales de personas comprometidas con la paz. Debe ser la suma de personas dispuestas a no hacerle daño a su prójimo. Con esto sería suficiente para tener un buen inicio. Por lo menos, en las almas bien intencionadas habría un muro de contención contra la violencia. Y ya hay muchos de ellos y de ellas, personas incapaces de hacerle daño a otros, que usualmente son a quienes el sistema todos los días les pasa por encima y siguen aguantando con gallardía a pesar de las adversidades. Allí está la semilla de la paz.

Por eso agradezco a este proceso de paz así la paz siga siendo una simple ilusión. Porque vendió la idea de paz en un país casado con la guerra y aferrado a ella como un medio y un fin. Esa guerra que promueve a diario “la gente de bien” que es completamente distinta a la gente buena, que le apuesta denodadamente a la paz. “La gente de bien” es un círculo estrecho de bendecidos y afortunados que creen que los únicos valores existentes son los que les definen y con los que los han criado y que los demás deben ser sometidos o eliminados. La gente buena es la que le promueve la sana convivencia, la aceptación y el reconocimiento por el otro, el vive y deja vivir, el respeto por la diversidad y, sobre todo, que cree en la paz como un proyecto de vida.

La situación en Colombia sigue siendo desalentadora. En solo una semana se condensó toda nuestra historia de violencia en todas sus manifestaciones. Pero hay que seguirle apostándole a la gente buena, a la ilusión de la paz, a esos que se levantan todos los días con la firme intención de no hacerle daño a su prójimo.

Más empatía, más comprender al otro nos permitirá actuar con menos violencia y más compasión. Las personas que han marcado para bien a la humanidad jamás empuñaron un arma. Jesucristo, Gandhi, Martin Luther King, por ejemplo, emprendieron sus luchas desde el reino de las ideas. Murieron defendiendo causas justas siendo víctimas, pero procuraron siempre cumplir esa premisa básica de no hacer daño a su prójimo. Solo con eso contribuyeron a la paz. Con sus acciones, pasaron a la historia.

No sigan buscando la paz en las mesas de negociación, en los debates presidenciales, en la eliminación de quien consideramos “el enemigo”. Busquemos la paz en el espejo. La respuesta para conseguir está más cerca de lo que creemos. Solo tenemos que ser consistentes.

Quizás mi propuesta, mi anhelo, mi ilusión, sea absolutamente cándida e ingenua. Pero es la única que realmente tenemos a nuestro alcance. Es la única que depende totalmente de nosotros. Y quizás, es la que menos se ha intentado.

 

There is 1 Comment

Añadir nuevo comentario