Mar, 04/24/2018 - 08:02
Juan Carlos y Ana María

Gracias Totales

No recuerdo cuándo fue la primera vez que lo vi. Yo era muy joven. A esa edad en la que uno cree que es eterno, poco tenía presente las fechas y lugares. Seguro imaginé que al crecer lo seguiría viendo por siempre. No fue así. Lo que si recuerdo es el día en que lo vi por última vez.

Fue la noche del 24 de noviembre de 2007. Ya no eramos tan jóvenes, ni él ni yo. Fue en el Parque Metropolitano Simón Bolívar de Bogotá. Muchas cosas habían cambiado para ese entonces, menos su voz.

Un poco más de dos años después, a él un accidente cerebrovascular isquémico lo dejó en estado de coma por más de cuatro años. Murió el 4 de septiembre de 2014 y aquel día el mundo de la música latinoamericana y el rock en español se vistieron de luto. Yo lloré. Lo despedí a mi manera: escribiéndole. Pensé que en adelante solo escucharía sus canciones en esos momentos de nostalgia en los que se recuerda una juventud que a veces parece muy distante, y que en otras oportunidades la sentimos tan cerca como un suspiro. Gustavo Cerati ya no estaba entre nosotros.

Pero hay personas que llegan para quedarse por siempre. Los llaman íconos. Cuando el Circo del Sol anunció que su espectáculo número 40 se llamaría 'Sép7imo Día - No Descansaré', se confirmaba como un hecho palpable que esas canciones que en las décadas de los 80 y 90 nos conquistaron a millones de seguidores, quedarían para la posteridad. Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti se convirtieron en los primeros hispanos en lograr que el prestigioso Circo del Sol les rindiera un homenaje. Ya lo habían hecho con los Beatles y con Michael Jackson.

El pasado sábado, en la noche, mi esposa, Ana María Mejía Arango, gran fan de Soda Stereo, y conocedora de la inmensa pasión que la mítica agrupación argentina despierta en mí, me llevó a ver el espectáculo. Sin lugar a dudas un evento sin igual para quienes tuvimos la fortuna de verlos cantar cuando Gus, Zeta y Charly formaban un triángulo que se creía irrompible. Digo se creía porque tiempo después aquel sueño llamado Soda Stereo llegó a su fin, para 10 años más tarde, cuando la adolescencia había desaparecido, regresar con su magia en aquella gira llamada "Me verás volver". Luego, Cerati partió llevándose consigo un pedazo del corazón de todos los que lo seguimos y lo convertimos en parte de nuestras vidas.

Por eso fue importante aquel show. Fue ver una pantalla gigante en la que la imagen del líder indiscutible de Soda volvía a dominar el escenario, pero esta vez rodeado de un grupo de artistas de diversos países que protagonizaban una fiesta de colores en su honor. Hubo lleno total pero ya no éramos muchachos inexpertos. Gordos, calvos, con arrugas y canas. Así llegamos todos al espectáculo. Tomados de la mano de nuestras jovencitas. Ellas, ante nuestras miradas, se conservan como si el tiempo no hubiera pasado. Cantamos, vibramos, bailamos.

En lo personal, tengo al menos 20 kilos más de lo que pesaba aquel lejano día en que los vi por primera vez. Un mechón blanco asoma sobre mi cabeza y las líneas de expresión se marcan con firmeza sobre mi cara. ¿Madurez? No creo, el pasado sábado volví a ser un muchacho como si apenas aprendiera a afeitarse. Sin embargo, cuando sé que ya le di la vuelta a la esquina de la vida, me alegra saber que mi hijo del medio interpreta en su guitarra "Persiana Americana", mientras el mayor la canta. Cerati sigue vivo y yo no puedo decir nada distinto que lo mismo que él repitió en cada show en el que brilló: "Gracias Totales".

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