Dom, 05/06/2018 - 07:29
La perrada de Edgar en Miami

Hablando de perros

Crecí, viendo en televisión, a los policías de Nueva York comer perros calientes en cualquier esquina de la capital del mundo. Desde joven soñé con pararme un día, cerca de Central Park, junto a un carrito de esos y en mi precario inglés decir: "One hot dog, please".

Cuando lo hice, ya hace largos años, devoré más de cinco. Lo increíble es que no eran como los había imaginado. Eran pequeños y a duras penas el pan con la salchicha y salsa de tomate y mostaza. Pensé, erróneamente, que era un efecto o defecto de la pantalla chica. Y digo erróneamente, porque cuando uno, de puro desocupado, lee sobre los perros calientes, descubre que entre europeos y estadounidenses se pelean su origen. Puede que ellos quieran seguir por años en esa disputa, pero lo que hoy puedo asegurar, sin temor a equivicarme, es que como los perros calientes de Colombia no hay en ninguna parte del mundo. O si no, dónde más les ponen cebolla o ensalada de repollo, inmensa variedad de salsas entre ellas de piña, queso derretido, papita frita picada y hasta huevo de codorniz. ¡¡¡Ahhhh!!! Huevo de codorniz en el perro caliente. Eso si es un manjar y no de dioses. Es manjar para colombianos.

¿Quién y dónde se inventó esa maravilla así, tan completa? Seguro que fue en Colombia. Además, ¿quién, que pertenezca a lo que Andrés Lopez denominó en la Pelota de Letras como la Generación de la Guayaba, no ha devorado como animal salvaje un ejemplar de estos en una madrugada de Colombia después de una rumba pasada por aguardiente?

Y aunque en Colombia para disfrutar de un buen perro caliente casi que lo único que hace falta es salir a la esquina de la casa, creo que es fácil para aquellos que rondamos, para arriba o abajo, los 40 años recordar aquel famoso eslogan que decía "Los perros que nunca duermen". Inicialmente se conseguían sobre la carrera 15 diagonal a Unicentro, pero a lo largo de la decada de los 80 y comienzos de los 90 se extendieron además de Bogotá a Cali, San Andrés y Cartagena. Por supuesto que hablo de La Perrada de Edgar, donde se encontraban 8 tipos diferentes de perros calientes. La verdadera revolución de los hot dogs en Colombia se inició en este lugar. Se pasó de terminar la rumbas en los desayunaderos, donde vendían el caldo hirviendo, a finiquitarlas de una forma más elegante. Con un perro caliente que si no se tenía cuidado embadurnaba hasta el apellido.

Así fue el perro caliente que me comí hace unas pocas horas en el único local de La Perrada de Edgar que se niega a desaparecer. Curiosamente no está en Colombia sino en Miami Beach en la Avenida Collins con calle 69. Único, irrepetible, con sabor a nostalgia. Lo disfruté acompañado de un gran amigo de la adolescencia, de esa época cuando creíamos que viviríamos para siempre. Hablamos de los perros calientes que se consiguen en la 33 en Medellín o de los que abundan en la redoma de la Grama en Villavicencio. Tuvimos que repetir manjar porque nos quedaban antojo y tema para hablar. Pero siempre volvimos a lo mismo: que buenos son los perros colombianos. Y lejos saben mucho mejor.

Los acompañamos con Colombiana y coincidimos en que el sabor es el mismo aunque pareciera haber distancia entre los 180 pesos que costaba un perro en aquella época de los 80, cuando los anunciaban en Radioactiva y en 88.9, y los casi 7 dolares que valen hoy en el sur de la Florida.

Ahora si es cierto que si algún día el señor Bruce Kraig, autor del libro Hot Dog: A Global History, llegara a escribir una segunda parte, seguro que tendría que consultarle a uno que otro colombiano experto en la materia. Pero eso si, que sea de la Generación de la Guayaba.

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