Sáb, 02/17/2018 - 09:15
Familias encienden velas en recuerdo de los muertos y heridos. Foto: Almudena Toral- Univisión

¿Hasta cuándo, Dios mío?

Me duele el alma. Se me desgarran las lágrimas de solo pensar en lo sucedido. Cada foto, cada imagen, cada rostro que veo de la dolorosa tragedia en Parkland, Florida, me hace entender que podrían ser mis hijos. Esta vez no lo fueron. Pero, ¿cuándo vamos a entender que el peligro nos acecha a todos? Somos tan frágiles y tan vulnerables. Estamos tan expuestos a que un día la muerte se nos pare de frente y nos haga rendir cuentas.

Eran tan jóvenes, tan llenos de vida, con ilusiones y sueños. Con hambre de futuro. Igual que los míos o que los suyos. Pero sobre todo eran inocentes. Lo tenían todo por delante. Sus pasos apenas comenzaban a definir sus destinos cuando las balas de un fusil AR-15 les cercenaron sus alas sin piedad. Un fusil que ha sido usado en por lo menos cinco masacres de las más graves en Estados Unidos y que está en poder de más de 8 millones de personas en esta nación en donde la Segunda Enmienda de la Constitución protege el derecho a portar y poseer armas.

Me duele el corazón ver sus caras porque en el brillo de sus ojos se dibujaba la esperanza. Pero también me duele el corazón ver la foto de Nikolas Cruz, el joven de 19 años que protagonizó el ataque. Sus ojos reflejan un intenso dolor, están apagados, opacos. ¿Desde cuándo? No se sabe. Lo innegable es que lo enmarca una historia de profundo drama. Él, además de victimario es otra víctima más. No es posible que un muchacho de esa edad tenga su vida hecha un infierno, que le grite al mundo que algo está mal en su interior, y que nada pase. Claro, esto tampoco lo excusa ni menos justifica.

No he hecho sino preguntarme qué hacer para proteger a mis tres muchachos y no encuentro una respuesta exacta. Cada vez que una idea comienza a tomar forma, atrevidamente cruza mi cabeza la descripción que de forma magistral hizo el Nobel de Literatura José Saramago cuando nos recordó que los hijos no son nuestros. Son solo un préstamo. No creo que exista un miedo más intenso que el miedo a perderlos. Hoy, pido al Dios de cada uno que dé sabiduría a esos padres para entender lo inentendible, que les dé un poco de paz espiritual para superar una pérdida tan indescriptible que quien la sufre no tiene calificativo.

Pero también me he preguntado qué hemos hecho mal como sociedad para que estas cosas pasen. ¿Hemos permitido el bullying a los más débiles? ¿Hemos descuidado a quienes tienen problemas mentales? ¿Hemos sido muy permisivos con nuestros hijos? ¿Hemos negociado y desdibujado valores? ¿Hemos estimulado la lucha por la superación personal tanto que no enseñamos la caridad a quien la necesita? No voy a opinar sobre qué hacer con las armas en Estados Unidos porque soy respetuoso de las leyes de un país que generosamente me acogió en momentos difíciles. Pero es una discusión que tienen que dar más temprano que tarde los estadounidenses. Lo cierto, es que en menos de dos meses que llevamos de este 2018, se han registrado solo en escuelas, 18 incidentes con armas de fuego en este país.

Mientras tanto, las fotografías de estos jovenes siguen rodando por internet, abrazados con fuerza, como si quisieran aferrar a sus cuerpos a esos amigos que jamás regresarán. ¿Hasta cuándo, Dios mío?

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