Mié, 09/12/2018 - 22:11

La clase de gimnasia prenatal: el daño de los prejuicios

Andaba yo por el mes dos o tres, cuando uno de los múltiples cursos a los que me apunté hizo que diera a parar a una clínica muy pija.

Clínica pija, de la que no tengo ninguna queja y que me ha tratado bastante bien (no nos pongamos quejicas).

El asunto es que acabé allí lista y algo asustada para mi gimnasia prenatal. Ya se saben, dudas existenciales comunes propias de la inseguridad. Van a estar toda la mar de bien de estado físico y yo, con este culo del tamaño de un par de sandías de esas ricas del verano.

Así que con toda la desgana del mundo, me fui a la sala de las colchonetas a lo que yo pensaba iba a ser un baño de humillación.

Debo hacer un inciso para aclarar, que durante mi embarazado solamente he dejado de hacer mis mínimo dos horas de ejercicio al día, cuando he disfrutado de mis vacaciones en el extranjero (aunque me pasaba el día entero pateando calles… y cómo se notaba el cansancio..., madre mía)

Allí en calcetines, sola, ante un gran grupo de desconocidas que me miraban mucho (llegué a pensar que iba en bragas o algo, que igual me habría salido un alacrán azul de alguno de mis orificios, o que simplemente mi gran atractivo les impedía dejar de mirarme… toma ya), y yo me limitaba a esquivar miradas mientras esperaba a la fisio que iba a abrirnos nuevos mundos deportivos.

Allí sentadas con las piernas cruzadas, postura para mí de toda la vida muy incómoda, así que opté por ser la única ahí desparramada y sentada abierta de piernas (¡Viva mi feminidad tradicional! ¡Viva!)… lo que llevaba a que las del grupo se fijaran aún más. La fisioterapeuta empezó a hablarnos de la importancia de hacer ejercicio, de con que teníamos que tener cuidado con qué no, el suelo pélvico y un largo etc. De cosas realmente interesantes. Cada una contó un poco el mes en el que estaba, el ejercicio que hacía y poco más. Al llegar mi turno e indicar que hacía bastante ejercicio para mi estado, todas me miraron y se sonrieron con la malicia del que sabe que ha pillado a alguien en una mentira. Pero el momento humillante empezó con un: Ah, claro jeje.

No identifiqué a la dueña de la frase, pero claro, yo ya me encontraba con la mosca detrás de la oreja y sabía que esas dos horas  iban a pasar en cámara lenta.

Comenzamos la tabla de ejercicios, con suavidad y poco a poco, que alguna barriga se empezaba a ver. Cuando comenzaron a flaquear un poco, empecé a sentirme con cierto orgullo de mi misma que comenzaba a nacer con un cartel en el pecho que decía: Pos toma (y en la versión animada “Zas, en toda la boca”)

La tabla de ejercicios (realmente moderados, es una de las que hago cada día en casa y se tardan 10 minutos y sienta genial a la espalda), se acabó ante un ejército de  preñadas sin aliento que no podían más. La fisioterapeuta varias veces durante los ejercicios, se fijó en mí por saber si podía más, si iba bien, haciendo caer toda la puñetera atención que no quería. Lo que más me fastidiaría después fue el “ejercicio”. Creo que el nombre del condenado era “Superman”, así de forma coloquial. El susodicho se me atragantó de tal manera que me tiré cinco minutos demostrando mi incapacidad para distinguir en ese momento las partes de mi cuerpo… me tiré todo el rato levantando la pierna o el brazo equivocado. Todas me miraban como si aquello fuera un cuadro del “Reina Sofía”, o algún tipo de danza de una tribu no contactada.

Pero todo mi ridículo, las rosillas, la humillación, el constante ¿puedes? (más humillante aún), acabaron en la basura. Allí, como la típica heroína de una película de deportes me encontraba yo tan fresca como una rosa (porque no había sido nada),mientras el resto que realmente una vez embarazadas habían dejado todo ejercicio, se lamentaban y a duras penas subían las escaleras para salir del edificio.

Mi orgullo no se dio cuenta, tuvo que ser él. El dueño del espermatozoide me preguntó: ¿Qué habéis hecho que salen todas muertas y te miran mucho?

Entonces, miré a mí alrededor, dejé de sentirme como si una nube negra pesará sobre mí. Me di cuenta de varías cosas, de lo heroína de película mala americana que era y de cómo durante toda la sesión yo me había situado en el grupo que me miraba. Yo era una de ellas, en vez de ser la que siempre he sido. Esa, a la que le suda bastante que la miren, que la juzguen. En cierta forma al estar completamente fresca, sin ápice de cansancio me sentía orgullosa porque había vencido a la idea que unas desconocidas se habían hecho de mí durante dos horas. Pero a la vez, había perdido una batalla conmigo misma, siéndome infiel y cayendo en cosas que hacía años pensé sobrepasadas.

¿Hormonas? ¿Recaídas, porque la tentación de la inseguridad es como una sombra? Sencillo, ser siempre segura y que no te afecte nada estando embarazada, es algo que ahora con la experiencia de cinco meses sé que no pasa. Tu cuerpo está loco, y tú andas loca.

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