Dom, 07/08/2018 - 06:47
Fotografía tomada de Publimetro.co

Lo sistemático en el asesinato de líderes sociales

Los líderes sociales son la voz de la comunidad. Son aquellas personas que han asumido el papel de orientación, representación, gestión y empoderamiento de sus pares, colegas, compañeros de lucha, entre muchos otros roles en los diferentes campos de acción de seres humanos plurivalentes y diversos; como, por ejemplo, vecinos, labriegos, miembros de alguna etnia o minoría, gremios, sindicatos o asociaciones o cualquier forma de organización para la convivencia de los ciudadanos.

Los líderes sociales son además el canal de comunicación entre la ciudadanía y el Estado, porque son ellos quienes conocen de primera mano las necesidades, demandas y reclamos de la comunidad a la que pertenecen y son capaces de tener una interlocución fluida con los funcionarios públicos para transmitir con propiedad los pormenores de las problemáticas que padecen y también para plantear las propuestas que podrían ayudar a superar esos problemas. Además, cumplen de manera espontánea funciones como la mediación o solución de conflictos dentro de la población a la que pertenecen, la organización de la comunidad para el cumplimiento de tareas y, de alguna manera, ejercen algún tipo de autoridad investidos por la comunidad que los ha reconocido como líderes por las cualidades que tienen, asumiendo en muchos casos el papel del Estado en rincones abandonados por los gobiernos y las instituciones.

El liderazgo social cuenta con una gran legitimidad, porque se construye con base en la convivencia diaria y el reconocimiento de las personas que pertenecen a la misma comunidad que pertenece el líder, por eso de alguna forma estos liderazgos son la expresión más pura de la democracia.

Por supuesto, hay líderes buenos y líderes malos, algunos que cumplen su función a cabalidad y otros que no, pero en términos generales, los líderes sociales logran su posición en la comunidad por méritos y no por favores o maquinarias políticas, porque los liderazgos son más estables y prescinden de las instituciones para consolidarse.

El asesinato de líderes sociales está dejando a las comunidades sin voz, temerosas y expuestas. La sombra oscura del establecimiento se está posando una vez más sobre la tranquilidad que a pulso venían ganando poblaciones enteras en el campo colombiano y una vez más se ven amenazados los derechos que con tanto sudor, lágrimas y sangre habían obtenido los segmentos de ciudadanía más vulnerables. Las demandas de la mayoría de los líderes son peligrosas porque desafían al status quo. Los líderes de restitución de tierras, de sustitución de cultivos, indígenas, negros, los que se oponen a los grandes proyectos mineros y de infraestructura en el país porque los están desarraigando en sus propios territorios, los voceros de las víctimas de la violencia y aquellos que le plantan cara a las autoridades cuando abusan de su poder en la defensa de sus comunidades están siendo masacrados por todo el país, todos los días, por diversas causas y motivos.

El gobierno nacional y los organismos de investigación se excusan diciendo que los crímenes “no son sistemáticos”, que esas muertes se deben “a líos de faldas” o criminalizando al líder asesinado, como sucedió esta semana con Aná María Cortés en Cáceres, Antioquia, de quien el Ministro de Defensa, Luis Carlos Villegas, dijo que presuntamente tenía nexos con el cartel del Golfo.

La sistematicidad de los crímenes de líderes sociales es innegable, pero las autoridades, especialmente el Ministro de Defensa, están haciendo análisis equivocados, porque están buscando la correlación de esa masacre desde el punto de vista de los autores, los móviles, el modus operandi, es decir, desde una perspectiva criminológica, cuando este asunto merece y requiere un análisis sociológico, que se resume en el propósito que tienen los determinadores de los crímenes al dejar a las comunidades acéfalas. En otras palabras, la sistematicidad de los crímenes de los líderes sociales se define por su carácter teleológico, el para qué de esos asesinatos.

Los logros de las comunidades para defender sus derechos y sus intereses en los últimos años pusieron en jaque a los grandes capitales nacionales e internacionales que vienen invirtiendo su dinero en el país. Las consultas mineras en los municipios, como en Cajamarca o en Piedras, Tolima, por ejemplo, sentaron un precedente magnífico sobre la resistencia de los pueblos frente a los proyectos del Estado en sus territorios y la autodeterminación de éstos para definir el uso del suelo y el subsuelo en un debate profundo y ancestral porque la ley determina que el subsuelo es del Estado. Por ello, a pesar de que en democracia las poblaciones se están manifestando y tomando decisiones, los intríngulis legales podrían dejar estas manifestaciones populares sin efecto. Pero lo que se evidencia en estos procesos es que hay comunidades organizadas con liderazgos efectivos. “La Marcha Carnaval por la Defensa del Agua” que hacen todos los años en Ibagué es el preámbulo perfecto para el empoderamiento de las comunidades y el surgimiento o la consolidación de los liderazgos populares, porque esta marcha es una iniciativa totalmente ciudadana y en resistencia de las instituciones y las empresas que quieren darle un uso a la tierra que atenta contra la preservación de los recursos naturales. Este es un claro ejemplo de cómo los liderazgos se articulan con las comunidades y logran efectos concretos y tangibles en el destino de los pueblos. Además, los efectos de estos logros se irradian y empoderan a otras comunidades para unirse en función de sus objetivos y para ello se generan nuevos liderazgos y nuevos procesos de resistencia. Esto, sin duda, es una amenaza permanente para un establecimiento elitista soportado en los grandes poderes económicos del país a los cuales las comunidades les importan poco porque las ven más como un obstáculo en la generación de su riqueza particular que como los beneficiarios de sus éxitos empresariales.

El asesinato de líderes sociales debilita a las comunidades porque les infunde terror, les rompe la cohesión y las deja a merced del interés de quién ordenó ese asesinato. Allí está la sistematicidad del aniquilamiento de los líderes sociales, en los propósitos oscuros, soterrados y criminales de quienes los están matando. No es difícil suponer, por ejemplo, que el asesinato de un líder de restitución de tierras favorece a los desplazadores, usurpadores y despojadores de esas tierras. No es difícil imaginar que, si asesinan a los líderes que se oponen a una gran obra de infraestructura como Hidroituango, que no solo va a alterar la dinámica entera del territorio, sino que va a inundar los cuerpos sin vida de centenares de víctimas de los paramilitares en la zona, a los asesinos tendrían que buscarlos entre quienes favorecen esos hechos por el negocio y por la impunidad.

A los líderes sociales los están asesinando porque sus acciones están socavando los cimientos del establecimiento dado que están organizando a las comunidades para defender sus derechos e intereses que muchas veces no convienen a los más poderosos. Estos vacíos de liderazgo que quedan cuando se mata a los líderes serán fácilmente capitalizados por nuevos grupos armados, los que se atribuyan la defensa de esas comunidades, que serán repelidos con toda contundencia por las fuerzas armadas del Estado en el marco de la legalidad, y por los grupos armados que responden a los intereses de los empresarios legales e ilegales que están jugando en un nuevo tablero estratégico ante la desmovilización de las guerrillas de las FARC. En últimas, la violencia aniquila o deslegitima la lucha social, en primer lugar, porque la causa de la lucha pasa a un plano secundario y segundo, porque si la lucha social se torna violenta justifica la represión estatal.

La sistematicidad de los asesinatos de los líderes sociales está en lo que esto conviene a un establecimiento corrupto, elitista, exclusivo y excluyente que ha defendido sus privilegios a sangre y fuego durante más de dos siglos, en los grandes grupos económicos que acaparan la riqueza del país, los clanes y dinastías de políticos que han exprimido el erario para hacerse a extensiones ilimitadas de tierras fértiles que en sus manos se vuelven improductivas y que, a pesar de ello, suelen ser beneficiarios de subsidios multimillonarios como los de Agro Ingreso Seguro. También conviene a las grandes empresas nacionales e internacionales que se están favoreciendo del despojo para quedarse con las mejores tierras para emprender sus proyectos de monocultivos convirtiendo a los campesinos en simples empleados de las tierras que les pertenecían.

La sistematicidad de los asesinatos de los líderes sociales está en el sistema mismo, ese que fue ratificado en las urnas el pasado 17 de junio por una mayoría de más de 10 millones de electores, el sistema que fortalece una pirámide social con una cúspide estrecha y perpetua de dinastías empresariales y políticas, y una base amplia y desorganizada de personas pobres, desposeídas y sin oportunidades. Cuando esta base intenta organizarse para procurar una sociedad más justa, equitativa, de más oportunidades para todos y menos privilegios para unos pocos, construida desde el núcleo social que es la comunidad, en donde los liderazgos no se construyen a punta de prebendas, maquinarias, burocracia, ni dádivas, sino con trabajo y legitimidad, edificadas a pulso, aparece la sombra oscura del establecimiento para hacer lo suyo. Es decir, para que el status quo no se modifique, cueste lo que cueste y duélale a quien le duela.

Por eso no resulta extraño que el Ministro de Defensa cada vez que se le pregunta por el asesinato de líderes sociales diga que no son sistemáticos, que son líos de faldas, que eran delincuentes. Finalmente, él encarna al sistema: Un gran empresario al frente de las Fuerzas Armadas del Estado.

Añadir nuevo comentario