Jue, 09/06/2018 - 08:34
Foto: Joaquín Temes.

Los límites de la sororidad

La sororidad describe el sentimiento de solidaridad y unión entre mujeres en situaciones adversas. El término encuentra significado en palabras derivadas del latín, como soror y sororis, que remiten a la noción de “hermana”. Como resultado, la sororidad también puede ser entendida como una especie de “hermandad” entre mujeres que comparten ideales, apuestas y aspiraciones políticas. Actualmente, el concepto hace parte de repertorios de movilización de diversas organizaciones feministas.

En un artículo académico sobre memoriales y empoderamiento, Lucía Riba afirmó que la sororidad enuncia los principios ético-políticos de equivalencia y paridad entre mujeres. A través de esta se propicia la confianza, el apoyo mutuo, el reconocimiento recíproco de la sabiduría y la autoridad que tiene cada mujer. Por su parte, la intelectual mexicana Marcela Lagarde indica que la sororidad es una dimensión ética y práctica del feminismo contemporáneo. En el libro titulado El Feminismo en mi vida, Lagarde sostiene que la sororidad es una experiencia que conduce a relaciones positivas, alianzas y políticas ‘cuerpo a cuerpo’ con otras mujeres. Además, esta implica una conciencia crítica sobre la misoginia, y constituye un esfuerzo por desmontarla en las mentalidades, culturas, relaciones sociales, prácticas y normas jurídico-políticas.

La sororidad se ha puesto en marcha en iniciativas latinoamericanas para reclamar justicia y derechos. El movimiento #NiUnaMenos y las iniciativas recientes para la despenalización del aborto en Argentina son una muestra del potencial que tiene la sororidad. Otro ejemplo lo encontramos en los movimientos de mujeres que hicieron frente a los crímenes de regímenes dictatoriales como las Abuelas de Plaza de Mayo. De igual manera, hallamos agrupaciones de mujeres mexicanas en prisión que emplean los relatos de vida y la escritura para empoderarse junto a otras hermanas reclusas.  

No obstante, han surgido acontecimientos públicos que han motivado discusiones sobre la autoridad moral de las feministas para llevar a cabo su activismo. Paralelamente, han emergido debates sobre el sentido que adquiere la sororidad hoy. Los eventos de acoso protagonizados por la artista Asia Argento y la profesora Avital Ronell nos han permitido tejer reflexiones sobre la complejidad de la violencia sexual y la posibilidad de que existan mujeres agresoras dentro del feminismo. En Colombia también hemos encontrado señalamientos a la autoridad de feministas que incurren en prácticas indebidas de apropiación de conocimiento para escalar en el mundo de la opinión pública. Por casos particulares se ha puesto en duda la legitimidad de todo un movimiento que actúa en beneficio de las mujeres y los grupos más oprimidos. Esto nos arrebata muchas alternativas pero no debe conducirnos a la parálisis.

En momentos específicos de mi vida he encontrado colegas que argumentan que visibilizar los fallos éticos de algunas feministas va en contravía a la sororidad. Llegar a decir que las feministas también podemos ser agresoras, reproducir privilegios y operar de acuerdo a intereses políticos se ha convertido en una gran anomalía. La creencia dominante sobre la sororidad nos dice que las feministas debemos apoyarnos en las tribulaciones, sobre todo, cuando se pone en duda la credibilidad del movimiento y su unidad. Sin embargo, esta creencia –ampliamente difundida y poco digerida– nos incapacita para ejercer la autocrítica y la reflexividad. Estas últimas son acciones deseables dentro del feminismo porque resultan en su reinvención y fortalecimiento. Pensar la sororidad dentro de este molde nos puede llevar a justificar violencias y exclusiones, y no hay nada más distante del feminismo que eso.

La sororidad es un principio rector del pensamiento y el movimiento feminista. No obstante, para que esta opere como una herramienta de empoderamiento de las mujeres es importante abrir espacio a la crítica y desvelar sus limitaciones. Podemos empezar afirmando que la sororidad no es “darse palmaditas en la espalda”; tampoco es una forma de blindarnos ante los fallos éticos que son inherentes a toda acción política. Es urgente contemplar el feminismo de una manera realista. El feminismo es un modo de pensamiento político y un movimiento social compuesto por personas que tienen sueños y esperanzas, pero que también pueden cometer errores. Como militantes estamos en una carrera por desbaratar los privilegios y las posiciones de poder que vamos adquiriendo a lo largo de la vida. Y lo cierto es que sufrimos mucho en este proceso. 

Vivian Martínez Díaz

@VivianMartDiaz

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