Dom, 04/01/2018 - 04:31
Ensayo de una comedia, Luis Paret y Alcázar. Óleo sobre lienzo, 38 x 51 cm, H. 1772 – 1773. Cuadro de gabinete. Tomado de encontrandolalentitud.wordpress.com

Los privilegios: Matriz de la corrupción en Colombia

Emmanuel Siéyes es considerado uno de los ideólogos de la Revolución Francesa y su escrito “¿Qué es el tercer Estado?” fue revelador para evidenciar y repudiar la situación social inequitativa y desigual del pueblo francés con respecto de su monarquía.

En 1788, poco antes de esa revolución popular que le costó la cabeza a la monarquía francesa, este clérigo escribió un texto al que llamó “Ensayo sobre los Privilegios”. Este es un escrito de hace 230 años, pero parece que describiera la realidad actual en Colombia y el costo infame que ha arrastrado el país manteniendo a una clase, una casta, podríamos decir, que se ha enquistado en la estructura social como una rémora del sistema que se mantiene del Estado y de los tributos del pueblo. Y no precisamente con subsidios. Ellos, los privilegiados de Colombia, consideran que lo que reciben de cada uno de los gobiernos es parte de sus prerrogativas, sus derechos adquiridos por su posición social, por su cercanía al poder o por el linaje y abolengo que le dan sus apellidos dentro de una dinámica feudal que pervive en el país del Sagrado Corazón.

Es fácil comprender que para Colombia el régimen de privilegios cuenta con un aliado poderoso en la corrupción, que se ha afianzado como “la” forma de hacer política en el país. La política es pues el camino más seguro y corto para acceder a ese régimen de privilegios que le exige muy poco a la persona como servidor público. La política, entendida en su sentido tradicional y amplio sobre las dinámicas de su ejercicio en Colombia, le da demasiado al político con respecto del trabajo que hace y del beneficio que representa para la sociedad. Por eso existen cada vez más personas de todas las tendencias ideológicas aspirando para hacerse elegir en cargos de elección popular, con capacidades o no, para dirigir las riendas del país desde posiciones estratégicas para hacer, aplicar y ejecutar la Ley a su antojo. Por eso también es tan difícil para los llamados “políticos tradicionales” soltar ese tesoro preciado del poder, porque dentro de la balanza de costo y beneficio, para ellos es mucho más elevado el beneficio que el costo de mantener su posición.

Siéyes describe magistralmente la autopercepción de clase que tienen los privilegiados, lo que podríamos comprender como “la clase política” en Colombia: “Penetrad un momento en los nuevos sentimientos de un privilegiado. Él se considera, con sus colegas, como formando un orden aparte, una nación escogida por la nación. Piensa que se debe, ante todo, a los de su casta, y si continúa ocupándose de los otros, éstos no son ya, en efecto, más que los otros, es decir, ya no son los suyos. Ya no es el país un cuerpo del que él era miembro, sino el pueblo, ese pueblo que muy pronto en su lenguaje y en su corazón no será más que un conjunto de gentes de poca importancia, una clase de hombres creada expresamente para servir, mientras que él fue hecho para mandar y disfrutar”. Parece como si Siéyes estuviera describiendo a un congresista cualquiera de Colombia que, una vez electo, rompe el lazo de la representación y se siente ungido con respecto del resto de la población, es decir, de sus electores, y que éstos le deben pleitesía y reverencia. El político electo en Colombia se trepa automáticamente sobre los ciudadanos, se cree superior y da por suyo el derecho a dominar y a despreciar a los demás.

A continuación, Sieyés describe el espíritu de cuerpo que fabrican los privilegiados para defender eso que creen que son sus derechos adquiridos por el solo hecho de pertenecer a una casta que les ha acogido dentro de ese filtro de ascenso que tienen las estructuras sociales piramidales como la colombiana, que cuentan con una base amplia y desposeída y una cúspide estrecha, exclusiva y excluyente que acapara poder, riqueza y tierras: “Si un privilegiado tropieza con la menor dificultad por parte de la clase que desprecia, se irrita, se siente herido en sus prerrogativas, cree ser atacado en sus bienes, en su propiedad y muy pronto él excita, inflama a todos sus coprivilegiados y forma una confederación terrible presta a sacrificarlo todo para mantener, y después para aumentar, su odiosa prerrogativa.”

Solo hay que repasar la historia de Colombia para notar la fiereza con la que los privilegiados han defendido sus privilegios. A sangre y fuego en dos siglos de historia republicana. Pero nos quieren vender la idea que son las clases menos favorecidas las que tienen la culpa eterna de la violencia en Colombia por querer arrebatar lo que a los privilegiados les corresponde por derecho propio. Solo hay que analizar un poco si en Colombia realmente existen los méritos y si las oportunidades están distribuidas equitativamente. Solo hay que repasar los apellidos que han gobernado a Colombia para notar que se repiten una y otra vez tanto en el nivel nacional como en el local, y cada vez que existe una incursión de alguien distinto en ese terreno espinoso del poder es tachado de subversivo o se pliega a los apetitos de ese linaje de bendecidos y afortunados que siempre han acaparado al país. Solo hay que comparar entre la vida que le toca recorrer a un hijo de vecina para acceder a posiciones de poder y el recorrido de un descendiente de uno de estos poderosos de siempre hacia la cúspide del sistema político. Solo hay que repasar los datos y estadísticas sobre desigualdad y acaparamiento de la tierra, la riqueza y el poder en Colombia.

Emmanuel Siéyes señala en unos pocos renglones cómo desde el mismo Estado se hace cada vez más estrecho el embudo del ascenso social desde la misma carga impositiva que se le impone a los ciudadanos: “Tan pronto como, a fuerza de trabajo o de ingenio, alguien de la clase común ha conseguido levantar una fortuna digna de envidia; tan pronto como los agentes del fisco, por medios más fáciles, han logrado amontonar tesoros, todas estas riquezas son aspiradas por los privilegiados. Parece como si nuestra desgraciada nación estuviese condenada a trabajar y a empobrecerse sin cesar por la clase privilegiada.” La política asfixia al ciudadano común para el beneficio de los privilegiados. Solo hay que ver cuántos políticos existen en Colombia que no saben hacer nada más, que jamás se han dedicado a nada más que a la política y la burocracia estatal. Encontrarán una larga lista de cetáceos que amparados por sus apellidos se han tomado la política como una forma de vida sin que ello le reporte ganancia alguna a la sociedad. Por el contrario, se convierten en una carga permanente para los ciudadanos que estúpidamente los eligen una y otra vez con el convencimiento de que, por un puesto, una teja o un tamal en cada elección, son sus benefactores. Y todavía algunos culpan a los subsidios para los más vulnerables como los culpables del desbalance en las finanzas del Estado, cuando en realidad ha sido el medio más efectivo de los privilegiados para mantener sus clientelas entre los más necesitados.

Lo peor es que toda la estructura social está concebida para que todo siga igual. La justicia es especialmente complaciente con la corrupción que es un crimen de cálculo. La corrupción deja inmensas riquezas para los más poderosos y unas penas pírricas, cuando eventualmente los pueden descubrir en los casos en que traspasan los linderos del descaro. Esta complacencia estructural les permite reengancharse rápidamente al círculo de privilegios y mantenerlos a través de terceros hábilmente manipulados para repetir una y otra vez el ciclo de corrupción, para perpetuar el régimen de privilegios.

Siéyes no propende por la anarquía. Pero sí diferencia claramente qué representa una clase gobernante o dirigente de los privilegiados: “No confundamos, en ningún caso, la superioridad absurda y quimérica, obra de los privilegios, con la superioridad legal entre los gobernantes y los gobernados. Esta es real y necesaria. No enorgullece a los unos ni humilla a los otros; es una superioridad de funciones y no de personas. Pero si aún esta superioridad no puede compensar de las dulzuras de la igualdad ¿Qué hemos de pensar de la quimera de que se alimentan los simples privilegiados?”. Superioridad de funciones y no de personas. Esta distinción es fundamental. Desafortunadamente en Colombia los cargos hacen a las personas y no las personas al cargo.

Al leer, analizar y repasar este texto de Siéyes, me vienen a la cabeza varias preguntas en vísperas de las próximas elecciones: ¿Qué candidatos representan el régimen de privilegios? ¿Cuáles se han valido de sus privilegios para llegar hasta donde están? ¿Cuánto le han aportado a la sociedad y cuánto se han aprovechado de ella (de la sociedad) como la escalera de sus ambiciones? ¿Cuáles se han válido de sus méritos y cuáles de sus privilegios? Porque me dirán que estoy generalizando, que no todos los políticos son así, que algunos sí han servido a la sociedad y que han tomado riesgos altos en función del bien común. Pues bien, estos deberían ser los criterios para elegir. Desafortunadamente en Colombia las bases amplias se han plegado a las élites en las luchas que éstas han tenido por imponer sus puntos de vista y ambiciones. Porque en general las bases en Colombia son manipulables y pusilánimes, convenientes y descriteriadas y, usualmente, terminan matando y haciéndose matar no por sus intereses, sino por los intereses de las élites.

Para finalizar y a manera de reflexión, dejo esta frase de Siéyes en un país al que se le ha vendido el cuento de que invertir en los más pobres para mejorar su precaria situación podría ser el origen de todos nuestros males y el comienzo de nuestra más triste decadencia: “Inútilmente la agricultura, la industria, el comercio y todas las artes reclaman para sostenerse, para engrandecerse, para la prosperidad pública, una parte de los capitales inmensos que han contribuido a formar; los privilegiados devoran capitales y hombres; todo está destinado, sin retorno posible, a la esterilidad privilegiada”. 

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eSTUPENDo ! Un paralelo excelente con lo que actualmente pasa en nuestro belllo pais Colombia, que al paso que vamos se va a convertir en una MONARQUIA; ya que los politicos la han querido tener para sus propios caprichos y ambiciones.

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