Jue, 12/06/2018 - 07:57

Reorientar el periodismo

En el prefacio del libro The Elements of Journalism, Bill Kovach y Tom Rosentiel sostienen que hoy en día existe una gran ambigüedad en torno al periodismo. Hay mucho desconocimiento sobre sus principios y métodos, y esto es reforzado por la multiplicidad de contenidos no verificables que abundan en Internet y las redes sociales. La confusión sobre el objetivo actual del periodismo contemporáneo afecta negativamente a quienes desarrollan esta profesión, a la audiencia y a la sociedad.

En este momento, las personas se interrogan cada vez más sobre la función social del periodismo. Esto se debe al surgimiento de discusiones relativas a las noticias falsas (fake news); el rechazo de funcionarios y movimientos antiderechos hacia la libertad de expresión y prensa, y la complicidad de las industrias mediáticas con las élites políticas y económicas. Como consecuencia, el periodismo no solo exige una definición teórica, sino también una reorientación práctica para lograr el ejercicio pleno de los derechos. El nuevo direccionamiento de este contribuiría a lograr la igualdad efectiva de todas las personas, sin distinción de raza/etnia, género, orientación sexual, clase, condición especial de salud, confesión religiosa, nacionalidad, estatus migratorio, posición académica y situación familiar.

Lo anterior hace que los medios y el periodismo sean verdaderamente relevantes. Asimismo, es indispensable que los comunicadores, los creadores de contenido y la audiencia se interesen más por saber qué elementos definen el periodismo, y por qué es necesario para una política democrática. De esta manera lo consideran Kovach y Rosentiel:

El periodismo y sus elementos deberían preocuparnos a todos los ciudadanos hoy, ahora más que antes, puesto que las distinciones entre ciudadano y periodista, reportero y editor, audiencia y productor, lejos de desaparecer, se están desdibujando. El periodismo no está muriendo. Se está volviendo cada vez más una forma de colaboración. Y los periodistas no están siendo reemplazados ni tampoco se están volviendo irrelevantes. Su rol se ha vuelto más complejo y crítico.”

Colombia siempre ha sido un país convulsionado, con altos niveles de corrupción, violencia estructural e impunidad. En nuestro país también tenemos una sociedad profundamente excluyente. Vivimos en un régimen de fascismo societal. El término fue definido por Boaventura de Sousa Santos para abordar modos de sociabilidad autoritaria que coexisten con regímenes democráticos. Fascismo societal no es un régimen político; es un régimen social y de civilización.

Dentro de los elementos que lo caracterizan podemos incluir el racismo, el sexismo, la homo/lesbo/transfobia, el clasismo, la segregación de los excluidos dentro de geografías urbanas (apartheid), la usurpación de funciones del Estado por empresas (privatización), y el despojo territorial por parte de actores armados y grupos económicos. A este tipo de régimen social, también es posible añadir la legitimación de la violencia como manera de resolver conflictos. La agresión, la discriminación y el odio son normalizados, reclamados y defendidos por las personas que viven en fascismo societal.  

Las industrias mediáticas y ciertos periodistas a título individual han participado en la reproducción del fascismo societal en Colombia. Esto ha sido evidente en los cubrimientos sesgados de hechos importantes para la vida pública, como por ejemplo, la implementación de los acuerdos de paz, las luchas del movimiento estudiantil por el derecho a la educación, el involucramiento del fiscal Néstor Humberto Martínez en los delitos de corrupción vinculados a Odebrecht y la difusión de un video de Gustavo Petro recibiendo dinero. El cubrimiento no transparente de estos sucesos refleja un pacto viejo que conviene recordar: el de los grandes medios y las clases políticas tradicionales, más interesadas en despojar y explotar a los marginados que en procurar su bienestar.

Desde el uribismo han venido los intentos de censura y ataque a la libertad de prensa más recientes. Un ejemplo de esto se encuentra en la polémica que se dio en torno al documental conocido como ‘La Negociación’. Durante una función exclusiva para la prensa, el senador Álvaro Uribe Vélez usó su cuenta de Twitter para difundir información tendenciosa sobre los contenidos del documental. A raíz de esto, la empresa Cine Colombia decidió retirar el mismo de su cartelera. Sin embargo, la decisión fue reversada después gracias al respaldo manifestado por muchos ciudadanos a través de las redes sociales.

Adicionalmente, los ataques a la libertad de prensa también han sido ejercidos por funcionarios públicos del Gobierno de Iván Duque. Hace pocos días, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez tergiversó la crítica de la periodista Catalina Ruíz-Navarro a las políticas públicas de igualdad de género. Esta crítica fue inscrita en una columna de opinión titulada “Gracias por nada, presidente Duque”. Debido a una mala lectura, la actual vicepresidenta redujo los cuestionamientos de la periodista a una disputa de “mujeres de verdad” y “mujeres amargadas”.

Con estos dos casos podemos notar que existe una vocación antiderechos en el uribismo y en el Gobierno actual, que se está materializando en ataques a la libertad de prensa y de expresión. En esto, las industrias mediáticas han cumplido la función de validar y reproducir la agenda antiderechos, intencionalmente o por omisión. De ahí que sea importante una reorientación práctica y teórica del periodismo en Colombia. Es necesario que las personas, movimientos y organizaciones sociales se apropien del periodismo como herramienta de transformación y colaboración entre pueblos. El tipo de periodismo que necesitamos para revertir el ciclo interminable de violencia, desigualdad y discriminación debe ser fiel a la verdad y leal a la ciudadanía. Este también debe mostrar su independencia con hechos y ser siempre un verdadero contrapoder.

Vivian Martínez Díaz

@VivianMartDiaz

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