Jue, 06/21/2018 - 08:20
Foto: Comisión Intereclesial de Justicia y Paz

Resistencia

El domingo 17 de junio se dio a conocer el nombre del ganador de la contienda electoral por la Presidencia de Colombia: Iván Duque Márquez. El Presidente electo obtuvo un 52% de la votación total de todo el país, mientras que su principal contendiente, Gustavo Petro Urrego, ganó alrededor del 42%. Según el Huffington Post de México, con este resultado Duque se posicionó como el candidato más votado en la historia electoral sudamericana. Su victoria puede ser entendida como un triunfo de los sectores de derecha colombianos y latinoamericanos que esperan erradicar visiones progresistas de la política producidas en el contexto de gobiernos posneoliberales.

No obstante, que Duque haya llegado a la Presidencia es también motivo de incertidumbre entre sectores despojados, oprimidos y violentados. De igual modo, su ascenso es preocupante para quienes desde la academia, el activismo y el periodismo apoyamos las luchas de los pueblos indígenas, afrocolombianos, campesinos, colectivos LGBTI y movimientos de mujeres. Esto, por dos razones. Primero, no es un secreto que Duque representa una amenaza directa a la implementación del acuerdo de paz. Su pertenencia al Centro Democrático, cuyos militantes han prometido “hacer trizas” el acuerdo, lo confirma. Adicionalmente, el liderazgo de Duque como mandatario se hace agua frente al jefe natural de su partido, Álvaro Uribe Vélez. En pocas palabras, no sabemos cuál de los dos gobernará.

Segundo, Duque siempre se caracterizó por ser un candidato con apoyos dudosos. Durante toda su campaña recibió respaldos de partidos tradicionales, de funcionarios involucrados en casos de corrupción y de antiguos sicarios. Asimismo, tuvo el apoyo de fundamentalistas católicos y cristianos que han abogado por un retroceso en los derechos de las mujeres y los grupos constituidos por orientaciones sexuales diversas. No olvidamos que estos últimos acudieron a la falacia de la “ideología de género” para atacar un acuerdo de paz incluyente. Ante esto nos interrogamos por las cualidades éticas de Duque para ser un mandatario que trabaje por los derechos de la población colombiana sin ningún tipo de discriminación.

Frente a la llegada del uribismo a la Presidencia, varios académicos, líderes, formadores de opinión y personas interesadas en el cambio social estuvimos de acuerdo en la importancia de generar resistencias. Sabemos que el proyecto de la Colombia Humana de Gustavo Petro y Ángela Robledo -su fórmula vicepresidencial, mujer, feminista, intelectual y psicóloga- llegó a representar las voces de personas diversas que han sido ultrajadas por su postura política, género, identidad étnico-racial, clase, orientación sexual, condición de discapacidad, entre otros. En lo personal, llegar a este escenario me genera inquietudes y tristezas. Sin embargo, varios colegas del país donde actualmente resido levantaron mi cabeza para decir que los ocho millones de votos que obtuvo este proyecto político no son nada despreciables ante sus ojos y los de América Latina. De esta temporada electoral nos quedaron experiencias, saberes y conocimientos que nos serán útiles en la ruta a la transformación de la sociedad colombiana. Como lo sostienen algunos militantes en el zapatismo, el camino no existe, se construye, se hace al andar.

Estas elecciones marcaron el inicio de un proceso, de un camino hacia la búsqueda de la transformación social en Colombia. En esto destaco tres lecciones aprendidas en este periodo electoral que nos servirán para el futuro, tanto para la resistencia como para el cambio. En primer lugar, comprendimos que la defensa del acuerdo es fundamental para nuestros pueblos. Debemos hacer vigilancia constante a las acciones de este nuevo gobierno para que la justicia de transición sea una realidad y los derechos de las víctimas sean garantizados conforme a lo pactado. En segundo lugar, entendimos que no se puede retroceder en los derechos conquistados por las mujeres, los indígenas, los afrodescendientes, los campesinos y los colectivos LGBTI. Como sociedad tenemos que organizarnos colectivamente para defender ferozmente nuestros derechos. En tercer lugar, supimos que los grandes medios colombianos son evidentemente serviles a las clases políticas y los grupos económicos, y que requerimos otras formas de periodismo en el país basadas en la justicia social, la ética profesional y el reconocimiento de la posición situada de quien produce opinión. Indudablemente, este es el inicio de un cambio fundamental en Colombia.

Vivian Martínez Díaz

@VivianMartDiaz

 

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