Vie, 03/09/2018 - 07:37
Foto de referencia. Fachada Congreso Colombia.

Una comida bañada en política

Apenas me había sentado a la mesa con una conocida activista mexicana, no sabíamos que pedir, cuando se nos acerca un hombre de unos 60 años. Mientras veíamos el menú con respeto ofreció excusas y me pasó una publicidad del Centro Democrático. En esas llegó el mesero para saber qué íbamos a ordenar. El anónimo intruso esperó a que pidiéramos la comida y me invitó a votar por “el candidato del presidente Uribe”. Con igual respeto le devolví el cartón, le agradecí y le dije que yo tenía diferencias con ese partido y que mis opciones en estas elecciones eran otras.

No es un secreto que en el sur de la Florida, como en muchos lugares del exterior donde se concentra parte de la comunidad colombiana en el exilio, son muchos los adeptos al grupo que lidera el senador Álvaro Uribe. No veo por qué debería ser diferente. Muchos abandonamos Colombia por situaciones de seguridad que nos dejaron sin opción y en él ven a un líder indiscutible que se les paró de frente a los terroristas. ¿A qué costo? Esa es otra cuestión. El hombre me preguntó la razón para no votar por su grupo. Le dije que aunque Iván Duque me parece un muy buen candidato, y de verdad creo que lo es, hay muchas cosas del ex mandatario que no me gustan. Esto lo molestó y se puso a la defensiva sin que yo lo atacara. Finalmente él estaba en mi mesa.

Comenzó con un discurso que se ha hecho –respetable –,que comienza con que Uribe es el mejor Presidente que ha tenido Colombia y termina con que quienes no estamos de acuerdo con él le entregamos el país a la guerrilla. Quienes me conocen saben que me gusta hablar de política y con pasión, tanto que mi esposa dice que soy intenso con el tema. Como había que esperar la comida dediqué tiempo a explicarle que en Colombia hay partido socialista desde 1926 y partido comunista desde 1930. Tampoco le gusto esa respuesta y me dijo que yo era “amigo de los Castro, esos terroristas de Cuba”. Yo, bruto como soy, sabiendo que nada de lo que dijera haría que este señor cambiara la percepción que se había hecho mía, le expliqué que yo pienso que lo que hay en Cuba es una dictadura que viola los derechos humanos de forma flagrante. Le conté que ese gobierno me negó una vez el permiso de entrar cuando ya estaba en el aeropuerto José Martí de La Habana. Le dije, además, que luego me negaron el permiso de viajar a Cuba a cubrir el concierto Paz sin Fronetras de Juanes en 2009. Tampoco le sirvió. En su cabeza yo soy amigo de los Castro. En este momento ya se sentía la rabia en el tono de mi interlocutor.

La comida llegó. Unos chicharrones con patacón para mí, y un tamal tolimense que recomendé a mi amiga quien no había probado comida colombiana. Otra mesera, que conoce al hombre, le dijo: “no pelee con don Juan Carlos que él tiene argumentos para responderle”. Ahí entendí que yo no era el primero de la noche con el que él hablaba de estos temas. Aunque comenzó a retirarse, mientras lo hacía me dijo que yo era un grosero. Yo, que no me amargo la vida por política, le pregunté divertido por qué y su único argumento fue que yo no estaba de acuerdo con él porque soy comunista y amigo de terroristas.

Recordé entonces que hace unas semanas una vieja amiga, a quien recuerdo con un cariño muy especial, me cuestionó dejando en mi camino solo dos posibilidades. O a mi me pagan para escribir lo que publico en mis redes, o en el mejor (o peor) de los casos la guerrilla me lavó el cerebro cuando por razones periodísticas, propias de mi trabajo, tuve encuentros con estos grupos terroristas. Aunque no tengo por qué hacerlo traté de explicarle que ni lo uno ni lo otro, que lo mío, como si estuviera arando en el desierto, es un llamado a la reflexión para que entendamos de una vez por todas que el camino es la reconciliación. De lo contrario nos vamos a seguir matando. Creo que sigue pensando lo mismo. Más recientemente otro amigo me escribió que entendía mi odio hacia la extrema derecha. Mi respuesta no podía ser otra, yo no pierdo mi tiempo odiando.

Lamentablemente a esos extremos nos ha llevado la clase política de nuestro país. No importa el color de sus banderas ni sus ideologías, todos los partidos han caído en ese juego macabre. Estos no son argumentos exclusivos de algunos que siguen al expresidente Uribe, porque no son todos. Hay muchos que en verdad sostienen y defienden sus tesis de forma argumentada y agradable. Pero es que este fanatismo que destila veneno nos llega desde todos los flancos.

Por ejemplo, escuchar al candidato Gustavo Bolívar decir que quiere llegar al Senado para llevar a Álvaro Uribe a la cárcel es de tanta pobreza intelectual que realmente no vale la pena entrar en detalles. Pero tampoco es un argumento sólido hablar del mismo Gustavo Bolívar sobre su pelo o su cara. Es igual de pobre la discusión. En estos días otro amigo, también seguidor de Petro, escribió que El Ubérrimo, la finca de Uribe en Córdoba es más grande que Bogotá. Falso.

Nuestra política se llenó de mentiras y de verdades a medias. De engaños inventados todos para favorecer intereses oscuros de cualquier lado del espectro ideológico. En unas ciudades protestan contra Uribe, en otras contra Petro, y eso por no mencionar las manifestaciones contra Timochenko. No es que manifestarse en contra de algo o de alguien sea malo, lo delicado es el tono que puede ser entendible, pero pasar a las vías de hecho en un país donde han sido asesinadas 250 mil personas y desplazadas millones en medio de un conflict amado eso es gravísimo. Es seguir buscando carne para fusil. La nuestra hoy es una confrontación sin sentido. Logramos demostrarle a los violentos que el camino de las armas no era el acertado para buscar el poder pero parecemos antojados de regresar por esos lares.

Explicaciones hay, lo que no hay es quienes las quieren oír. Y no es solo de los que defendieron el No o los que defendimos el Si. El hecho es que la nuestra es una sociedad intolerante que ha perdido la capacidad de discernir. Somos todos. Ni los del No quieren la guerra, ni los del Si somos guerrilleros o mamertos. Efectivamente la guerra le sirve a unos sectores por razones políticas, económicas o símplemente ideológicas, pero realmente son muy pocos entre 50 millones de colombianos. Mientras tanto, ese país que a mí me duele a distancia se hace pedazos y no por el conflicto armado sino porque no hemos aprendido a convivir con tanta intolerancia.
¿Saben que me asusta? Que en medio de esta polarización tan extrema se hacen más claras las opciones en el mismo sentido: extremas. Bien sean de derecha o de izquierda. Y ahí sí que entre el diablo y escoja.

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