Sáb, 02/17/2018 - 05:55
Fotografía tomada de la página albumdigital.org

Una mirada por la ventana estrecha de la esperanza

Las elecciones sacan lo peor de los colombianos. La polarización que se vive a diario en las redes sociales e incluso en la vida cotidiana llega a los límites de la exacerbación, pasando del debate al insulto, de la confrontación de las ideas a las agresiones físicas y en donde hasta las amistades más fuertes se ven amenazadas por las tensiones políticas. Me incluyo en esa caterva apasionada.

Sin embargo, en medio de ese maremágnum de pasiones, odios y enfrentamientos, surgen esos perfiles de personas apacibles que disfrazan la apatía de ignorancia y que son capaces de asumir su vida con el sosiego propio de quien ha encontrado el sentido de su existencia en la introspección espiritual y en la cotidianidad austera, tranquila y placentera que trasciende los gobiernos de turno y las vicisitudes del sistema para concentrarse en lo realmente importante: Encontrar el camino de su propia realización y felicidad.

Estas personas logran vivir a pesar de la política y no gracias a la política. Ninguna riqueza se les ve amenazada porque no tienen interés en acaparar lo que jamás van a disfrutar y disfrutan lo que tienen con una devoción envidiable, con la sensación plena de quien prefiere un paisaje sin dueños que una propiedad fastuosa restringida a los privilegios de unos pocos.

Es allí, en este tipo de personas, en donde se abre la ventana estrecha de la esperanza. Para nadie es un secreto que uno de los principales efectos de la política en Colombia ha sido perpetuar una profunda desigualdad e inequidad social. El Estado, el Gobierno y la Función Pública han sido controlados por las élites dominantes desde hace dos siglos de vida republicana, lo que ha hecho de la política una herramienta funcional a esas élites y no al bienestar general. No ha sido especialmente relevante qué partido o qué personas han ejercido el poder a través de la mal llamada democracia en Colombia, siempre, de una u otra manera, las decisiones desde las esferas del poder han favorecido a los más poderosos. Mis amigos relativistas me dirán que esto no es cierto, que hubo gobiernos de corte social como el de Alfonso López Pumarejo que logró una mejor redistribución de la tierra gracias a la Ley de Tierras en la década de los 30´s del siglo pasado. Pero ya los estudiosos han descubierto que esas tierras finalmente fueron cedidas no a quien las necesitaba sino a quienes eran cercanos a ese Gobierno. Simplemente, la otra facción de las mismas élites, estaba reclamando lo suyo. Y así podríamos poner muchos ejemplos en el transcurrir de nuestra historia en donde los gobiernos han servido para equilibrar las cargas entre las élites, pero jamás en función de los más necesitados, vulnerables o desposeídos.

Por eso me resultan admirables y dignas de imitar las personas que han encontrado en la austeridad el camino para lograr una mejor distribución de la riqueza, independientemente de lo que suceda con las contingencias políticas, las coyunturas electorales, las trabas económicas o los prejuicios sociales. Y no hay que confundir austeridad con pobreza, que son dos cosas bien diferentes. La austeridad tiene el encanto de satisfacer todas las necesidades de quien la vive, incluso las más mundanas. La austeridad no tiene nada que ver con la privación de los placeres de la vida, simplemente es el equilibrio entre lo que se necesita, lo que se desea y lo que se puede tener. La austeridad, por demás, tiene un principio básico de ejecución y es el aquí y el ahora, lo que puedo tener frente a lo que puedo disfrutar en el momento, y la capacidad que tengo de desprenderme de lo que ya no me es útil para que lo use alguien más sin ver en ello una oportunidad para el enriquecimiento sino la posibilidad para hacer del mundo un lugar más justo.

Veo con esperanza genuina que cada vez son más personas de todas las edades, tendencias ideológicas y sectores sociales que están optando por la austeridad como una forma de vida sin importar las intenciones políticas, los apetitos económicos y las ambiciones personales, esos quienes desde su propia vida y cotidianidad están logrando romper los esquemas y los paradigmas para vivir con lo necesario en función de la felicidad y no del poder. Eso, sin duda, es la flor que brota entre el asfalto ante tanta podredumbre moral, ética y política que desborda las cañerías pútridas de la sociedad en cada elección, como si de ello dependiera la vida misma.

El acaparamiento de la riqueza es el acto más egoísta del ser humano en detrimento de la calidad de vida de los demás. Poseer propiedades improductivas, vacías e inertes no solo es mezquino, además es inmoral. En un mundo de recursos escasos, con una humanidad cada vez más carente y necesitada, lo que tengo y no uso le está quitando el derecho a alguien del disfrute de un bien que por el solo hecho de existir no genera bienestar alguno. Pero no es desde el Estado que se debe romper el esquema de la propiedad porque el Estado, al menos el colombiano, es el peor distribuidor de la riqueza, no importa que sea de derecha o de izquierda. La derecha porque acapara y la izquierda porque despilfarra. La austeridad es una decisión de vida que surge del espíritu mismo de la persona y del autoconvencimiento de que nuestro trasegar por el Universo y por la Tierra es pasajero, fugaz, efímero e irrelevante si tenemos en cuenta nuestra insignificancia en el Cosmos. Por eso el mayor reto del ser humano es la búsqueda de su propia felicidad y son la mayoría de almas buenas y bienintencionadas quienes están encontrando en la austeridad el camino correcto hacia esa utopía llamada bienestar, que es un fin y un medio en sí mismo.

Mi escrito no es un acto revolucionario ni novedoso. En realidad, no es más que la interpretación vital de quien considero como el gran líder político del siglo XXI, el expresidente uruguayo Pepe Mujica, que no solo pontifica desde el discurso, sino que representa este estilo de vida a través de su propio ejemplo. Y estoy seguro de que Mujica no se ha privado de ningún placer que la vida le ha podido ofrecer. Ni siquiera el de ser Presidente de su país, habiéndolo gobernado con una gran conciencia social sin pauperizar la economía de una gran nación, infundiendo una noción clara sobre el sentido real y necesario de la distribución de la riqueza, no solo para Uruguay sino para el mundo.

Entre tantas agresiones, acciones y reacciones, campañas de desprestigio, infundios y calumnias que han rodeado estas elecciones, la luz que entra por esa ventana de la esperanza es realmente alentadora. Desde la distancia he podido encontrar personas en Colombia que han aprendido a encontrar ese equilibrio magnífico entre lo que tienen y lo que realmente disfrutan y la paz que transmiten los ha vacunado de cualquier confrontación insulsa para defender intereses que ni siquiera conocen, que ni siquiera les preocupan. Estas personas han logrado construir redes de afectos que son mucho más poderosas y estables que las redes políticas y, sobre todo, mucho más leales y funcionales al bienestar. Estas personas han descubierto genuinamente que su sosiego está en el ser y no en el tener, más allá del cliché de quien pone una foto ostentosa y una frase motivacional en este mundo de apariencias. Estas personas suelen ser discretas en ese mundo cada vez más atrapante del ciberespacio. Sus redes afectivas son reales, no virtuales. Sus espacios de encuentro son tangibles, no remotos. Y sus logros personales, familiares y sociales se pueden medir en bienestar y no en “likes”.

Le agradezco a esas personas que han sido capaces de ponerse por encima la vida política de un país moralmente degradado para dar la lucha desde sus trincheras de paz y convivencia, que han sido capaces de comprender a la austeridad como una forma de vida y de realización y que, con su ejemplo, persistencia e inteligencia disfrazada de ignorancia, le han permitido a más personas el disfrute de lo que no están acaparando innecesariamente -a pesar de que quizás muchas de esas cosas a las que renunciaron las acaparó alguien más-. Porque el punto de inflexión para cambiar la realidad conflictiva que nos circunda no está en el candidato de turno, ni en el partido que se llena de podredumbre para encumbrar a los más corruptos, ni en el sistema, el Estado o el Gobierno que siempre han sido funcionales a los intereses mezquinos de quienes confunden austeridad con pobreza.

Quizás en estos ejercicios conscientes en la reconstrucción del tejido humano, en el fortalecimiento de las vecindades y las amistades cercanas y en el disfrute de la vida en el aquí y el ahora será en donde encontremos las verdaderas respuestas para la solución de nuestros conflictos eternos y males endémicos. No en la delegación sumisa, reverencial e inútil de nuestra voluntad al capricho de los políticos que han demostrado durante siglos su incompetencia para generar bienestar.

Mi invitación entonces es para que abran aún más esa ventana de la esperanza y se den el gusto de conocer a esas personas que a través de la austeridad están logrando encontrar el camino de su felicidad personal y además están contribuyendo de una manera especial para aportar al bienestar general a través de su forma de vivir, sentir y actuar, sin discursos ni promesas. Su vida sencilla y grata es su mejor ejemplo.

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Este texto nos propone otro enfoque de vivir la vida, la austeridad que no es pobreza, sino una opción por lo necesario sin mayor pretensión que suplir las necesidades fundamentales sin acaparar. Es interesante en la medida que lo que la sociedad predica es el consumismo, el espíritu acaparador, el tener sin siquiera pensar en el ser. Esta reflexión me hace recordar la discusión de Max Neff entre necesidades y satisfactores que en su momento revolucionó la discusión en la economía. Buen escrito que hace reflexionar al lector.

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