Mar, 04/17/2018 - 16:27
Fotografía de Daniela Méndez

Alrededor de una vela encendida

Este es un aporte de Daniela Méndez Bernal para El Rincón del Bohemio de Revista Enfoque. Porque la literatura y la poesía también tienen espacio en Enfoque.

Casi eran las seis de la tarde. Salimos los cinco de la casa a recorrer la montaña. Cada uno hacía su propio recorrido, a su ritmo y por el camino que escogiese. Estábamos en lo alto, la idea era llegar abajo.

Durante la caminata tomé notas en un cuaderno. Al revisarlas al otro día, pude asimilar en mis letras los pasos que di: Estaban desordenadas, unas eran chicas y otras grandes, torcidas, fuera de las líneas del cuaderno, algunas afuera de las márgenes; las oraciones que empezaban en una esquina, a veces terminaban en la esquina contraria de otra página. Eran las huellas de un camino a ciegas, como el que recorro ahora, que tengo 23 años y no sé a dónde ir. Caminando sin la luz del sol que acababa de irse, tratando de percibir el campo y captar un mensaje, algo interesante para plasmar en el papel, me parecía a Carlitos, a quien conocí hace un tiempo. Él tiene setenta y pico de años y está perdiendo la vista, pero no le importa al momento de escribir sus cuentos; a pesar del esfuerzo que debe costarle hacer manuscritos, releerlos y corregirlos, habla muy apasionado sobre esos momentos que dedica a la escritura. Yo andaba torpemente sobre el prado, que a veces escondía raíces de árboles sobresalidas y rocas incrustadas, o terminaba convirtiéndose en senderos de tierra seca, aun así, mantenía la emoción tratando de entrever lo que me ofrecía el camino y hallar las líneas del cuaderno para registrarlo. Buscar a oscuras en la montaña, insectos, flores, personas qué observar, era divertido, enigmático. Buscar qué camino tomar a esta edad, sin poder ver siquiera qué caminos existen, no me parecía ninguna de esas dos cosas.

Al avanzar un par de metros desde la casa, lo primero que se postró en frente fue una cerca de madera que no supe cómo abrir. En la ciudad nunca había visto una igual. Alguien más la abrió sin explicarme nada. La única luz por varios minutos fue la de la luna. Me acordé que no solo vemos con los ojos. Puse atención a las voces de unas personas que hablaban y entre pausas cantaban música que yo llamo “de cantina”. Caminé hacia ellos. Olía a leña quemándose. Pude notar una olla e identifiqué las siluetas de cuatro adultos y dos niños sentados en el pasto. Uno de mis compañeros, Jonan, se acercó más a ellos y los saludó, en su voz se percibía anhelo. Ellos apenas respondieron su saludo y el tono de sus voces comunicaba indiferencia. Pensé en la soledad y la búsqueda de conexión con otros. En mi compañero me vi a mí misma, suelo terminar en lugares donde las personas ya tienen sus amigos, sus secretos, sus señas, sus grupos, y no puedo encajar del todo en ninguno. Recordé la canción que dice “no soy de aquí, ni soy de allá”, que escuché por primera vez cuando Bart la cantó en un capítulo de Los Simpson. Creo que a Jonan no le importó la indiferencia de esas personas, porque siguió tranquilo su recorrido hacia otro lado y empezó a hacer mugidos de vaca. Aprendí de esa escena que la soledad no siempre tiene porqué ser mala, no hace falta que alguien me salude, que un grupo me acepte, para sentir que pertenezco a algún lugar, uno ya pertenece a un lado, al más maravilloso de todos: A uno mismo. Mientras Jonan mugía, apareció una verdadera vaca. Mi otro compañero, Yamil, ya estaba alumbrando con la linterna de su celular. La vaca era fornida y peluda, de color café con blanco y tenía cachos. Nota: no solo los toros tienen cachos. Ella venía desde abajo, a paso apresurado. Nos alcanzó y siguió hasta más arriba. Me puse a seguirla, conservando distancia, hasta que se perdió en la oscuridad en medio de muchos árboles. La escuchábamos mugir, era un mugido extraño que me hizo sentir angustia, ¿Qué estaría buscando la vaca?, ¿A quién le hablaba? Yamil se acercó y me dijo: ¿Daniela habéis visto las estrellas? Miré hacia arriba y descubrí otro cielo, no era el mismo de la ciudad, esas estrellas eran del campo. Al otro día, cuando le conté a Lucía sobre esa pregunta que me hizo Yamil, ella nos dijo: “¿Podés ver Yamil, vos que fuiste piloto, cómo mantuviste la cabeza hacia el cielo, mientras que la gente que trabaja con el cuerpo como Jonan, son más de aquí, de abajo?”. La realidad se puede percibir desde varios planos, emociones, sentidos, solo falta mover el cuello o la cabeza. Aunque ahora aviste mi futuro desde la incertidumbre y la ceguera, debo recordar que, así como hay algo más arriba de los 154 centímetros de altura que alcanzan mi cuerpo, y así como pude andar el camino con los pies, los ojos, la nariz y los oídos, existen diferentes formas de esperar, transitar e imaginarme ese futuro que no he recorrido. 

Después de mirar al cielo por primera vez esa noche, Yamil y yo nos paramos junto a Ana María que estaba sentada en una roca a unos metros. Los tres nos quedamos viendo hacia arriba. Ana María nos contó que meses atrás había visto muchas estrellas fugaces en el desierto de la Tatacoa. ¿Sabéis que les llaman Lágrimas de San Lorenzo en España?, dijo Yamil. Anoté esa pregunta en mi cuaderno. La vida está llena de coincidencias o a mí me gusta creer que las encuentro: Más tarde esa noche, Yamil nos contó que nunca podía llorar, aunque tuviera ganas. Él nos confesaba que quería expresar su nostalgia a través del llanto, pero ni una lágrima lograba. Lo escuchaba y pensaba en esa época en la que me reprochaba a mí misma porque a veces soy muy sensible y muchísimas cosas me hacen llorar, hasta la felicidad. Quise tener el poder de darle a Yamil, que es varios años mayor que yo, algo de eso que alguna vez llamé maldición, y que para él resultaba un don, un privilegio.

Seguíamos en esa roca, hablando sobre las estrellas, cuando un señor que usaba un poncho, junto con un joven de sombrero y un niño con acento tolimense más pronunciado que el mío, se acercaron. Nos preguntaron si habíamos visto pasar una vaca. Le contamos que sí y le indicamos que se había ido hacia arriba, ellos se dirigieron en ese sentido. A los minutos bajó la vaca, otra vez a paso apresurado. Yamil la alumbró con el celular. La vaca aceleró y parecía venir hacía mí. Me asusté y grité. Unas personas al fondo se rieron y el joven de sombrero que venía bajando dijo algo entre risas que no entendí. La vaca siguió de largo hacia abajo, ya sabía que camino estaba obligada a tomar, atrás la seguían el señor, el joven y el niño. Pude ver los ojos de ella, o los imaginé, ya no sé. Antes, cuando corría hacia arriba me parecía esperanzada: aunque estaba asustada tenía un propósito. Al bajar, seguía viéndose con miedo, pero esta vez resignada. La van a matar, pensé. Cuando la vimos correr hacia arriba, seguramente estaba huyendo y mugía buscando otras vacas, otras hermanas que le pudieran dar asilo. El sufrimiento y la soledad fueron dos cosas que aprendí a ver desde otro plano gracias a lo que viví en la montaña. Solía pensar que solo yo me ponía triste a veces y que era un extraterrestre por sentir dolor. Creía que era como la vaca que corre sola en la penumbra y traspasa humanos indiferentes, que la miran raro porque lleva prisa y sus ojos muestran sufrimiento. Pero me di cuenta que mis circunstancias no son las mismas que la de esa pobre vaca: Como a las once de la noche, Lucía, Yamil, Jonan, Ana María y yo, sentados alrededor de una vela encendida a las afueras de la casa, nos dimos cuenta de que todos sufrimos a veces y que la soledad es algo que agobia a más personas de las que creemos. En ese momento fue cuando Yamil nos contó sobre el paradójico dolor que le causa no poder llorar. Ana María, que tiene 22 años y recién se mudó a esta parte del país, nos dijo entre lágrimas que se siente sola y que la abruman problemas que me hicieron pensar en la palabra asfixia, esa misma que yo alguna vez había sentido y no había compartido con nadie. Lucía, la argentina que hasta ese instante siempre había visto con una sonrisa contagiosa, empezó a llorar y al principio no quiso que nadie se le acercara, como si alguna vez también se le hubiera cruzado por la cabeza, que llorar es algo que no se puede hacer al lado de otro. No entendimos bien por qué lloraba Lucía, aun así, sentimos empatía y al rato nos acercamos. Nuestra compañía terminó tranquilizándola. Parece que, si bien ya pertenecemos a nosotros mismos, compartir con otros nos complementa.

Me arrepiento de no haberme acercado a la vaca por miedo. Parece que Jonan se percató de que grité en la caminata cuando creí que la vaca venía hacía mí. Lo digo por lo que tuve que enfrentar en la actividad de expresión corporal que él dirigió antes de que nos sentáramos a hablar a la luz de la vela. Jonan me dijo “su mercé cierre los ojos y quédese aquí”. Esperé un rato con los ojos cerrados, no escuchaba a mis compañeros, cuando una persona, atrás mío, me agarró de la cintura y empezó a empujarme hacía adelante. Luego, varios animales de la selva aparecieron haciendo sonidos a mi alrededor. Escuché un simio, un puma, un ave. Me picaban, me tocaban, estaban muy cerca de mí. Solo pude quedarme quieta y taparme los oídos. Uno de esos animales, tenía brazos de humano y quitó mis manos de mis orejas. Se fueron callando el ave, el puma y el simio, hasta que finalmente volvieron a ser humanos. Me acostaron con suavidad, estiraron mis extremidades y ya no sentía piquetes sino caricias. Me levantaron y abrí los ojos: Ahí estaban Lucía, Yamil, Ana María y Jonan. Ustedes me llevaron a la selva, les dije.

Después de que fui a la selva, y nos sentamos en el piso afuera de la casa, alrededor de esa vela encendida, llegó el momento de contarles mis propias tribulaciones, de las que aquí ya he reflexionado. Y agregué: Volver de la selva en medio de su arrullo y su afecto, me hizo saber que valoro muy poco la comunicación por medio del tacto, y la necesito, pues es otra de las formas de percibir el mundo, el camino que recorremos. Aunque a diario yo no suela abrazar a nadie, aunque tú no abraces a nadie, aunque inconscientemente nos alejemos de alguien cuando se acerca mucho, porque hemos banalizado el contacto con el otro, o lo hemos limitado a lo sexual, es necesario que recordemos cómo se mira a los ojos, cómo se abraza a los demás, a tu amigo, al que recién conoces, a tu mamá, a tus hermanos, a los niños, porque así nos acordamos de que sentimos igual a pesar de las diferencias, y que ellos están con nosotros en esto, en este recorrido, en la vida.

Al otro día en la mañana tenía que bajar para tomar aguapanela caliente. Salí de la casa con el cuaderno de notas en la mano y me encontré con esa cerca de madera que ahora podía ver bien. Hallé la manera de abrirla yo misma. No tardé tanto. Llegué abajo y pedí mi aguapanela. Mientras la esperaba, abrí el cuaderno y me puse a leer lo que había escrito la noche anterior durante la caminata.

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