Vie, 12/22/2017 - 11:03

La rueda de la vida

Aporte para el Rincón del Bohemio de Walter Ocampo Gutiérrez. Fotografía tomada de El Universo Hoy. Amanecer en Normanton, Inglaterra.

Sí, la tristeza inspira, pero más la vida, porque la Rueda de la Vida me giró 180 grados y fue así:

Ese jueves 9 de noviembre mi agenda no parecía nada del otro mundo, una reunión temprano con unos empresarios en el despacho de un alcalde, una entrevista telefónica para evaluar el desempeño de una comisión a la cual pertenezco, un evento público de reconocimiento como empresario del año en otro municipio y mi cátedra en la universidad con los alumnos de ingeniería.

Cuando terminé mi primera cita, desde el vehículo llamé a mi secretaria a preguntarle si me necesitaba en la oficina, porque como tenía que volver al territorio 9 horas después, le propuse que seguiría directo a Bogotá y desde mi oficina privada resolver los pendientes, ante lo cual quedó de enviarme los documentos del caso.

Me tomó 2 horas llegar y ya había coordinado que me llamaran para la entrevista de evaluación, había ingresado a las 11:15 a.m. y había puesto un café y prendido el PC y mi esposa, me dijo que aprovechaba que yo llegaba para bañarse, pues se sentía indispuesta, para lo cual le ofrecí que tomaríamos café y que trabajaría un poco. Recibí la llamada sobre las 11:30 y me estaba acomodando en mi escritorio, cuando escuché un golpe fuerte, seco; me levanté rápido y aún con el teléfono en mi mano, fui al cuarto y a la entrada estaba mi esposa en el suelo, tendida, desnuda y la toalla debajo de ella ensangrentada, intenté levantarle y no pude, quise saber por dónde sangraba y no veía por donde, ya que revisé sus piernas, cuerpo y brazos. Aún húmeda y fría por su reciente ducha, no vi signos de vida, no respondía a mis llamados y como pude la logré acomodar, quise llamar a una ambulancia y el teléfono bloqueado, la llamada entrante seguía y mi interlocutor escuchó buena parte del insuceso, finalmente me pude comunicar y luego de una eterna entrevista, me dijeron que me comunicarían con el centro de ambulancias, mi esposa dio signos de volver, pues había perdido el sentido, pero no estaba bien. Logré llamar un Uber, que efectivamente llegó y como pude, la vestí, la levanté y la saqué abrazada a mí del apartamento hasta el ascensor, como si se tratara de un muñeco de trapo relleno de plomo, paso a paso, eternos, frente a frente, logré a punta de gritos que el portero de turno diera entrada al vehículo al sótano pues cuando alcancé el primer piso, vi imposible que saliéramos del edificio a abordarlo. Cuando pretendí volver al ascensor ella vomitó en 3 ocasiones con tal fuerza que ahí sí sospeché lo peor. Logramos ingresar y bajar al sótano donde el vehículo esperaba, su conductor al ver ese cuadro se descontroló y también dubitativo no sabía por dónde salir ni hacia dónde. Le indiqué la clínica dónde antes le habían atendido en algunas ocasiones ya que tenían su historia clínica y distaba apenas 22 cuadras. Ya eran las 12:10 pm y nosotros en un tráfico imposible, eterno, donde no se avanzaba, empleamos 50 minutos para llegar a urgencias. Sentí la muerte respirándome en la cara, en verdad, desde las 11:30 me acompañaba; como pude, logré una silla de ruedas de una paciente que abandonaba la clínica y me dirigí hacia el recibo de Triage donde expresé a la Enfermera Jefe que no estaba seguro si mi esposa tenía un infarto o una embolia.

Inmediatamente la ingresaron a observación y me pidieron la información del caso. Pasaron muchos momentos difíciles, luego del diagnóstico revelado por los exámenes múltiples e intervenciones realizados, una cirugía intravenosa y una craneotomía que la llevaron a estar 25 días en la UCI y 5 más en habitación. Hace 10 días dejamos la clínica, por nuestros propios medios, vivos y hemos vuelto 4 días a la gimnasia de rigor: copias de la historia clínica, de los exámenes, autorizaciones, transcripción de fórmulas, pedido de medicamentos, solicitudes de citas de control con especialistas y apenas iniciamos este curso de la nueva condición.

Claro que la tristeza sí inspira, pero inspira más la vida, las miradas compasivas en las salas de espera y en los pasillos de la UCI, las preguntas de los amigos y allegados por la evolución, las oraciones, fundamentalmente las oraciones por su salud, su recuperación, las intenciones, las llamadas telefónicas, los chats del grupo de difusión que debí crear para mantener informados a quienes preguntaban y que estimábamos en no más de 10 personas allegadas, mentira, ese grupo lo integraron 85 personas, y los nuevos amigos y reconocidos de la sala de espera, con quienes tratábamos de distraernos en nuestras propias crisis, cuando en verdad eran episodios, agudos, severos, tanto que en dicho tiempo, vi despedir a 3 pacientes que compartieron unidad con nosotros y no lograron volver a esta existencia.

La rueda de la vida giró y giró rápido, impulsada, sin freno, 180 grados y volvimos a nacer. Hoy con la anuencia del Supremo ordenador, de nuestros ángeles de la guarda, puedo escribir estas líneas y compartirlas con algún desprevenido lector, pero hago esta catarsis, para agradecerle a ese ejército de profesionales de la salud, que atendieron a mi esposa y permitieron que celebremos otra navidad, la mejor de mi vida, mi mejor regalo, su vida, su presencia. En nombre de nuestro hijo, gracias a nuestros protectores por haberme devuelto a casa en un día laboral corriente, porque alguien me dijo: no creo en milagros, creo que es la retribución a lo que ustedes han hecho por los demás. Lo que sé es que gracias a la Divina Providencia y al amor infinito de todos los que intervinieron puedo compartirles esta crónica. Dios los bendiga y sí, vi milagro tras milagro en este eterno e inolvidable mes, vísperas de navidad. Gracias Señor por devolvernos a nuestra esposa, madre, familiar, amiga y conocida. Gracias, Gracias, Gracias.

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Llega con su escritura dentro de mi corazón, pues vivencia tan sentida permeó a fondo su alma... expresando en su mensaje, noble agradecimiento a: médicos, enfermeras, amigos y acompañantes, resultados positivos, bendiciones del creador.

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