Mar, 10/23/2018 - 09:15
Foto: javeriana.edu.co

A mí no me gustan los problemas

A mí no me gustan los problemas, y llevo como 25 años tranquilo. Hay gente que dice cosas, pero el día que le quité el fusil a ese policía yo tenía apenas 18 años.

El tipo me había cogido entre ojos desde el día que nos encontró protegiéndonos de la lluvia debajo de las graderías de la plaza de toros, durante las ferias del pueblo.

Llegó gritando e insultando, como si estuviéramos haciendo algún daño, y nos empezó a golpear para bajarnos. A mí me dio un golpe en un tobillo y me hizo caer en el corral donde estaban los toros de la siguiente corrida.

Afortunadamente logré salirme antes de que los toros me embistieran, y correr bajo la lluvia antes de que el policía me volviera a golpear.

Un mes después estaba sentado en una tienda frente a la Alcaldía, tomándome una cerveza con mi primo y hablando de nuestro deporte familiar, que consistía en acostarnos en el patio de la finca junto a un bulto de café o de panela, de 5 arrobas, agarrarlo contra el hombro con una sola mano y pararnos con el bulto cargado.

Habíamos bajado de la finca como a las 5 de la tarde y nos habríamos tomado dos cervezas cuando pasó el mismo policía y se acercó hasta nosotros, cogió mi vaso de cerveza y me lo derramó sobre la cabeza. Me miró retador y yo me quedé quieto. Mi primo quiso reaccionar pero yo lo calmé, y el policía se fue.

Un rato después regresó y, como la mesa estaba debajo de un alero, afuera del local, hizo como que se tropezaba con la mesa. Yo me quedé callado porque nunca he sido amigo de problemas, pero el tipo estaba decidido a conseguir mi atención ese día, así que se devolvió cuando yo intentaba tomar un sorbo de mi vaso y me lo tumbó con la culata del fusil. Luego me retó, a gritos:

-- ¡Qué! ¿No le gustó?!

-- ¿Sabe qué?, le respondí, aunque usted no es del pueblo, aquí lo recibimos bien, pero compórtese...

-- ¡YO SOY DE DONDE YO QUIERO, PORQUE SOY LA AUTORIDAD...!

El policía se me vino encima pero, antes de que llegara a tocarme, yo me paré y le di un puñetazo en el centro de la mandíbula.

Allá cayó, tendido y aturdido, y antes de que reaccionara, me agaché y le quité el fusil.

Mi primo me lo rapó, temiendo que yo lo matara, pero yo no sabía siquiera cómo usarlo, así que se lo dejé. Él sí sabía de armas, porque ya había prestado el servicio militar.

Con la bulla del agresivo y de los curiosos llegaron corriendo otros dos policías, y mi primo los recibió con el fusil desasegurado y el dedo en el gatillo. Los obligó a soltar los fusiles y yo los recogí.

Para entonces la pelotera ya había llegado a oídos de la alcaldesa, quien se vino a atender personalmente el asunto.

Hasta su oficina fuimos a devolver las armas, y el problema no pasó a mayores, me imagino que porque el culpable era el policía.

El caso es que al tipo le hicieron cirugía en la mandíbula y anduvo como dos meses con curación a un lado de la boca. Algunos meses después lo trasladaron y nunca más se supo de él.

Esa fue mi última pelea, si se le puede llamar así, porque, como le dije antes, a mí no me gustan los problemas.

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