Mar, 05/22/2018 - 09:21
Paula Alejandra con su bisabuela Nieves Osorio Hurtado (QEPD)

No es nada fácil hablar de ti

Este texto es un aporte para el Rincón del Bohemio de la Revista Enfoque por parte de Paula Alejandra Rivas Urueña.

El presente texto lo elaboró Paula Rivas en el Curso de redacción dictado por el Jefe de Redacción de Revista Enfoque, Andrés Felipe Giraldo. Esta es la historia de la bisabuela de Paula, que vivió 104 años y que fue un personaje central en su vida. En este texto Paula describe a su bisbuela Nevito en su factor humano y cuenta algunas de las historias que ella le narraba. El escrito es un bello homenaje de Paula para su bisabuela quien murió hace poco dejando los más bellos recuerdos entre sus seres queridos. Además, una persona que vivió más de un siglo, seguro dejó muchas historias para contar y recordar.

Hablar de ella no resulta nada fácil, porque cuando pienso en ella, recuerdo una canción de Carlos Macías “Ella, nadie como ella, cuando camina es una estrella, quiero su amor, todo su amor, ella ángel del cielo, hasta en mis sueños es mi amuleto, mi convicción… ella es mucho más que una mujer perfecta, mucho más hermosa que cualquier princesa”.  Porque exactamente así la recuerdo, quería su sabiduría para siempre, quería y quiero inmortalizarla en el tiempo ¿Les ha pasado que hay alguien en su vida que marca su historia para siempre?

Nieves Osorio Hurtado, tenía la sonrisa abierta y la mirada pícara, tenía un humor negro, exclusivo y chispa constante, se sentía orgullosa de ser "paisa de pura cepa, tolimense de crianza y con la barriga más colombiana que un cánchiras (a la fecha no he encontrado una definición a esa palabra, lo imagino como un personaje mitológico muy comelón). A sus 104 años se sentía "plena de mente y espíritu". Era una mujer de piernas largas, aunque los años habían disminuido sus centímetros, de contextura delgada, “buen busto y buena cola” – comentaba. Su cara era ovalada, ojos azules, cabello crespo porque lo sometía al rizo permanente, con porte y elegancia, siempre bien vestida y de buen humor la mayoría del tiempo, tenía un carisma innato y un carácter fuerte, pero soltaba unas carcajadas que aún dibujo en mi mente cada vez que pienso en ella.

Vivió sus primeros años en una hacienda paisa, junto con su abuela materna, Teresa Ardila de Valencia, tras la partida de su madre y el fallecimiento de su padre. Se describe como una niña inmensamente feliz "pícara, traviesa y muy mentirosa". En su época de estudio, solo estudiaban los hijos de los hacendados, porque la institutriz, como se llamaba en esa época a los maestros, vivía en las haciendas o iban por días a compartir sus conocimientos. Nevito, como le decía con cariño, fue brillante, se aprendía retahílas enteras, normas de ortografía recitadas, poesías y canciones que hasta sus últimos días recordó con facilidad. Su única dificultad en la etapa de formación era su disciplina.

Comentaba que en sus años primaverales fue una joven que apostaba carreras a caballo con sus primos, amigos y hasta sus tíos. Se llenaba de orgullo diciendo que era la campeona de su familia en carreras equinas y que era feliz "trepada" en un caballo montaña arriba y montaña abajo, curiosamente, montando de lado con los llamados faldones (faldas muy largas con las que cubrían sus piernas y parte de la silla del caballo).

A los 25 años se enamoró del amor y este le falló en más de una ocasión. Su primer amor y el que creía sería el amor de su vida fue Gerardo Arias, un joven músico, "divertido, con él podía hablar horas y horas, se ganó mi corazón en un baile porque nos encantaba el paso doble y los boleros ", comentaba. Con él se casó y tuvo a su hija mayor, Teresa de Jesús Osorio. Osorio porque a Gerardo lo mataron antes de que viera nacer su pequeña hija. Como quedó viuda tan joven, en este aspecto tenía muchas historias que compartir, porque Gerardo no fue el único hombre de su vida.

Tiempo después de su viudez y ante tanta belleza, sumada a las reuniones sociales a las que la invitaban con frecuencia, a su vida llegó Marcos Gutiérrez, otro hombre con el que tuvo el resto de sus hijos (Jaime, Raúl y Joaquín) y a quien acompañó hasta su fallecimiento. “Era un hombre tan educado, caballero, un buen padre y un esposo muy consentidor, me trataba como a una reina, mi carácter no daba para más, la malgeniada de la casa era yo pero él sabía sobrellevarme, no lo amé tanto como a Gerardo, pero llegó en un momento oportuno para superar su pérdida. Él supo conquistarme, Yo lo cuidé y lo consentí hasta el día de su muerte”, explicó.

Nevito fue madre de cuatro hijos de los cuales solo sobreviven dos. Ha sido abuela de un montón, bisabuela de muchos, tatarabuela de tres, amiga de otros más y enemiga de ninguno, de principios católicos, profundamente conservadora, una buena consejera y amiga de sus amigos. Era amante de la sinceridad, explosiva ante las humillaciones, incrédula de la perfección y fiel admiradora de Policarpa Salavarrieta porque "fue capaz de cambiar al mundo, una mujer valiente y revolucionaria como yo" compartía entre risas.

Nació en 1912 y por supuesto vivió épocas históricas de los avances de la mujer en la sociedad. Su familia era un matriarcado, así que aprendió mucho antes que otras mujeres que ella era importante en la sociedad, que tenía derecho a decidir, que podía aportar ideas y que jugaba un papel relevante. Su abuela también enviudó muy joven, aunque luego de unos años llegó a su vida Gustavo Valencia, a quien Nevito conocía como “Papá”, y así como asumió su papel de ser cabeza de hogar por años, enseñó a sus hijos el respeto a la mujer. Por ello Nevito tuvo oportunidades diferentes para su época, entre ellas asumir la administración de una de las granjas de su tío en Anzoátegui y tener a cargo trabajadores.

Sobrevivió a la violencia de la época, entre liberales y conservadores. De estos días tenía miles de historias, conoció muchos movimientos de la política, que en su momento era menos dinámica que en nuestros días, porque su familia tuvo siempre intervención en la ésta. Toda la vida se declaró conservadora “desde el dedo gordo del pie hasta la punta de la cabeza”.

Una mujer responsable y carismática, trabajó toda su vida con los negocios de su familia, porque era lo que la dejaba estar junto a sus hijos más tiempo, una madre excepcional y una mujer de sociedad en Anzoátegui, aunque no era de su agrado. Recordaba con risas que en un año en Anzoátegui se decidieron a elegir a las mejores vestidas del pueblo "un montón de viejas tontas" y manifiesta que se ganó el título con la mayoría de los votos, porque sus vestidos los diseñaba ella misma.

Tuvo la fortuna de vivir 104 años y era una mujer llena de sabiduría, con mil y una  historias que contar, hizo realidad algunos de sus sueños, mientras otros se quedaron en el tintero, entre el ellos deseo de ser la esposa de un presidente por la importancia que este título concede. Era una mujer maravillosa, una consejera inigualable, siempre tenía mil lecturas frente a una sola situación, leía la cara de la gente con un acierto único, era envidiosa de la suprema inteligencia y su mayor felicidad era compartir en familia, para cuyos momentos preparaba cenas y postres exquisitos.

Entre sus anécdotas más divertidas, tenía una en referencia a los postres. Como le encantaban y la pasión por hacerlos la heredó de su abuela, de pequeña contaba con gracia que ella era ingeniosa a la hora de comerse a escondidas las cosas deliciosas que su abuela guardaba con recelo en un baúl. Explica que quizás de allí nació su pasión por la repostería. "Mamá (abuela) cocinaba postres deliciosos y los guardaba ahí para que yo no me los comiera sola, sino para ella compartirlos después de la comida. De ella aprendí todo lo que sé o sabía en materia de cocina”. Sus nietas confirman que era una artista en la cocina, “no solo en los postres sino en todo, hasta el chocolate le quedaba muy rico” –Afirma una de ellas.

Nieves, después de que sus hijos hombres crecieron, se casaron y se fueron, se trasladó a vivir con su hija mayor, Teresa de Jesús, a Palocabildo (Tolima), donde ella ejercía como médica del pueblo. Teresa era casada y tuvo tres hijos (Jhongel – Herman y Teresa), a los 62 años Teresa murió víctima de un coma diabético. Entonces Nieves decidió que no quería vivir con nadie más que con su nieta, María Teresa, con quien vivió 20 años. “Al morir mamá, mi abuelita no se quiso ir con ninguno de sus hijos, yo ya estaba casada y tenía solo a Paulita de cuatro años, desde ese momento mi abuelita vivió conmigo, ella fue mi apoyo incondicional y me ayudó con las niñas que hoy ya son tres Paula, Daniela y Mariana, a educarlas, pero también a malcriarlas. Ellas adoraban a su abuelita y para nosotros fue un tesoro tenerla tantos años, tanto que aún no nos acostumbramos a su ausencia” cuenta con nostalgia María Teresa.

Nieves tuvo una vida activa hasta los 95 años cuando ya empezó su etapa senil. Nunca dejó la cocina en manos de la nana, porque “ellas no cocinan rico”. Mucho tiempo gastamos en hacerla entrar en razón y decirle que era el momento de dejarse consentir mucho más. Tiempo después decía: “Me pensioné de la cocina porque ya se me olvidaban algunas cosas”. Luego se declaraba la consentida de la casa y presumía de la “la buena vida, comer, dormir, leer, ellas me miman y yo las adoro, mis otros familiares vienen a verme seguido, soy muy feliz” – comentaba.

No se la imaginan, a sus 104 años no sufría de nada grave, nunca perdió su lucidez a la hora de hablar y era muy buena conversadora, olvidaba solo lo inmediato: La fecha, el día y que comía, por lo cual hacía reclamo frecuentemente. Disfrutaba de sus tardes leyendo los salmos o libros de historia hasta los 98, cuando ya no pudo leer más. Compartía mis lecturas con ella, recuerdo que disfrutó mucho el libro “Camino al Purgatorio” del autor tolimense John Faber Lastra y que el último que le leí fue “El Amor” de Isabel Allende, que es la recopilación de las historias de amor de sus otras novelas. Lo encantaban esos momentos de lectura, se reía o inventaba el propio fin a esas historias, otros días, mientras la bañaba, cantábamos “cucurrucucu Paloma” y en las noches me recordaba que debía orar.

En una de esas tantas tardes que compartíamos y hablábamos de tantos temas, empezó a contarme sobre la época de la violencia en Colombia. Como su familia era conservadora y tenía intervenciones políticas, conocía movidas políticas de primera mano. Contaba algunas de las cosas terribles que dejó la llamada “Época de la Violencia” cuyos momentos más cruentos se vivieron entre 1948 y 1953. Contaba que Anzoátegui era un pueblo en su mayoría conservador y contaba, sin estar de acuerdo, que en nombre del partido mucha gente tomó la justicia por sus propios medios, muchas casas fueron quemadas, muchas personas murieron y la guerra no cesaba, no solo en este municipio del Tolima, sino en todo el país. Los pueblos, e incluso al interior de las familias, se sectorizaban porque no había términos medios, o se era conservador o se era liberal.

La Época de la Violencia fue un momento que se vivió en todo el país y fueron miles las victimas de aquellas atrocidades que en nombre del color político se cometieron, la cantidad de familias a las que sacaron de sus hogares por no compartir sus tintes políticos, las masacres, asesinatos y otros crímenes en Anzoátegui, en el Tolima y el resto del país, todos los días las noticias eran desalentadoras y Colombia estaba en un desangre permanente. El Tolima, especialmente, fue una de las cunas de los movimientos insurgentes y de los municipios con mayor conflicto durante estos años.

Nevito contaba que eran épocas muy difíciles, de la cual su familia también fue víctima. Ella vivía junto a sus hijos en la hacienda “la Ceiba” que era de su tío Santiago Osorio, una de las fincas más grandes del municipio y la cual administraban juntos. Un día, un grupo de liberales armaron la revuelta al frente de la hacienda y se enardecieron de tal forma que quemaron la casa y se robaron una parte del ganado, mientras Santiago, Nevito y sus hijos escapaban por la parte trasera con la poca ropa que pudieron sacar y el dinero que guardó Santiago de los negocios que hacía. “Ese día los collarejos (liberales) querían matarnos porque mi tío tenía mucho dinero, ni siquiera sabía cuántas cabezas de ganado tenía y la gente le hizo la revuelta porque despidió a un capataz que era liberal y al parecer, líder de un grupo revolucionario de esos” – comentaba Nevito. El tener que salir de la finca hizo que se refugiaran en la casa de otros amigos conservadores que vivían en el pueblo y estaban a cargo de una mina, mientras Santiago reconstruía su casa ya un poco más pequeña que la anterior y organizaba ahora sí las cabezas de ganado para evitar más pérdidas. Los amigos invitaron a Nieves a hacerse cargo de la mina por un tiempo, para que tuviera algo de ingresos y así sostener a sus hijos y no generarle gastos adicionales a su tío Santiago. Nevito aceptó.

Corría el año 1953 y Nevito tenía algo más de 40 años cuando llegó a vivir en la mina como encargada de la entrada y salida de material, herramientas y que los trabajadores tuvieran todo al día, con el apoyo de una señora de servicios generales. Al quedar viuda años atrás, se dedicó por completo a sus hijos, a pesar de su belleza y carisma, creía que el amor ya estaba fuera de tiempo para ella, aunque decía “nunca faltaban los pretendientes”. Al mismo tiempo, sus hijos crecían y poco a poco también unos de ellos se marchaban de casa a estudiar o trabajar.

Algunos días en la mina dejaban la monotonía de lado y se dedicaban a la diversión, la música, el baile y uno que otro trago. Nevito no se perdía estos espacios porque como tantas veces aseguró; “Me gustaba más el baile que la comida y eso que soy buena pala”. En las celebraciones, bailaba con uno y otro porque a la final todos se hicieron buenos amigos, estaba acostumbrada a trabajar con hombres, así que a pesar de la época no se le dificultaba relacionarse con el sexo opuesto.

Fue durante uno de esos bailes que conoció a un joven de 35 años “era alto, de cabello negro, cejas pobladas y pestañas largas, cuando lo conocí usaba bigote, luego se lo hice quitar”. Manuel Gutiérrez llegó a voltearle el mundo a Nevito sin que ella lo notara. Al principio, disfrutaban de largas conversaciones, compartían gustos musicales, se volvió su hombre de confianza para acompañarla a hacer las compras de la despensa u otras actividades de las que estaba a cargo en la mina. “Yo creí que era mi mejor amigo, no supe en qué momento me gustó, solo recuerdo que tenía una sonrisa que me mataba”.

Manuel supo de a pocos conquistar su corazón duro, alivianó por momentos su carácter fuerte y dominante. Según contaba Nevito, pasó mucho tiempo antes de que se dieran el primer beso y mucho más para que fuera su novia. “Me pareció ridículo tener un novio a los cuarenta, no soy la más romántica, mucho menos cursi, así que cuando lo propuso le dije que no, ni siquiera me imaginaba contándole a mis hijos que tenía un novio, luego insistió y accedí”.

Como siempre, cuando cupido llega en el momento indicado, se apodera de todo, todo el tiempo parece magia, compartir hasta las más simples cosas, conquistarse con los pequeños detalles, todo parece tener un sentido distinto y así le pasó a Nevito con Manuel, incluso, cuando lo conversaron con sus hijos, a regañadientes los aceptaron. Cuando Nevito se acercó a Manuel, imagino que sintió las tradicionales cosquillas en la panza, el susto, los nervios, la locura que solo “cupido” hace sentir. Sintió cómo el mundo se removió solo con una sonrisa suya, cómo la felicidad se apodera de todos los momentos y el corazón late a mil por hora, sin que uno ni siquiera se percate. Y es que el amor llega de repente, no te programas para amar el próximo jueves o sábado, simplemente hay un momento en que miras a esa persona y sientes que el “invierno es primavera”, ves su sonrisa y el corazón evoca las palabras de Mario Benedetti cuando decía: “Fíjese que cuando sonríe, se le dibujan dos comillas en cada extremo de su boca, esa, su boca, es mi cita favorita”.

Manuel trabajaba todo el día al igual que Nevito y los momentos que compartían juntos era para hablar de ellos, de su relación de los planes. Tanto así, que olvidaban por momentos la coyuntura política que el país atravesaba y de la cual ellos no se sentían víctimas. Cuando Nevito tenía temas políticos junto a su familia, Manuel no la acompañaba, “por la época no era bien visto que una mujer de mi edad y viuda anduviera con alguien y menos siendo menor, mi familia estaba de acuerdo y yo lo disfrutaba mucho”, contaba Nevito.

Tiempo después y cuando su relación pasaba por el mejor momento, el tío controlador, Santiago, quiso saber un poco más de la persona que salía con su sobrina, porque no sabía qué color político tenía, no parecía ni conservador ni liberal y eso le preocupaba. Obviamente, sus investigaciones no fueron en vano, efectivamente no tenía un color político marcado, pero su comunidad de residencia anterior era netamente liberal y aunque el salió huyendo de allí y se refugió en la mina, esto puso de muy mal carácter a Santiago, quien inmediatamente lo tildó de liberal o mejor “collarejo” como lo llamaban los conservadores. Entendía que era la persona que su sobrina amaba, por lo tanto, en lugar de “echarlo al agua”, lo obligó a irse del pueblo antes de que el pueblo se viniera en su contra y el resultado pudiera ser lamentable.  

Nevito y Manuel, conscientes del peligro que podía correr su vida, armaron su plan de escape: Se iría primero Manuel a otro pueblo a conseguir trabajo, ubicarse mejor y luego iría Nevito en su búsqueda con la bendición de su tío, y se llevaría los hijos menores que aún vivían con ella. Antes de irse, Manuel dejó plasmados sus sentimientos en una carta hermosa en donde agradecía su compañía, su amor, sus enseñanzas, todo lo que aprendieron el uno del otro y lo maravilloso que fue construir algo mágico junto a ella, al tiempo que le ponía una fecha límite para encontrarse con él en aquel pueblo, en el parque principal a las tres de la tarde. Decir hasta pronto, así sea por un par de meses como en este caso, nunca es fácil. Cuando se ama, uno quiere hacer eternos los momentos juntos, congelar el tiempo para que el reloj no continué su curso, nunca sabes qué tan largos son los días como cuando extrañas a alguien, las horas parecen días, los días parecen meses y las fechas de encuentro parecen tan lejanas como si nunca fueran a llegar. Hay días en que odias los kilómetros de distancia, en los que sientes que no vas a aguantar y luego…recuerdas su sonrisa, su forma de ser, lo que te hace sentir, lo que te hace vibrar y es entonces cuando asumes que la distancia es solo un reto que deben enfrentar de la mano.  

Para Nevito y Manuel solo existían las cartas de amor que tardaban mucho en llegar, los pensamientos que se compartían a través de la luna y la cuenta regresiva, que no sumaba los días de distancia, sino los que faltaban para estar juntos de nuevo. Ya casi llegaba su momento, en su reencuentro seguramente se jurarían amor eternamente y consolidarían una relación mágica, porque cuando Nevito me contaba la historia, aún se le iluminaban los ojos. Poco a poco, Nevito fue organizando lo que sería su nueva vida, tenía casi todo listo “faltaba como una semana antes de irme definitivamente de Anzoátegui, cuando una tarde inesperadamente mi abuela Teresa, que era en sí mi mamá, apareció en la puerta, la había visto hace poco y tanto ella como mi papá se encontraban perfectos, eran unos robles”.

“Mi mamá estaba en casa porque se había sentido muy mal en los últimos días, quería que la viera un médico y su visita no tardaría mucho”. Su abuela sabía que Nevito estaba con alguien, pero no era el momento de reuniones familiares, Teresita estaba indispuesta y Nevito no iba a preocuparla más hablándole de su mudanza. Efectivamente, Teresita fue a la revisión de un médico y contrario a lo que Nevito pensaba su estadía se iba a demorar un par de semanas más, debido a problemas con su corazón. Tenía frecuentemente un dolor en el pecho y fue ante esta situación que Nevito decidió escribirle a Manuel.

En su carta le manifestaba el deseo ferviente de estar a su lado, de verlo y sentirlo cerca de nuevo, le comentaba la situación en la que se encontraba y le decía que no se preocupara, que tan pronto su mamá regresara a su casa, ella terminaría su maleta y correría a su encuentro. La carta efectivamente se envió, pero en esa época podían tardar semanas en llegar al destinatario, así que mientras Nieves esperaba la respuesta, cuidaba de la salud de su mamá. La fecha pactada para el reencuentro se cumplió y ellos no estuvieron juntos. “Ese día sentía una tristeza profunda, una opresión en el pecho que no podía describir, sabía que mi responsabilidad mayor era estar al lado de mi mamá, pero en realidad quería coger la maleta y mis chinos e irme a donde estuviera él” decía Nevito.

Pasaron los días y la respuesta de la carta no llegaba, Nevito tenía la zozobra permanente, ese sentimiento horrible cuando no sabes nada del ser amado. Su mamá no mejoraba mucho y ella aún no podía marcharse. Llena de preocupación por el silencio de Manuel, habló con su tío Santiago, quien envió uno de sus trabajadores para que lo buscara en el pueblo definido para su encuentro. Efectivamente el emisario viajó y al llegar a su destino buscó a Manuel por todos los lados, sin hallar noticias de él. De pronto, preguntando por él en la plaza del pueblo, alguien creyó conocerlo y le dijo que no lo buscara más…

Regresando a Anzoátegui, Nevito lo esperaba con ansias. El trabajador la sentó en la sala de la casa y después de contarle los pormenores del viaje, le contó que la persona que se encontró le dijo que no lo buscara más, porque un día después del 24 de marzo, el día de su encuentro, se había colgado en una de las habitaciones del hostal en el que se estaba quedando. “Lo que sentí no se puede describir, no volví a sentirme así hasta el día que murió Teresa, mi hija. Manuel antes de irse y en la carta que me dejó, me decía que le prometiera, que le jurara que yo iba a llegar a ese encuentro, porque él no concebía la vida sin mí y yo se lo juré porque así lo quería, pero no pude estar y la culpa me venció muchas veces, lo he llorado el resto de mi vida” me contó Nevito mirando una ventana, como si todavía lo estuviera buscando. Nevito no pudo contener las lágrimas, aunque ya habían pasado más de 50 años, imagino que son ausencias que se quedan en el alma eternamente, dolores profundos que no sanan del todo.

En momentos así te das cuenta lo frágil que es la vida, lo difícil que es el desamor. Nevito nunca comprendió el porqué de la decisión apresurada de Manuel. Me contaba luego que lo lloró por años y años y que esa sí fue la razón definitiva para olvidarse del amor de pareja. Porque es que enamorarse por más segura, de carácter y fuerte que seas, es casi que darle el poder a otro de que te ilumine los días o los pinte de gris, y quienes se han enamorado saben que así es. Pero Manuel, contrario a pintarle el mundo de gris, quería llenarla de colores, revestirla de felicidad, amor y buena compañía. Sin embargo, los planes del destino eran otros, y aunque nunca dejó de extrañarlo, se acostumbró a su ausencia.

Aunque Nevito nunca más quiso saber del amor, era una fuente de amor permanente, el mejor ejemplo de entrega, dedicación y sabiduría para sus hijos, nietos y bisnietos. Quienes tuvimos el placer de compartir nuestra vida con ella, le aprendimos tanto y de tantas cosas, era una fuente de sabiduría permanente, siempre tenía la palabra correcta en el momento preciso, el refrán, la frase o incluso el chiste que te daba toda la luz que necesitabas. Aunque ya no la vea, la siento conmigo siempre, sé que nunca se ha alejado de nosotras, ahora escuchamos sus sabias palabras y consejos, sentimos sus abrazos calurosos y llenos de esperanza en mi madre que también es una mujer diez.

Solamente quienes conocimos a Nevito, sabemos las formas infinitas en las que nos marcó la vida de la mejor manera y para siempre. Era la mejor amiga de sus amigos, sus carcajadas aún retumban en mi mente y sus consejos en mis oídos, no hay un solo día de mi vida en el que no la recuerde y se me llene de orgullo el corazón por haber tenido la bendición infinita de tenerla.   

 

There are 3 Comments

Hermosa nuestra Nevito.. y tu mi niña Dios te bendiga por ser tan buena con tu bisabuela..te amo.. fabuloso el texto...hermosos recuerdos y enseñanzas..

Hola mi Paulin, realmente confirmó que eres una mujer con tanto amor para dar, que tus bellas palabras hacia la abuelita Nieves me entran tanto y me tocan el alma que mi piel se eriza, pero viniendo de Ti se que vienen de lo más profundo de tu hermosa alma, te quiero mucho.

Que texto más hermoso hijita linda, es el reflejo de todas las vivencias compartidas con esa bisabuelita que te amo tanto , con quién disfrutaste tantas horas de rulo y a quien brindaste tanto amor y cuidados en su vejez. Felicitaciones mi Paulita hermosa

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