Vie, 04/15/2022 - 08:46
Un cuento incluido en el libro «Los espejos están adentro». Foto: Pexels

Cuento. Hágase la penumbra

Cuando miré mi reloj de pulso, por segunda vez, para asegurarme de que todavía tenía tiempo para esperar un rato más, noté que, otra vez, había detenido el tiempo. Las manecillas decían que eran las once y diez apenas, aunque, en la pared de enfrente, un reloj digital de gran tamaño marcaba las once y once.

Entonces regresé la mirada a mi reloj para verificar el error, pero ya estaba de acuerdo con el otro. A veces el tiempo pasa así de rápido, en un pestañeo un diez se convierte en once y la espera en compañía, o pasamos de ser el centro del universo a ser un asteroide anónimo más vagando por ahí sin dioses ni leyes. Eso son cosas del tiempo, me dije, cosas que no puedo ni debo tocar, y estiré mi cuello como acostumbro, lanzando con fuerza la cabeza de lado a lado, hacia mis hombros, casi como si los quisiera golpear con ella, aunque mis orejas lo impidieron siempre. Una señora que pasaba se quedó viéndome, como quien observa a quien está en un proceso de una posesión espiritual, y yo, como lo hago siempre, cuando intuyo que alguien quiere preguntarme si no temo quebrarme alguna vértebra o, peor todavía, cuando alguien quiere advertirme sobre los riesgos de hacerlo y las altas probabilidades de morir de manera súbita, la ignoré y regresé al pensamiento anterior sobre el tiempo, que es como la vida, cuando más creemos tener más lo perdemos pensando en qué hacer con él, que cuando más vivos nos sentimos también es porque nos estamos muriendo o, por cierto, es porque acabamos de morirnos. La cita con mi amigo, para tomarnos un café y conversar sobre la publicación de su nuevo libro de cuentos que hablaban sobre los tantos dioses inútiles del mundo, era a las doce en punto, así que todavía tenía tiempo para leer un poco porque, como adrede suelo ser impuntual, y como casi siempre, llegué antes. El tiempo es elástico, porque vive de más cuando espero y, en cambio, desaparece pronto cuando hago esperar a alguien. Y para mí resulta ser una pesadilla porque, además, tengo un gran problema con eso, mi organismo multiplica su velocidad de trabajo por la ansiedad que me genera usar el tiempo que no me pertenece y, con la facilidad con que se lee lo que no se entiende, puede imaginarse que debe hacer la digestión de los siguientes dos o tres días si mi retraso es, apenas, de unos diez o quince minutos. Mi fin del mundo personal se resume en ir con retraso para una cita, en hacer esperar a otro, y ni hablar de llegar tarde al trabajo, porque eso ya se acerca al infarto, que, por lento y disfuncional, es peor que el fin del mundo y la digestión acelerada de lo que todavía ni siquiera entra en mi cuerpo. Así que siempre prefiero esperar, porque mi tiempo es muy barato, en muchas ocasiones gratis, y porque me gusta leer mientras espero, que es la mejor manera que conozco de aderezar el tiempo, mi tiempo, para cuando se acabe y llegue la hora del tiempo con los demás, y ya no puedo leer sino en mi imaginación o mi memoria.

Al ver los cuatro unos de color rojo por segunda vez pensé en desear algo con fuerza, diciéndolo con lentitud y convicción para inyectarle más credibilidad, pero me detuve pronto, reprochándome por alimentar supersticiones arcaicas y sin fundamento científico. Aunque, más que eso, y esto lo pensé luego, mi reconvención fue por creer en cábalas populares que no sirven sino para terminar frustrándonos cuando no surten efecto alguno, o porque nada más suceden en nuestra mente y jamás llegan a suceder en la realidad, o hasta que el último uno de los cuatro se convierte en dos, con la misma indiferencia del político que es elegido por personas que no dejan de importarle porque, aunque todo cambió, siguen siendo un número más. En caso de haber cedido ante la creencia popular del deseo imposible de las once y once, porque al final no lo hice, hubiera pedido tener el tiempo suficiente para terminar de leer el voluminoso libro de cuentos de más de mil páginas que recién comenzaba antes de que apareciera mi amigo. Era un ejemplar de los cuentos completos de una autora danesa que no conocía hasta entonces y que, un rato antes de llegar al café, había descubierto como un tesoro luminoso en las mesas de saldos que tanto me gustan, porque se me asemejan a una mina de alguna piedra preciosa, sin importar que sean de la Feria del libro o de una librería de mala muerte en una esquina cualquiera.

Luego de no pedirle nada a los cuatro unos, y antes de que se terminara mi soledad, volví la vista al tablero del reloj digital para excusarme con los duendes imaginarios de los deseos, porque ya eran las once y doce o las once y trece y ya no tendría oportunidad de hacerlo, pero el uno, repetido cuatro veces, seguía allí, en su mística y elemental posición, cuatro líneas formadas a la perfección, quizá esperándome o esperando oír mi deseo para incumplirlo lo más pronto posible. Después de verlo fijamente por varios segundos deduje que, al igual que el mío, que maldije después, contra todo pronóstico, había fallado justo al marcar la hora mística de pedir los deseos. Como si se tratara de un complot de los encargados de la sincronización de los relojes y del mundo, para que las personas incrédulas que pasáramos junto a estos números que no se podían ignorar, por su luminiscencia, propia del mismo tiempo, pidiéramos, al menos, un deseo. Pensé que no era posible que los dos relojes fallaran a la vez, o, al menos, no en ese preciso instante, no para dejar la puerta abierta a todos los deseos, no que un aparato digital fabricado masivamente en algún lugar impenetrable de alguna selva asiática y un animal mecánico suizo, dispuesto genéticamente con la misma precisión hereditaria de los tantos ancestros suyos que, todavía hoy, luego de décadas de uso y olvido, siguen inmunes al paso del tiempo, estuvieran sincronizados de tal manera que podría llamar maravillosa. Entonces, para no tener que deberle nada al tiempo, que no es otra cosa que un viejo rencoroso, o quedarme con la duda de si desear o no, quise enmendar la curiosidad métrica, por lo menos en mi muñeca porque al reloj de la pared no tenía acceso. En un ataque de lucidez popular, se me ocurrió que, si movía el ajuste mecánico, ubicado en la parte derecha de mi reloj de pulso, todo volvería a la normalidad, las manecillas, los cuatro unos del recuadro digital en la parte baja, cada mecanismo partícipe de la magia, los fabricantes hijos y nietos de fabricantes de relojes suizos, el mundo mismo y, con él, mi organismo, el libro que tenía sobre mis piernas y, por tanto, toda mi vida conmigo adentro. Así que, sin pensarlo tanto, tomé la perilla lateral para devolverlo todo a su sitio, o por lo menos aplacar la inminente avalancha de deseos que habían de venir a poseerme y hacerme hablar y pedir por los siglos de los siglos, como si toda la humanidad no hubiera pedido ya suficiente o, peor aún, no se hubiera frustrado ya lo necesario para dejar de desear lo imposible. Calculé que serían algo así como las once y trece o catorce y giré la perilla dejándola rodar un poco hacia adelante, esperando no despertar la furia de los dioses de la exactitud o las maldiciones de los relojes atómicos, porque jugar a ser dioses del tiempo suele pagarse caro y no a deshoras. Las agujas obedecieron al efecto mecánico de los engranajes más rápido que de costumbre, y el pequeño reloj digital, por su parte, saltó de minuto en minuto según el impulso acumulado por el giro de la perilla y los tantos engranajes que convierten lo físico en digital, demostrando que mis dedos no nacieron para las labores finas de los artistas plásticos, ni se hicieron para las arduas labores quirúrgicas, tan necesarias para la manipulación debida de mecanismos de este calibre, las disecciones de precisión que salvan vidas o la creación de personas disformes o cosas que no existirán. Tanto las manecillas como los números fueron hasta las once y cuarenta, pero después las regresé para dejarlas marcando, finalmente, las once y quince y, así, ajustar cuentas con el mundo por ahora, porque luego, para empezar, haría efectiva la garantía con el vendedor para contar de una vez por todas con la medida exacta del tiempo, la suiza, o, por lo menos, la científica y no la emocional que, además de ser la más desigual de todas, hace lo que le viene en suerte. Mientras las manecillas desandaban su camino, me sorprendió un ruido extraño que no provenía del reloj ni de los duendes de los deseos, era un ruido del mundo, en el mundo, como si fueran todos los ruidos encapsulados en uno junto a mí y en todos los lugares, dentro de mí, entrando en mí y hasta saliendo de mí. Con la perilla todavía girando levanté la mirada para hallar al generador del ruido y noté que las personas no solamente se movían a la velocidad de las manecillas sino en el mismo sentido. No podía creer lo que veía, las personas caminaban hacia atrás, pasajeros que entraban a sus carros que, a su vez, recorriendo las calles en reversa, violando las normas de tránsito como nunca en lo que lleva transcurrido el registro de ellas, se dirigían ahora hacia el lugar del que provinieron. El sol también, y como jamás lo fue desde que se inventaron los puntos cardinales, estaba yendo hacia el oriente, lo supe por una sombra que se desplazó hacia mi piel, donde ya había estado protegiendo de la luz ultravioleta. Los aviones, como aves arrepentidas, y en contra de todas las leyes de la física, surcaban el cielo en busca de los aeropuertos que acababan de parirlos hacia la inmensidad de las nubes. Sacudí la cabeza y quise soltar la perilla de mi reloj de pulso para acabar con toda esa locura de que el mundo le estuviera obedeciendo a un artilugio embrujado y, todavía peor, defectuoso, pero algo no me lo permitió, porque mis dedos se habían asido a la perilla de una manera no convencional, como un metal dócil en las fauces del imán, aunque no estaban por completo adheridos como para no poder seguir girándola. Intenté liberarme retirando el brazo con fuerza, pero el efecto de la tracción hizo que mis dedos, al regresar hacia ella, giraran la perilla para atrás y para adelante no sé cuánto tiempo ni con qué velocidad. Todo se movió demasiado rápido como para detenerme a pensar en el porqué de lo que sucedía o en la correspondencia entre el tiempo, mi imaginación y un montón de engranajes endemoniados. Mi frente sudaba a causa del mareo y eso, a la velocidad con la que la felicidad llega y se va, me hizo recordar aquella sensación de la niñez, cuando viajábamos al pueblo de los abuelos en artefactos con ruedas, a punto de desarmarse, y sentí náuseas, tuve arcadas y saboreé el mismo café de cuando empecé a esperar, tibio todavía, pero con un ácido propio de los cuerpos en acción o en reversa. En medio de las imágenes y sonidos demenciales que no me permitían procesar con naturalidad, pensé que tenía que tratarse de una pesadilla, y que, de continuar mi viaje hacia el pasado, terminaría cuando llegara al momento de ser un feto, o el feto de alguno de mis padres o, por qué no, el primer feto de la historia, el feto del primer dios, el feto del universo, el feto del tiempo, el feto de la nada. La sensación del viaje enlatado hacia donde mis abuelos regresó, así que cerré los ojos con fuerza para ignorar la pesadilla y para no vomitar. Todo ese caos, porque no todo lo malo es tan malo como creemos, me hizo pensar en lo poco que hago por falta de tiempo y en todo lo que dejo de hacer porque tengo suficiente, en lo que me faltó decirle a mi padre antes de que muriera, como cada vez que tengo un problema con el tiempo o con la muerte, que son casi lo mismo, y recordé que no le di un beso de despedida el último día de su vida, cuando salió una mañana a su trabajo sin despedirse de sus hijos porque era demasiado temprano para despertarlos o, ahora que soy mayor y lo comprendo, porque así es la vida y no deja tiempo sino para lo que quiere y no para lo que debiera. Pero mi padre, que creyó salir a trabajar, en realidad salió a morirse y, por supuesto, a no regresar jamás, como quizá me estaba sucediendo en ese instante. Se me ocurrió entonces, gracias a que siempre me entrenó el error, que podría usar el problema como solución, como lo hicieron tantas personas geniales en el pasado, aun sin ser yo una de ellas, y devolver el tiempo todos esos años para poder volver a verlo, aunque no pudiera llegar a despedirme por última vez. Se me ocurrió que, con suerte, podría verlo dándole un beso a mi madre y, a la vez, como lo hacen quienes son capaces de varias cosas buenas en un solo intento, haciéndola sonreír antes de zambullirse en la madrugada solitaria, en las fauces del más allá, mientras todos los diurnos todavía dormíamos. Para algo ha de servir este maleficio, dije mientras giré la perilla hacia atrás con fuerza, sin pensar, apretando los dientes, cerrando los ojos, como si estuviera cayendo a un precipicio sin fin, e ignorando los rugidos del mundo que no era capaz de diferenciar entre los de nosotros los humanos, los inventores de él y todo un universo que gemía al revés con fragor natal. Delante de mis párpados cayó un telón disforme de humanidad y tiempo, de luces y oscuridades casi fundidas, una interpolación de demonios de todos los colores que me intimidaban, impidiéndome abrir los ojos y el corazón. El sol y la luna salieron tantas veces que, por momentos, los rayos de luz parecían estáticos, eclipsándose a sí mismos. De hecho, creí ver varios eclipses sin distinguir si eran machos o hembras, jóvenes o viejos, de ida o de venida. Giré la perilla como si de eso dependiera mi vida, la de mi padre y la de todos los muertos a destiempo. Ya jadeante, y luego de calcular el tiempo que habría recorrido, unos veinte años, poco más, me detuve y abrí los ojos. Tanta luz me cegó por unos segundos, me dolieron los ojos, pensé que explotarían, pensé que era la luz de la creación, la voz de un dios, también pensé que había perdido el conocimiento y que estaba alucinando, que había muerto y que esa luz era el cuerpo de la vida, y, por último, se me ocurrió que estaba por nacer. Pensé que era un sueño, pero pronto supe que no lo era, y mientras recuperaba la vista agucé el oído, y, de no ser porque algo así como un ave cantó, hubiera jurado que el mundo se había acabado o, mejor dicho, que todavía no empezaba a ser ni la humanidad a deshacer. Algunas manchas oscuras empezaron a tomar nitidez sin afán y, mientras enfocaba por completo, noté que mis pies estaban húmedos, ya no estaba de pie sobre la cerámica en donde todo esto comenzó, en aquel café con vistas a la avenida, sino en una especie de pantano oscuro y cubierto de niebla. Levanté la mirada con lentitud cuando ya diferenciaba colores y formas y descubrí que la ciudad se había convertido en un bosque inmenso con todos los verdes posibles. Muy arriba, a lo lejos, casi perforando el cielo, más allá de los picos frenéticos de los árboles por culpa del viento, se veía una nube con forma de ave legendaria planeando sobre sus futuras presas. Temí que algo vivo, más acostumbrado a aquel hábitat, más hambriento y mucho más grande y fuerte que yo, me engullera de un bocado. Deduje que había devuelto el tiempo mucho más de lo que pretendí en un principio y lo tomé como una advertencia para tener más precaución con esos movimientos de la perilla, porque cualquiera podría ser el último y podría resultar en el primer y único mar que ha existido y ahogarme sin poder adelantar el tiempo hasta que volviera a existir una ciudad bajo mis pies o sobre mi cadáver. Intenté caminar, pero no lo conseguí, lo único que podía mover eran mis dos dedos alrededor del imán que daba la hora. Para comprobar si la medida del tiempo era la misma que en mis días, lo adelanté justo lo que calculé que era un minuto y, entonces, fue cuando el horror me poseyó, porque pasó todo un día, un solo giro del segundero hizo salir el sol y la luna cada uno una vez, además de que, por razones obvias de cronología manuscrita, no contaba ya con los dígitos pequeños de la parte inferior, habían desaparecido, todavía no se descubrían ni se inventaban. En efecto, estaba en una época en la que el tiempo todavía no se ideaba, cuando la tierra funcionaba a otra velocidad. La idea de que no tenía el control, o por lo menos la medida del tiempo, me hizo pensar en la fragilidad de no poder reaccionar ante algún percance fortuito, quién sabe si aparecer en la boca de un dinosaurio, en la puerta abierta de una nave espacial, bajo la espada de un gladiador romano, sobre una bandeja metálica medieval con una manzana incrustada en la boca, de pie sobre la nada o a punto de morir o frente a mi verdugo sonriente por el fuego que se refleja en mis lágrimas. Entonces, y sólo allí, tuve la certeza de la imposibilidad de regresar tanto a las once y once de la mañana de aquel día en que esperaba a mi amigo para tomarnos un café y conversar sobre su libro como a la mañana en la que mi padre se despidió del mundo. No sabía cómo regresar a mi época y tal vez estaba condenado de por vida a viajar a lo largo y ancho de la historia como un diente de león, estropeado y propenso a la extinción, bien como un insecto con apenas un día de vida o como una tortuga con cientos de miles de días en su caparazón. Me sentí uno de los hijos bastardos de la historia y del lenguaje, un engendro irredento de un dios sin respuestas que no asomaba por ninguna parte porque todavía nadie lo inventaba. Pensé que, dijera lo que dijera, nada entendería mi jerga y lamenté, desconsolado, no conocer el lenguaje de las piedras, algo que deberían enseñarnos en todas las escuelas primarias del mundo. Maldije mi suerte porque sabía que nunca vería a mi padre, ni vivo ni muerto, pero en el fondo de mí, quizás en un pantano como en el que me encontraba, confiaba en que de no presentarse un evento similar al de aquel último día, en algún momento del siglo veinte alguno de sus hijos le diría que lo quería y le daría un beso sin saberlo el último, sin saberlo el primero, como todos los besos.

Respiré profundo, cerré los ojos con no poca resignación y sacudí con zozobra los dedos parcialmente imantados, conduciendo el tiempo hacia adelante, mucho, esperando llegar al fin de los tiempos, luego hacia atrás, rápido, despacio, de todas las maneras posibles. Fui y vine no sé hasta dónde ni desde cuándo, porque lo único que se distinguía en medio de aquel caleidoscopio frenético, que poco a poco, contra toda predicción, me resultaba más familiar, eran aullidos de todas las eras, alaridos de guerra, rugidos de millones de hembras de todas las especies dando a luz, exclamaciones de desahuciados enfurecidos con la humanidad y con la muerte, chillidos de crías derrotadas por la adultez, gritos eclesiásticos, monosílabos sin género, himnos de las rocas al crecer, múltiples explosiones, naturales como el volcán y antinaturales como la pólvora, tal vez cañones, erupciones u orgasmos de dinosaurios, por qué no. Todos los alaridos, uno tras otro, gritaron para mí hasta que, poco a poco, no se oyó nada más que algo que pareció ser el primer grito de la historia. Pero en mi cabeza seguían retumbando en forma de eco condenado, así que luego de un rato de esperar a que se silenciara el eco de aquella orquesta perpetua, tocada por quién sabe quién, y un poco la de mi pecho, también tocada por cualquiera menos yo, por fin abrí los ojos. Tras el velo borroso se fraguó un abismo infinito que asemejé al universo. Casi todo era negro, salvo unas lejanas manchas de diferentes colores que pululaban como queriendo dejar de serlo. Miles, o tal vez millones de puntos amarillos, algunos azules, otros un tanto rojizos, otros de color indescifrable, se dispersaban en desorden a lo largo y ancho de lo que mis ojos alcanzaban a percibir. Un frío cósmico me recorrió las piernas, como en busca de mi ingle o mi cerebro, zigzagueante, erizándolo todo a su paso. Quise ver qué sucedía y me sorprendió que me encontraba flotando en medio de la nada. La tierra bajo mis pies no existía y no pude evitar sentirme como si fuera culpable de un genocidio, el más grande, el peor de todos, el impune, porque, además, ni siquiera necesité del aire para no morir, estaba allí y parecía no tener inconveniente alguno para hacerlo. De pronto, vi cómo un grupo de estrellas lejano, en forma de espiral gigantesca, se desplazó un poco hacia mí con un movimiento homogéneo y sintónico. Todas conformaban una cadena concéntrica que engrosaba su núcleo a medida que se acercaban, y por eso pensé que era Andrómeda, la única galaxia de la que recordé el nombre. Y cuando estaban como a mitad de camino, el grupo de estrellas sufrió una extraña colisión que, por sorpresiva, comparé con el Big Bang. De un trozo de algo muerto vino una voz como de ultratumba, poderosa, nítida, como si se tratara del gigante más grande de todos que dijo Hágase la luz. Y el universo tembló. al tiempo, una luz inmensa se apagó. Fue cuando entendí que tenía, por fin, todo el tiempo del mundo para leer cualquier libro y, al parecer, no estaba aprovechando para hacerlo, porque mi reloj digital marcaba las cero y cero, y las manecillas del reloj mecánico habían desaparecido.

Añadir nuevo comentario

CAPTCHA
Esta pregunta es para comprobar si usted es un visitante humano y prevenir envíos de spam automatizado.