Dom, 01/23/2022 - 08:57

Cuento. Historia irrelevante del egoísmo

Me miro en el espejo para reconocerme a mí mismo: tengo treinta y dos años, mi hermano me odia, mi mamá murió decepcionada y mi papá me teme... Mis amigos están muertos. Sin más pretensiones, ese soy. El Demonio. El Maldito.

La imagen que me devuelve el espejo es la de una piel demasiado pálida y amarillenta, una nariz aguileña, unos labios delgados y quebrados por la resequedad y el frío, una frente amplia que da paso a un cabello más bien escaso y rojizo. Los ojos hundidos, grises y sin brillo denotan una mirada vacía y triste que a veces más parece de rencor. En la mejilla derecha la irregular cicatriz, vestigio de mi primer pelea con puñal que es la única que he perdido.

Yo no quería ser el Demonio, pero tuve que serlo y, a decir verdad, me gusta mi papel. El Maldito, el Renegado que anda por el mundo cargando una maldición, con la espalda encorvada propia de los condenados y la mirada en el suelo. Mi hermano me odia, y ha deseado matarme: lo he visto en sus ojos, en sus manos blancas, delgadas y débiles cuando se ha acercado a mi cama con un cuchillo y lo ha levantado para luego arrepentirse y llorar desconsolado. Todas esas noches que fingí estar dormido lo escuché hablando en voz baja de su plan para matarme, como hablando consigo mismo. Mi madre murió decepcionada, porque a veces los ángeles dan a luz a demonios. Si alguna vez supe lo que significaba el amor, lo supe por ella. Murió decepcionada, decepcionada de mí, para hacer más pesadas mis cadenas y más profunda la tristeza, porque nunca más pude mirarla a los ojos. Mi papá me teme. No es un mal padre, nunca lo fue. Dejó de comer varias veces él mismo para alimentar a su familia. Me teme porque cree que ni sus oraciones -ni sus Credos, ni sus Padrenuestros, ni sus Dios te salve María, llena eres de gracia, ni siquiera sus Dios te salve reina y madre, madre de misericordia...- podrán salvarlo de mí, del Maldito. Mis amigos están muertos. Casi todos murieron mientras los veía. A alguno lo maté. El Demonio cobra sacrificios.

Nunca quise ser el Demonio, pero lo fui, lo sigo siendo, y mi labor de demonio ocupaba todo mi tiempo y lo abarcaba todo. Todos los segundos, todos los sonidos estaban poblados por el demonio, por mi demonio. Ahora yo, el Demonio, emprendo mi última procesión.

Debo representar mi papel: Termino de ajustar el nudo de la corbata negra frente al espejo, y el leve brillo de la tela satinada contrasta con la opacidad de la camisa negra. Enfundo el puñal en el bolsillo interno de la chaqueta negra y aparto la mirada del espejo. Ya no soporto la voz profunda e incesable que me grita desde el fondo de algún rincón que desconozco y que ya no pretendo buscar: "Mátalos, mátalos... ¡Mátalos a todos!". Y yo, egoísta, en honor al Demonio que soy, al desheredado que fui desde el inicio mismo de los tiempos, decido empezar por mí mismo.

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