Mié, 06/01/2022 - 09:45
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Cuento. No me hubieras dejado esa noche

Cumplía 34. Llevaba con Julio poco más de dos años en una relación. En una relación porque para mí lo era. Trabajamos juntos, él era casado y tenía un hijo. Desde que lo vi casi hacer la entrevista para la vacante disponible en la agencia en la que yo trabajaba, me gustó.

Por: Anne Rose

Aunque tenía todo el perfil de niño bien portado e intocable y con ganas de perpetuar ese estándar de pulcritud, tal vez se atrevería a romper el plato con una chica muy parecida a él, que evidentemente no era yo.  Pasó el tiempo y nos vinculamos. Fue bárbaro, todo lo era. Escribirnos, observarnos, conectarnos de una manera inmediata y sin precedentes para mí. No se trataba solo de sexo, de hecho, pasaron muchos meses para que pudiéramos descubrirnos, pero eso sí, de inmediato nos volvimos adictos. Me pareció que pasó un millón de años luz antes de sentirle. Yo siempre quería, él nunca. Miedo, desconfianza, una esposa hábil y detectora de infidelidades. No lo sé… 

Cuando por fin paso, fue la gloria. Fue el mejor sexo de toda mi vida. No solo por la sensación de placer de mi piel. Sino por esa complicidad que eclipsaba casi todo. Sus palabras, sus labios, sus caricias, el movimiento de su cuerpo en el mío, sus ojos infinitos, esos ojos que me llevan a un paisaje muy parecido a la plenitud, a la paz. Luego vino una pandemia, alguna vez pensé que podría dejar su vida ordinaria para estar conmigo. Muchas veces he sentido que hay más que buen complemento sexual y que una maravillosa relación de amigos. Pero no, somos solo grandes amigos que tienen sexo, prefiero verlo así a sentirme la amante y todos los detonantes machistas y tóxicos que hacen ver a la tercera personal como la única responsable sobre las decisiones que competen a estar con alguien que está comprometido. 

Pero bueno, retomemos. La noche de mi cumpleaños siempre es una bomba, una celebración. Vivo todo el año queriendo morirme, ojalá hablara de petite mort, pero no. Esperaba que esa noche él estuviera a conmigo, a mi lado. Él estaba muy mal acostumbrado porque básicamente siempre estaba ahí en la medida de sus posibilidades, yo que amaba estar a su lado, para follar, comer, leer, vivir… incluso para detener ese odio por los días siempre iguales y repetitivos, estaba ahí siempre. Pero él tenía el gran defecto de no aventurarse e ir detrás de mi cuerpo con la alevosía y libertad que por licencia yo tenía. La fachada de celebración colectiva se cayó. Se fue al abismo y detrás de eso la excusa de poder estar juntos. 

No era una sorpresa, después de todo la realidad siempre está sobre la mesa, y ese tal vez era un sinónimo de dejarle de endiosar y de recordar mi transitorio y a veces intrascendente paso por su vida. La noche fue linda, bebí sangría y comí unas paletitas de fruta, mientras me alentaba la voz de mi mejor amigo y un par de amigos más que llegaron a acompañarme. Al diablo la pandemia, o las “pseudorelaciones”. Sobrevivíamos a un año más y ahí estaban un par de personas que me querían, que me conocían y celebraban mi vida. 

Subí una historia. Joaquín respondió. Era un tipo que meses atrás había conocido por una de mis mejores amigas en su finca en Envigado. Durante el viaje hablamos de cosas random de las que habla la gente. Lo más profundo que me contó tenía que ver con sus experiencias laborales, su espíritu errante que lo había llevado a vivir años fuera del país y una cordial despedida de quien no se pregunta por si habrá un siguiente encuentro. Sin embargo, justo esa noche escribía. Hay que vernos algún día, le mencioné. 

-Viajo la otra semana de nuevo, ¿dónde andas hoy?

-En X lugar

- Allá voy. 

No me emocioné, ni esperaba nada, solo pensé que de nuevo me pasaban cosas emocionantes luego de tener una vida infértil carente de sorpresa gracias a la pandemia. Llegó, y se aproximaba la hora de cerrar el lugar. Vi que compró un trago de whisky en la barra del bar y llegó a la mesa. Era magnético, pasados un par de minutos tenía toda la atención de mis amigos sobre sí. Y la mía. Le dije comenté que era mi cumpleaños y que era una verdadera sorpresa poder coincidir justo ese día y de manera tan espontanea.

-Vamos para mi casa. ¿todos?

-Sí, de una. 

Llegamos a su apartamento, mis amigos un poco ebrios. Yo no tanto, pero tenía el brillo del efecto del cumpleaños. Basura, puede que sí haya estado desbordada de sangría ya. Joaquín empezó a mencionarme todas sus lecturas sobre lo que veía en mis publicaciones, que era lo único que podía saber de mí porque nunca hablamos después de aquel viaje en el que nos conocimos. Encendió la chimenea y nos besamos. Me dijo que quería quedarse a solas conmigo. Me sentía un poco traidora, la razón de la fiesta que era yo, iba ahora a desparchar a sus amigos a la madrugada. 

Pero lo hice. Antes de que se fueran entramos al baño, sentía sus manos sujetar mi cuerpo y me gustaba. Juraba que no iba a lograrlo, estando tan eclipsada por la presencia de Julio. Además, en medio de una pandemia en lo último que pensaba era en filtrear, cualquier posibilidad de poder tener sexo casual o coquetear eran remotas. Durante meses, ya caso años, había olvidado la delgada línea del placer y el clic del afecto, aun cuando no trascendiera en términos formales mi relación con Julio. 

Sin embargo, lo que sucedía con Joaquín en esa noche lejos de culpas o posibles preguntas al día siguiente, me permitían de nuevo sentirme vida desde el placer y la corporalidad. Explorar la sensualidad y el erotismo sin ningún tipo de mandatos, ni con el ligera o grandísima resaca que vivía luego de hacer el amor con Julio y saber que luego él dormiría en otra cama.  Pero ahí estaba él, justo esa noche, esa noche en la que no quería que mi amor, que no es mi amor, me dejara… y por dejarme, me di la mejor forma de cumplir años. A veces uno es quien parte de sus propios idilios. Ese día más allá de pasar la noche con Joaquín y de recibir su abrigo, fue el primer paso para dejar de ver en Julio ese amor de fuego, que solo es un castillo de ceniza. 

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