Mar, 09/19/2017 - 20:56

Dos 'cracks' del requinto

"¿Saben lo que es un 'crack', niños?", pregunté. Ambos asintieron. Estaban en la última fila del bus que los llevaría al hotel donde se habían alojado durante el festival, junto a la ventana, sentados uno al lado del otro. Tenían los ojos rojos de haber llorado. "Bueno, pues ustedes son eso: son unos cracks. Yo toco guitarra, pero quisiera tener la mitad del talento que ustedes tienen", les dije. Ambos me miraron. Luis Andrés apartó la mirada de su teléfono celular, Samuel sonrió. Les dije que quería entrevistarlos.

Cuando subí al bus, la música era un sonido triste y pesado en el aire. "Están atrás", me dijo el conductor, con una mueca de resignación. Entonces fui a donde estaban sentados y luego bajamos del bus y dejamos atrás su música triste. 

Ambos venían desde Santander. Habían sorteado la difícil carretera de cerca de 500 kilómetros que separa las tierras santandereanas de Fusagasugá. Era casi imposible ver allí, con esa expresión de derrota, a ese mismo par de niños que unas horas antes habían tocado en el escenario de la final del X Festival nacional de Intérpretes y Compositores de la Rumba Criolla. Como si el talento conociera de derrotas, como si el talento se pudiera amilanar con eso que llaman derrota.

Luis Andrés miraba al suelo y ya se había cambiado de ropa. Uno podía sentir su tristeza solo con verlo. Unas horas atrás, había estado sobre el escenario tocando su instrumento, deslizando los dedos por el mástil con tanta gracilidad y calma que habría podido hacerlo con los ojos cerrados. Su comunión con el instrumento sería envidiada por cualquier músico: mientras tocaba, era como si bailara, como si llevara las notas grabadas en los dedos, como si pudiera ejecutar sobre los trastes una coreografía imposible para la mayoría de nosotros.  

Samuel en cambio estaba sonriendo siempre. Cada vez que terminaba de interpretar una pieza, Samuel sonreía. Y sonreía mientras tocaba, mientras sus dedos bailaban sobre el mástil produciendo notas alegres, y sonreía cuando el público aplaudía y cuando bajaba del escenario. Y también sonreía mientras lo entrevistaba. Quizás por eso puede tocar de esa manera: porque para Samuel, la música debe ser alegría. 

Nacer con la música

Dicen que todo niño nace con un pan debajo del brazo. Pero a veces la sabiduría popular falla, porque otros niños, como Luis Andrés y Samuel, debieron nacer con un tiple, un requinto o una guitarra.
"Yo estoy tocando el instrumento desde los seis añitos", dice Samuel, que tiene apenas 10 años. Entonces le pregunto qué es lo que más le gusta de la música colombiana y me responde con palabras de adulto mirándome a los ojos: "Lo que más me gusta de la música colombiana son los bailes y como uno expresa los sentimientos en el requinto, el tiple y la guitarra". Luego me cuenta que su abuelo Samuel, al que no conoció tocaba guitarra. "No tuve la oportunidad de conocerlo, pero tenemos una foto en la casa donde él esta con una guitarra y cada día la estaba viendo y viendo y viendo y le dije a mi mamá que quería aprender a tocar guitarra como mi abuelo Samuel".

"Yo quiero llegar a un concurso internacional, pero ya siendo el mejor requintista de Colombia o del mundo", me dice Luis Andrés, el niño de 11 años que baila con su instrumento. Cuando le pregunto cuál es su compositor favorito, me responde sin titubear que es Gentil Montaña. También me cuenta que empezó a tocar rumba criolla a los 6 años y que quiere aprender a tocar guitarra. 
Cuando apagué la grabadora, le pedí a Yamile, la mamá de Luis Andrés, que nos tomara una foto. No se los dije entonces, pero cuando Luis Andrés y Samuel sean grandes y hayan ganado un concurso internacional, voy a poder contar que fui el primero que los entrevistó y les pidió una foto.
 

There is 1 Comment

Gracias por tan bonitas palabras para estos dos cracks del requinto, son dos niños que nos cambian las tristeza por notas de alegría... Muchas gracias por la entrevista

Añadir nuevo comentario