Sáb, 05/16/2020 - 19:55

El lugar detrás del espejo

A propósito de la celebración del Día del Maestro, compartimos este texto de Nicolás Espinel Martínez, en el que habla sobre el primer libro que leyó y la manera en que este lo marcó, y la experiencia de conocer a su autora, Luisa Noguera Arrieta, diez años más tarde. Porque los libros también pueden ser maestros.

Por: Nicolás Espinel Martínez

Eran 10 Cachorros: 3 machos y 7 hembras. Su papá era un viejo Pastor Alemán, que pese a su edad, se conservaba animoso, feliz y saludable.
En medio de esas palabras un niño de 10 años se encuentra a sí mismo en la oscuridad. Las luces de una ciudad discordante se ven a través del vidrio traslucido que hace los efectos de suelo. Aquel infante de ojos verdes se encuentra perdido en la historia, o quizás, por primera vez, se está encontrando a sí mismo. Debajo de él las luces de la ciudad cambian cada cierto tiempo, unas veces moradas, otras blancas, e incluso azules, amarillas y naranjas. En la cara del niño se perciben emociones de todo tipo: angustia, miedo, tristeza, alegría, enojo, frustración, ansiedad y desconcierto. El hijo de aquel Pastor Alemán vive su vida en un libro, y el niño lee sus días como si fueran las crónicas del pasado, presente y futuro. En la vida de un perro encontró la llave de sus historias, aquellas que un día él escribiría. Sin embargo, en aquel momento, estando en la oscuridad, deja que la luz de la luna reflejada en el lago de vidrio le permita continuar su lectura. ¿Cuánto puede vivir un animal? ¿Cómo puede ser que entre más palabras lee acerca de su vida, más se extingue su vivida llama? La vida de un Pastor se ve hecha una historia que el niño lee y relee, algunas veces de corrido, otras tantas entre sus pausas para mirar las luces de la ciudad y la luna que bajo ella brilla. Una ciudad invertida reflejada en el vidrio en el cual reposa su cuerpo trasciende los conceptos del tiempo y el espacio, y en medio de la oscuridad la luz de luna dejó de contar los días hace siglos. Sin embargo, aquel niño sigue ahí, en medio de la oscuridad y la luna, y aquel perro sigue ahí, en medio de capítulos y páginas. El niño sabe que no son muy diferentes él y aquel hijo del Pastor Alemán: ambos viven en medio de los corazones de los hombres, unos en tinta y otros en letras; ambos ansiosos de experimentar el mundo y conocer cada rincón. El ciclo de vida del perro se repite una y otra vez, su nacimiento y su adopción, su goce y aprendizaje, incluso su descanso final: el niño de ojos verdes lo ha visto una y otra vez, pero se niega a dejarlo escapar de su ciclo, porque una vez deje de leerle ¿Qué será del alma de aquella criatura? ¿Qué será de sí mismo cuando cerrando ese libro deba aceptar que también han dejado de leerlo? Y la oscuridad decidió incrementar su abismo.

La ciudad invertida bajo el lago de cristal emitió por primera vez un sonido y detrás de él, un sinfín de melodías empezaron a sonar. Las luces se transformaron en una cadena estroboscópica de colores intermitentes, y las sinfonías intercalaban sus compases siguiendo los compases de los colores. El niño de ojos verdes ha roto el tabú: ha cerrado el libro. El suelo de cristal se ha empezado a agrietar, la música se hace cada vez más fuerte y los colores están empezando a desaparecer: en medio de la oscuridad la monocromía del blanco y el negro se ha hecho con el control de la ciudad, y la luna, siempre llena y brillante, ha sido eclipsada por un gran reloj: en medio del cielo sin estrellas bajo la ciudad invertida el conteo regresivo del reloj empieza con el compás de las manecillas. Los sentimientos negativos son cada vez más fuertes, el abismo amenaza con consumirlo y el libro que tanto había leído ha perdido su tinta: dentro de él ya no queda palabra por pronunciar ni historia por contar. El niño de ojos verdes sabe que su destino es el mismo que el del cachorro que antes fue su amigo en la distancia, entre libros. Aunque no quisiera, su historia había perdido el color, y el abismo contaba los minutos para tomar posesión de aquello que sentía que le pertenecía.

Un llanto se escucha en medio de cacofonías y notas discordantes, en medio del cielo sin estrellas, aparentemente agrietado por ser visto a través del frágil lago de cristal, ríos de lágrimas caen y se filtran al otro lado del vidrio. Una vez el reloj marque la medianoche su conciencia se disipará, y de él solo quedarán recuerdos dentro de las almas profanas que cruzaron sus caminos con él, quizás en un sueño, quizás en otro mundo. En medio de la campanada número diez el fragmento más agrietado del vidrio dejó de fisurarse, y se rompió. Cuando el niño cerró los ojos y se despidió, una intensa luz le hizo abrirlos de inmediato. En medio de la oscuridad un espejo gigante había ascendido por el hueco del cristal. Aquel espejo brillaba como solo la luna lo había hecho, y en él vio a una mujer hermosa, de facciones varias y ojos calmos. Vio a la mujer sentada mientras concentraba su mirada en un punto: al ver sus manos entendió que estaba creando vida. Ella escribía. Y vio una silueta detrás de ella que al inicio no pudo reconocer. Mientras más escribía ella, más se definían los bordes de aquella sombra: un animal se reposó en las piernas de la mujer cuando la figura se completó y la mujer terminó de escribir: un cachorro de Pastor Alemán descansaba sobre ella con la tranquilidad con la que un hijo duerme al lado de su madre. El niño de ojos verdes no necesitaba ver dos veces esa escena para entender aquello que percibía: aquel perro era su amigo, aquel que había compartido eones con él en medio de la oscuridad mientras debatía su existencia. Aquella era su madre, una diosa, benevolente y fulgurosa, como la luz de luna que lo había arrullado en medio de su soledad. La mujer había caído dormida después de terminar, y aquel Pastor Alemán cuidaba su sueño mientras miraba fijo en dirección al muchacho al otro lado del espejo: el niño sintió que su amigo lo podía ver, y en medio de un ladrido amistoso la imagen del espejo se perdió entre la estática y el ruido blanco.



El espejo brilló intensamente una vez más y el niño de ojos verdes perdió su visión por un momento, cuando la recuperó notó que el espejo se encontraba nuevamente vacío. La superficie del vidrio sobre el cual se encontraba el muchacho se agrietó aún más y él temió lo peor: caería a la ciudad, luego al abismo, y todo se desvanecería. La sorpresa en su cara no tuvo precedentes cuando el espejo empezó a mostrar ondas circulares, y de él una imagen se formó: un joven en sus veinte con ojos brillantes como las esmeraldas y una sonrisa destellante como la luna. El niño se quedó inmóvil ante la visión y antes de que pudiera reaccionar, el espejo volvió a agitarse en medio de ondas, y un pie emergió de él como si de un lago se tratase, luego un brazo y luego algo más: ante él se encontraba aquel joven que había visto antes, con sus ojos esmeralda y su sonrisa brillante e inmaculada. Lo primero que salió de la boca del recién llegado fue una frase desconcertante: nos volvemos a ver, lamento haber tardado tanto. Para el niño de ojos verdes aquella oración no tenía sentido, jamás le había visto. Aun así el joven pareció leer sus pensamientos y le dirigió otra oración: ¿Te has olvidado de mí? El niño asintió con la cabeza y permaneció inmóvil. No entendía la presencia de aquel humano en ese lugar, que aislado del mundo se encontraba suspendido entre la misma fabrica del tiempo y el espacio. Ha sido un largo tiempo, es hora de que tú y yo conversemos, pequeño.

El joven caminó hacia el niño y le extendió su mano, haciéndole entender que la tomara. El niño desconfió al inicio pero la sonrisa del joven le hizo ceder, y por primera vez se dirigió hacia la oscuridad que le rodeaba. Cuando empezaron a caminar hacia la nada la oscuridad empezó a ceder, y de ella poco a poco nació la luz. Entre cada paso las fisuras del suelo empezaban a desaparecer, y donde antes había un agujero, justo debajo del espejo, se hallaba nuevamente el vidrio cristalino. Cuando las fisuras del suelo desaparecieron, el niño, que se encontraba perdido mirando como las grietas desaparecían mientras caminaba, escuchó al joven decirle: hemos llegado, mira. Frente a ellos no había más suelo, y solo la blanca nada se extendía a su alrededor. A lo lejos, una puerta de proporciones colosales esperaba suspendida de forma similar al espejo de antes. El niño solo pudo preguntarle al joven: ¿Dónde estamos? La respuesta del joven solo fue: Donde siempre hemos estado. Es imposible, jamás he estado aquí, porque este lugar es blanco y el mío siempre ha sido negro. El niño miró con incredulidad al joven, y se negaba a aceptar que después de haber caminado hacia el infinito siguieran en el mismo sitio. El joven dejó escapar una sonrisa y le dijo: Lo único que ha cambiado eres tú, que antes te mantenías ciego ante aquello que te rodeaba. Aquella ciudad invertida y la luna han sido tu único centro de atención, aquel libro que tanto leías ha dejado de ser tu único foco de atención. Ahora, has empezado a ver. El niño se negaba a aceptar las palabras del joven, su versión de los hechos no tenía sentido para él, y aun así, algo en su interior le decía que estaba en lo cierto. Entiendo que no me creas, pero permíteme darte un empujón. Con un gesto de su mano el joven hizo aparecer el espejo desde el cual había ingresado a aquel lugar, y cuando tocó su superficie el reflejo de la mujer y el Pastor Alemán volvió a estar allí. Sé que conoces a aquel Pastor Alemán, has repetido su vida una y mil veces a través del libro que tienes. ¿Ves a la mujer dormida que reposa junto a él? Es su madre, gracias a ella es que hoy pude regresar a este lugar. El joven sacó un libro de su chaqueta y se lo mostró al niño; en la portada se podía ver a un elefante caminando entre la selva. ¡Se parece a mi libro! El niño reaccionó y lo tomó de la mano del joven de ojos esmeralda. El Secreto De La Selva. Ese era el título del libro que había traído consigo el muchacho de ojos esmeralda. Tu libro está rayado. El niño pudo notar que en la primera página estaba escrita una frase en un desvanecido marcador azul, “Para Nicolás, con mi agradecimiento, a 10 años de amar un libro. Con cariño, Luisa.” Creo que esos nombres los he visto antes. El niño de ojos verdes mostraba confusión en su rostro. Cuando el joven volvió a hablar, su rostro lo evidenció aún más. Así es, mira la primera página de tu libro. Y el niño abrió su viejo libro con mucha curiosidad. “Para Nicolás, con mi cariño, Luisa.” El niño no podía creer lo que veía, aquella página era algo que desconocía de su libro. ¿Ahora lo recuerdas? ¿El por qué estás acá? ¿El por qué estoy acá? El niño solo pudo decir una palabra: Sí.

En el primer paso el niño sintió miedo pero aprendió del elefante del libro del joven y continuó: en medio del blanco vacío su pie se sostuvo como si pisara tierra firme. Continúa, todavía tienes mucho por recorrer. El joven desde la orilla animaba al niño a seguir adelante en dirección a la puerta. ¿No vendrás conmigo? El niño le preguntó al joven mientras le veía a los ojos. Es mi turno de estar aquí, ahora ve, te están esperando. Todos te están esperando. El niño asintió y caminó hasta la colosal puerta. Una vez su mano se posó en la piedra, el lugar se iluminó por completo y todo desapareció excepto el joven, su libro y el espejo.

El joven se sentó en medio del inmaculado blanco y bajo él una ciudad invertida se veía iridiscente con los colores del arcoíris. Sonrió ante la visión y de su chaqueta sacó otro libro con páginas en blanco. Mientras lo abrazaba, el espejo formó una imagen y en ella un hombre de barba y cabello corto escribía sin parar en un computador. Al lado del hombre un delgado libro descansaba junto a centenares de papeles escritos en lapiceros de colores, y en medio de la voracidad con la que aquel hombre escribía, brillaba bajo la luz de una lámpara el título del delgado libro: Un Lugar Para Ti.

 

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