Dom, 11/13/2022 - 09:43

La eterna y desgastada pregunta por los libros buenos

¿Qué es un buen libro? Uno que te haga feliz, así de simple. Si lo tienen claro, no pierdan tiempo en esta columna y vayan hasta el final que les tengo una invitación.

Cuando las personas se enteran de que mi gran amor son los libros suele comenzar una conversación que, la mitad de las veces, no quiero tener. Si son personas que se consideran inteligentes y a la vanguardia del mundo cultural, dicho encuentro se transforma en un examen que pone a prueba mi experiencia, tanto en la cantidad como en la «calidad» de mis lecturas. Pongo entre comillas eso de la calidad porque es un concepto lleno de mañas que se guía por patrones hegemónicos: unos cuantos señores, casi siempre blancos, del norte global, dictaminan qué es bueno y qué no, mientras los demás seguimos esas instrucciones de forma muy obediente, creyendo que también es una mano invisible la que regula el negocio del libro y que nuestros deseos no tienen nada que ver en todo esto. Menuda trampa.

La otra mitad me deja ser y participa, me cuenta de sus lecturas, disculpándose por no haber leído o disfrutado algún libro. Y eso me parte el corazón. Por eso, hoy pido disculpas por todas esas lecturas sufridas que no debieron ser. La vida es muy corta y justo ahora estamos atravesando —entre otras— una crisis del papel, así que no estamos para perder el tiempo entre palabras que no nos emocionen. 

«En la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer»

Virginia Woolf

Cuando cuento que tengo un grupo de lectura enfocado en autoras y disidencias algunas personas lo interpretan como un odio a los hombres, y que esto compromete mi criterio, olvidando los principios estéticos que deberían regir la curaduría de mis lecturas. Con base en esa suposición, quienes creen que tienen que hacerme saber que no se fijan en el nombre de quien firma un libro, que la calidad es lo único que importa, que no hay que abrirles espacio a las personas por su género o preferencias sexuales, que si su trabajo es bueno se les dará el lugar que se merecen, así de fácil, como una enunciación divina. Volvamos unos párrafos arriba, a eso de la calidad… 

Yo no odio a los hombres y los leo, pero cada vez encuentro menos autores que hablen de lo que me interesa, que logren personajes completos y creíbles, historias con las que me identifique, que ofrezcan perspectiva y cuya técnica me antoje de querer escribir como ellos. Por otro lado, hay muy pocos autores vivos que no estén envueltos en escándalos sexuales y otras dinámicas de abuso de poder. Sí, yo no separo al artista de su obra, porque todos los que creamos lo hacemos a partir de lo que somos, y como es mi dinero y mi tiempo, hago lo que quiero. Gracias capitalismo por darme ese gusto. 

Otra reacción común al enterarse del perfil que tiene Lo que leen las amazonas es pensar que solo leo a las «grandes», y aquí viene otro examen y un momento de atroz condescendencia. Esta pequeña lista de escritoras la usan para asegurar que soy una exagerada y que todo esto de la representación es un delirio histérico que nos inventamos las minorías para conseguir lugares sin trabajar duro. Son las mismas de siempre, pero nadie atina a mencionar que Woolf creó una editorial para poderse publicar; que las hermanas Brontë y Jane Austen firmaban con nombres de hombre, o que, sin ir tan lejos, el exesposo de Marvel Moreno desfilaba por las ferias del libro hablando de lo bella que era, mientras hacía todo lo posible para que no se publicara la novela que dejó escrita al morir. (Estas participaciones en ferias del libro siempre son pagas, así que el señor facturaba por opacar a su expareja). 

Por supuesto que las leo, ¡me encantan!, pero en estas listas hay pocas mujeres racializadas o personas queer, y si para ellas, las grandes, que al parecer lo tenían todo, fue difícil, ¿qué nos queda a las demás? Escojo mis lecturas para sumar, porque incluso los grandes no eran nada hasta que muchos empezaron a contarle a otros lo maravillosas que eran sus creaciones.

Si quieren saber más de esto pueden leer «Cómo acabar con la escritura de las mujeres», un ensayo que Joanna Russ publicó en 1983, pero que bien podría aplicarse a la actualidad. 

Existen muchas razones para leer. Yo aquí hablo de la lectura por placer, de aquella que busca entretenernos y mostrarnos otras realidades. Claro que puede haber otros motivos para leer, que se entrecruzan a lo largo de la vida, y aunque leer es mi forma favorita de matar el tiempo, he descubierto que ahora leo para estudiar, leo para escribir y leo como un trabajo. Sin embargo, sigo aplicando el mismo principio del comienzo: necesito disfrutarlo. Así que este es un llamado a reescribir los mitos que nos limitan y empezar leer lo que nos dé la gana. 

Yo leo libros malos y hay muchos libros buenos que no me gustan. Me leí Los juegos del hambre recostada contra el acrílico que me separaba del conductor del bus que me llevaba todas las mañanas al trabajo. Cuarenta y cinco minutos de lectura garantizada por trayecto y en un par de meses había devorado mis primeros libros en inglés; esa es la razón por la que les tengo tanto cariño. ¿Calidad? La historia engancha y está narrada de forma tan simple que se vuelve un regalo para quien nunca había leído en ese idioma. Por otro lado, prefiero repetir todas las misceláneas del álgebra de Baldor que volver a leer a Hemingway.

Los libros tienen momentos y los lectores, ritmos; converger entre esas dos variables no es tan fácil. Mi primer intento con El nombre de la rosa, de Umberto Eco, fue a los catorce años, y no lo logré. Pero en 2019, tras una ruptura amorosa que absorbía toda mi energía vital, me lo leí de un tirón, y me encantó. A comienzos de este año, mientras visitaba a mi gato, hospitalizado por un daño hepático, comencé a leer La vegetariana, de Han Kang, un libro muy comentado entre amigos lectores: una revelación literaria que no podía perderme. La ansiedad y el dolor por mi gato, que terminó muriendo, se avivaron con la historia de una mujer abusada y desatendida por quienes decían quererla. Han Kang y yo nos hemos dado un tiempo que quizás dure toda la vida.

No apoyo la tiranía de lo bueno como un absoluto. Me encanta hablar de libros, digo qué me gustó y qué no, comparto datos útiles que dan contexto a esas lecturas, pero cada vez me aburren más los enunciados que parecen dichos por señores ungidos por el saber académico, jerárquico, que ignoran voluntariamente el mundo más allá de sus narices. Admiro a quienes encuentran un tema y se entregan, conozco personas expertas en cómic —algo que quisiera leer más—; otras navegan por la literatura fantástica y juvenil, de la que poco sé. Y ni hablar de quienes leen fan fiction casi como enredándose en una espiral sin fin. A todos los llamo mis dealers, porque hacen una curaduría juiciosa fuera de la norma, los rankings y el deber ser de la literatura. 

No importa si el libro que más les ha gustado es Crepúsculo, Moby Dick o Como agua para chocolate, si es un bestseller y pronto van a hacer una serie que veremos por Netflix, o si es poesía de Instagram; leer debe ser un deleite, no una competencia. Lo que yo busco cada mañana al abrir un libro es un refugio, una compañía para mi té y sus silencios. Quiero conmoverme, sorprenderme, entretenerme; no busco demostrar nada. Claro que tengo mis favoritos, los escogí por gusto, no porque alguien me lo dijera. Y espero que cada vez que alguien vaya a abrir un libro haga lo mismo: crea en su instinto, que esa lectura le mueva la sangre, le recuerde que la vida es corta y que no podemos gastarla con cosas que no nos gustan. No está mal la persona a la que no le gustó algo, están mal ellos —los señores— que creen que somos iguales y estamos obligados a ver el mundo como ellos quieren.

Lean lo que quieran, desde En busca del tiempo perdido hasta repetirse El llano en llamas 3 veces por año, lean las novelas de Corín Tellado, devoren todos los libros de Astérix y Obelix, o cualquiera que les haga sentir mejor persona y tenga portadas lindas, y cuando no quieran leer, no lean. Les prometo que al final de todo esto San Pedro no nos espera con un Excel que descargó de Goodreads para juzgarnos.

Ahora sí, la invitación: el próximo 26 de noviembre haré de librera en Garabato, mi librería favorita de Bogotá. Será una tarde linda para que hablemos de libros, compren regalos y hagan antojos, todo basado en la única premisa de la felicidad que nos debe dar leer. Los espero. Prometo buena música y, como una bruja que soy, no les consigo al ser amado, pero sí un amarre para leer rico.




 

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