Mié, 11/17/2021 - 10:39
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Memoria

Sostenía su pequeño bolso marrón, su falda descolorida hacía juego con la palidez de su rostro. Sus piernas temblaban como gelatinas a punto de derretirse. Su cara vislumbraba el terror y la desesperanza. Su mutismo le deformaba la boca. Quería salir corriendo, estallar en gritos desaforados. Romper el tiempo con el llanto. Desgarrar con sus uñas la vida para quedar tendida en el suelo de la pobreza moral a la que arroja sin indulgencia las calles sucias saturada de memorias extraviadas, de vidas reprimidas y de luces que se apagan abriendo paso al lado oscuro del corazón.

—Es por aquí, señora Clemencia —le indicaba uno de los agentes de la policía que la guiaban a través de la calle 6 entre la Caracas y la Décima. Perros orquestando la angustia. Ladridos que resonaban en lo profundo de la angustia de una madre. Las calles, destruidas como las personas que las habitaban. Polvo amarillo que se pega a la piel resquebrajándola. Los olores penetrantes y miradas deshechas y deshabitadas del paso del tiempo.  

—Ya casi llegamos —pronunciaba con voz impávida aquel hombre con uniforme de autoridad. No se inmutaba del dolor de una madre angustiada al ver a los demonios de la vida robarle las pocas ilusiones de hallarla, de volverla a abrazar y decirle que todo estaría bien. El perdón se le quería salir del corazón para estrellarse directamente mediante un abrazo a su hija. A su joven hija perdida entre el humo de su cabeza.

Notó como los policías pararon enfrente de una casa derruida. En su interior solo había pedazos de ladrillos, escombros y malos olores.

—Aquí es, señora Clemencia. ¿Podría usted reconocerla? —Sentenció el policía. Ella cerró los ojos fuertemente. Paró su reloj y sus latidos se volvieron intensos. Se le salía el corazón del pecho. Temblaba a punto de convulsionar.

­—Señora, por favor, necesitamos reconozca el cuerpo —decía aquel personaje sin bondad alguna. Clemencia abrió los ojos en de par en par y como si fuera cuestión de supervivencia se concentro en aquel cuerpo destrozado y fundido en el piso.

­—Mamá —escuchó en una voz dulce y juvenil­—. Mamá —replicaba aquella voz­—, tengo que llevar unos materiales al colegio y esta vez sí tengo que llevarlos porque la profe me advirtió que si no lo hacía me daba un reporte y no me dejaría entrar a su clase nunca más.

—Lo sé, pero no me alcanza para todo. Las ventas están muy flojas y hay mucha competencia. Tendremos que mirar qué nos inventamos. Tampoco nos vamos a dejar morir de hambre.

—Lo sé, mamita, yo voy a comenzar a vender unas panelitas de leche en la escuela. Yo sé que los profes son todos rabones y me las pueden decomisar, pero yo ahí miro cómo me las arreglo, y así pago mis cosas para el colegio. Todo bien, mamá, que yo le ayudo.

—Karen ya me voy a trabajar, mija. Hágame el favor y riega las matas y pone a calentar el almuerzo y come. Pero come porque usted se pone a mariposear en la calle y se le olvida. No quiero que salga hoy, mija. El barrio está algo caliente, más que de costumbre y esos pelados andan por ahí cazando chinas bonitas para comérselas e inducirlas a las drogas.

—Pero mamá, ¿usted cree que soy pendeja o qué? Que me voy a poner yo en esas. Mire estos dientes —le mostró una fila de perlas blancas y alineadas a su mamá, y se echó a reír—. Mamá no son de leche ya.

—Hágase la boba, mija que todavía ni sabe cocinar bien y ya se cree muy grande —. Las dos se echaron a reír. Karen abrazó a su mamá y le dio un beso en la cabeza.

—Todo viento, mamá.

—Usted cuídese mucho en esas calles—. Diciendo esto, Clemencia salió.

En la habitación que era así mismo cocina, sala y patio, resonaban las canciones que Karen disfrutaba cantar a todo pulmón.

Florecita rockera, tú te lo buscaste. Encendiste mi hoguera, no tienes perdón…

Era su mundo, su propio concierto dedicado a ella misma y a los vecinos que molestos le gritaban que se callara.

A mi ñero llevan pal monte, a mi ñero llevan pal monte… Él decide lo que va, dice lo que no será, decide quien la paga, dice quien vivirá. Esa y esa tierra y ese bar son propiedad, son propiedad del señor Matanza

Y a mi ñero llevan pa'l monte

A mi ñero llevan pa'l monte

A mi ñero llevan pa'l monte

A mi ñero llevan pa'l monte

Saltaba y revolcaba su cabello. Su cuerpo era la perfecta armonía de los delirios cotidianos. Ese momento para ella era la manifestación del olvido de una vida que ella no entendía. Su realidad era capturada por las melodías que escuchaba, por las letras que entonaba, por la felicidad que evocaba, por las palabras hechas música. La invitaba a degustar lo bueno de la vida. Dejar de lado así fuese por breves minutos la fragilidad de su propia existencia.

 Saco un papelillo, me preparo un cigarrillo

Y una china pa'l canuto de hachís (¡hachís!)

Saca ya la china, tron; venga ya esa china, tron

Quémame la china, tron

No hay chinas, no hay chinas, hoy

No hay chinas, no hay chinas, hoy

Lega-legalización (Cannabis)

De calidad y barato

Lega-legalización (Cannabis)

Basta de prohibición.

Liberaba su mente, la hacía fantasear a través del valor de la música. Karen se sentía una diosa cantando. Sus manos expresaban notas al aire. En ese instante, diminuto y musical adquiría conciencia de su paso por el mundo. La vida la sorprendía y seguía cantando con una energía de un batallón a punto de ir a la guerra. 

Me entrego al vino porque el mundo me hizo así, no puedo cambiar

Soy el remedio sin receta y tu amor, mi enfermedad

Estoy vencido por que el cuerpo de los dos es mi debilidad

Esta vez el dolor va a terminar

En nuestro árbol una hoja se cayó

En mi boca la manzana se pudrió

Tendrías que aprender a pedir perdón

Esta vez la cadena se rompió

Tendrías que aprender a pedir perdón

Esta vez la cadena se rompió…

Entonaba cuando la puerta le robó la canción.

— ¡Ya cállese, china marica! —vociferaba el vecino del piso de abajo—. La gente tiene que camellar y usted con esos alaridos no deja. Cállese o le pego su levantada —sentenció mientras bajaba las escaleras con afán.

Karen salió de su pequeño mundo. Del mundo que ella misma había inventado para escapar de esa realidad que sentía no era suya. Se sentó aburrida y decidió navegar por las redes sociales para dispersarse y enterarse de las vidas de sus amigos del barrio y colegio.

Deslizaba los dedos en la pantalla del celular cuando se percató de una foto donde se veía a su novio con una muchacha del colegio. Estaban abrazados y dándose un beso. Con una frase que a Karen le pareció ridícula. “En las buenas y en las malas, mi socio, mi amor”. Karen no entendía y le envió un mensaje a su novio, el cual fue dejado en visto para horas después recibir el mensaje de la misma muchacha de la foto.

—Qué le pasa, china estúpida. Deje de enviarle mensajes a mi novio. ¡No busque lo que no se le ha perdido, piroba!

Karen rompió en llantos ahogados. Realmente lo quería y había disfrutado de cada mentira que ahora cobrara su tranquilidad y felicidad. Salió a buscar a su mejor amiga en el barrio y al bajar las escaleras se encontró de frente con el vecino que horas antes la había callado a insultos.

—Huy, mamita, no había visto lo buena que está. Así si la dejo cantar, pero a gemidos en mi cama, mamacita —. Karen hizo una mueca de fastidio y se rehusó a mirarlo. Salió a grandes pasos.

Ahora se encontraba con la brisa de a tarde. Hacía frío en su corazón. Era solo una adolescente buscando cariño. Caminaba ahogada. Llegó al parque y allí se encontraban varias amigas. Estaba acompañadas. Que tipos tan malacarosos, pensaba Karen. No quiso acercarse, peor una de sus amigas la llamó para que se sentara con ellas.

—Qué chimba, que ande por aquí, china.  Venga le presento a unos manes todo bien —. Karen hizo una mueca de fastidio. Caminó de forma mecánica al encuentro con el grupo. Al conocerlos no se le hizo evidente el fastidio que sintió al verlos y el sentimiento de rechazo se camufló en camarería y buenas vibras.

Ese momento eclipsó a Karen. Se sentía embriagada de amistades, de conversaciones jocosas y de lo que más le había resultado carente hasta ese día, la compañía. Entró en una especie de espejismo en el cual se veía feliz, amistosa y decidida a mantener a sus nuevos cómplices de charlas y tomatas anónimas.

Los dìas posteriores, Karen de veía desmejorada. Esbozaba fingidamente una sonrisa a su mamá. Esta pensó que estaba enferma o que simplemente eran cosas de la adolescencia. No puso mucha atención y se dedicaba a trabajar todo el día.

Camino al colegio Karen, bajaba sigilosamente. No quería asistir al colegio y hacía que el tiempo se fragmentara en pedazos lentos que no la pudiesen alcanzar. Miró de reojo al parque y vio a dos de sus mejores amigas. Cambió abruptamente el semblante y se dispuso al encuentro con estas.

—¿Qué más? —dijo con una sonrisa que abarcaba su cara de satisfacción. Sentía una felicidad vaga y sin razón. Esa mañana se quedaron fumando en el parque.

—Mis amores, ¿qué hacen por aquí tan solitas? —se escuchó en una voz ronca. Karen miró a su vecino llegar. Le tenía cierta repulsión y además recordaba con bastante resentimiento el hecho que la hubiese callado de una forma tan grosera.  

—Cosita, usted es la de los gritos en la parte de arriba —decía el hombre mientras se reía a carcajadas—. Eso, míreme mamacita —refunfuñó mientras la cogía en la boca y apretaba sus labios y los cerraba con sus dedos.

—Mierda, ¿qué le pasa, no ve que me está lastimando? Está caído del zarzo ¿o qué? —Gritaba Karen mientras ofuscada recogía su maleta.

—Pille, china —le decía mientras estiraba su mano—. Hagamos las paces con esto. Pruébelo y me dice.

Karen miraba extrañada a sus amigas mientras ellas le hacían barra para que probase lo que le estaban ofreciendo. Temblorosa aceptó una papeleta muy pequeña. La abrió con mesura y vio una especie de dulce en forma de estrella.  Entre risas las amigas la incitaban.

—China, hágale que eso es rico, se siente rico. La va a poner a ver estrellitas bien chéveres.

Karen todavía era una niña, pero sabía muy bien a lo que se estaba enfrentando. La presión la doblegaba. No quería que pensarán que era una chiquilla y necesitaba ganar prestigio en el barrio. Se dispuso a meter el pequeño dulce a su boca.

Se abrió un mundo de colores, texturas y sombras. Pasaron unos minutos cuando sintió que el mundo la rebasaba. Sombras susurrándole al oído, lamentos lejanos y mareos constantes. Tapaba sus oídos y movía su cabeza de un lado a otro negando las sensaciones que por su cuerpo viajaban. Cuando abrió los ojos estaba en un cuarto oscuro, pequeño y maloliente. Un frío recorrido su cuerpo dándole la señal de alerta de que algo no estaba bien. Desnuda se sentía en medio de la nada, de aquella nada que había sido su vida hasta ahora.

Sentía dolor en su cuerpo y una leve sensación de ahogo. Se levantó y como pudo buscó su ropa que yacía tirada por el suelo del lugar. Se hallaba en un edificio maltrecho y viejo el cual tenia pasillos largos y oscuros. Parecía no vivir mucha gente allí. Su escasa luz hacía imposible la visibilidad. Estaba cegada por la cantidad de sombras que sentía a su alrededor vigilándola, acosándola. Salió como pudo de aquel edificio. La oscuridad la había cegado y el sol hería sus pupilas. A su alrededor percibió el aumento de miles de voces que se hacían cada vez más evidentes. Alzó sus ojos que se inundaban de terror. Comenzó a correr sintiéndose una presa que debe escapar, pero un fuerte golpe la noqueó.

Despertó por el ruido incesante de la música que atravesaba sus oídos. Karen estaba aturdida, pero reconocía el olor a trago, sudor y sal. En ese instante abrieron la puerta y entró un leve destello de luces parpadeantes de todos los colores. Entre la confusión un hombre se acercó y con una voz que generaba confianza le recomendó que mejor estuviera tranquila y que lo que estaba pasando era inevitable. Lo mejor es dejarse llevar. Karen inmediatamente reconoció esa la voz. Era su vecino que entre tinieblas le hablaba.

Le pasó un cigarrillo que Karen rechazó con brusquedad. Solo quería salir. Encontrase con su mamá y enredarse en sus brazos para sentir tranquilidad, la dicha que perdió y que no hallaría jamás.

—Es mejor acepte lo que le tocó. Lo que viene para usted requiere no estar en los cinco sentidos. Disfrute del viaje y deje de joder —le recriminó aquel hombre. Ella temblorosa aceptó e inhalo tan fuerte que sintió que sus pulmones se quemaron. Comenzó a toser. Su saliva se hizo más espesa y sintió como su estómago le ardía. De un momneto a otro, sus manos temblaban, sus pupilas bailaban de un lado a otro. Se sentía eufórica y reía a tétricas carcajadas. Por momentos escuchaba la suave voz de una mujer. Aquella daba instrucciones y gritaba de vez en cuando. Karen estaba perdida. Se encontraba en un salón con varias mesas. Una pasarela y muchos hombres con miradas lascivas juzgando los cuerpos que ante ellos se presentaban. Karen auscultaba risas y silbidos. La sentaron en una mesa. La había vestido con un baby doll. Estaba prácticamente desnuda. Se sentía aturdida, pero excitada. No entendía el poco dominio a su cuerpo ni la reacción de este al peligro. A su lado se encontraba su vecino.

—¿La está pasando bien? Mamacita, no había tenido el gusto de presentarme. Soy Yersòn y este lugar es mi reino. Aquí mando yo —le pasó unas pastillas y le ordenó tomarlas—. Esta noche lo que hay es camello —agregó—. Es mejor olvidarse del mundo. Esas pastillas la harán ver estrellitas —dijo riéndose.

Karen entró en un viaje de alucinaciones y se perdió entre las palabras de intentaban llegar a sus oídos. 

—La vida me ha parecido una mierda, ¿sabe? Cuando era pequeño nunca supe qué era el calor de hogar o sentir las caricias protectoras de mis padres.  Siempre los veía pelear y cascarnos, como si con ello pudiesen desquitarse de una pena que quien sabe les había puesto en la vida.  Nos reventaban la cara a mí y a mis hermanos y cuando andaban jartando, eso sí era otro voltaje. Había veces que nos rompían hasta los huesos, pero eso era estar en familia, o bueno, eso pensaba. Encontré en los hommies del barrio esa protección que nunca tuve. A ellos les agradezco mi éxito- decía mientras escaneaba el lugar y daba ordenes con la mirada.

»Mis papàs eran unos bastardos. Siempre drogados, siempre llevados del putas. Mis hermanos y yo no entendíamos la vida. No pensábamos que había algo mejor más allá de sucias habitaciones, alcohol y drogas. Pero yo no me iba a quedar solo como un vicioso, no parce. Yo quería más. Está vida es dura, pero aquí se guerrea es por el honor, el billete es una añadidura.

Karen no atinaba a decir palabra alguna. Su mente estaba nublada. Sus sentidos dispersos, su boca enmudecida. Estaba absorta en múltiples historias creadas por su cerebro alucinado. Oía voces de mujeres. Pequeños sollozos, gemidos… sonidos de todos los acentos, colores y sabores.

—Aquí la muerte es la que manda en realidad. Este es un templo en decadencia. Es la entrada al infierno y por eso hay que ser avispado. A veces pienso que mi infancia era una preparación ardua para la vida y mis cuchos, los verdugos que me enseñaron que era la vida —. Yerson miraba a Karen jocosamente, como si esta le estuviese regalando el espectáculo más burlesco. Ella ahora era de su propiedad. Le dio dos copas de aguardiente, agregando “el mundo puso el pecado y nosotros la ocasión”.

—Ya es hora de trabajar —, dijo mientras se alejaba.

Los dìas de Karen trascurrían en una especie de anacronismo. El tiempo se había extinguido. Ella también. La necesidad de sentir el calor de las drogas penetrar por su cuerpo. Los mareos constantes y los sentidos fuera de sí, se volvieron una constante. Se odiaba ahora y odiaba a cada ente que profanaba su cuerpo ofreciéndole puñaladas lascivas.

Estaba bailando frenética al ritmo de sus latidos. Bajo las sensaciones perdidas, tras los recuerdos de su vida pasada. Los espectadores libidinosos miraban extasiados el espectáculo mientras en sus mentes la poseían. Karen pasaba de mesa en mesa dejándose tocar por una copa de aguardiente, de ron, por una pastilla, o una inyección que le proporcionara el olvido.

Su cuerpo colapsó. Vomitaba sangre. El espectáculo ahora era bochornoso, pero nadie prestaba atención. La arrastraron por el pasillo oscuro que la vigilaba cada noche cuando se acercaba la hora de perecer. La moribunda no lograba ponerse en pie y su cabeza bailaba como si estuviese en el mismo espectáculo que antecedía el momento.

—Marica, esta vieja está vuelta nada. Es un problema ya. Ya sabe que le van a hacer. Toca esperar al viejo Yersòn para que dé la orden y ya —. Pasaban los minutos y Karen seguía fuera de sí. Como si ya presintiera su destino y hubiese querido adelantarse a este.  Escuchó gritos histéricos. Lo único que logró comprender fue: “Ya saben, empástenla donde siempre”. Todo era oscuridad y sombras moviéndose. Sintió una ráfaga en su vientre y el dolor que la consumía, lentamente se apagó.

—Mamá, mamá, tengo que llevar unos materiales al colegio —escuchó mientras veía a su hija fundida con la pared. De rodillas cubriendo sus ojos agrietados.

 

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