Dom, 10/10/2021 - 09:36

Resquicio. Parte 2

En esta segunda entrega, Sonya Estupiñan concluye la historia de Gabriel.

Cariño, despierta, nos estás solo. No estás solo, escuchaba lejanamente Gabriel al abrir sus ojos. Se sentía mareado y le dolía la cabeza. 

El hombre es libre y por ende está sujeto a la profundidad de su alma. Vemos la verdad sobre el mundo y esta es inseparable a la verdad personal: nuestra idea como seres es nuestro objeto de representación.

Veía al lado derecho a su esposa. Reflejaba angustia y desconcierto. Cariño, perdiste el conocimiento en un café. Te practicaron unos exámenes para descartar, me tenías con el corazón en la mano, le susurraba su mujer mientras le daba pequeños besos en el cabello. Gabriel no entendía que había pasado, pero sentía un dolor agudo en su cabeza. Escuchaba pequeñas voces susurrando cosas inentendibles. Se sintió agotado y las lágrimas salieron como pequeños chorros de agua queriendo precipitarse al suelo. Cayó de nuevo dormido.

(Leer: Resquicio. Parte 1)

Despertó en su casa. Su habitación estaba resplandeciente. Observó un florero con unas rosas de un rojo profundo que inundó sus ojos en un mar de sangre. En ese momento cruzó la puerta su esposa. Llevaba una lencería que haría levantar a cualquier muerto. Sus labios tenían la misma tonalidad de las rosas y el olor que desprendía era sutil y excitante. Aquella deidad se acercó lentamente y antes que Gabriel pudiese decir cualquier nimiedad, ella cerró sus labios con los pequeños y delgados dedos deseosos. La besó sutilmente para luego desbordarse en lamidas y besos apasionados. La acarició con tanta precisión y deseo que suscitó en ella la llama del sexo ardiente y desmedido. Sintió la humedad de su vulva, la piel amelocotonada, sus pezones erguidos. Ella estaba allí, con su boca entreabierta lanzados pequeños gemidos que hacían estallar de pasión a Gabriel.  La desnudó como un hambriento de deseo. Lamía su cuello fino, la apertura a esos bellos senos suaves, bajaba por su media luna lamiendo con un sediente perdido en el desierto. Se puso de rodillas sacando su miembro erguido mientras el líquido seminal se escapaba. Se sentía vigoroso. Ella se acercó y abrió su boca sacando su lengua invitándolo a explorar la cavidad húmeda y caliente. Lamia suavemente, enrollaba ese miembro duro con su lengua. Arcadas deliciosas se escuchaban. Él penetro esa boca lujuriosa, la poseía, la dominaba. Extasiados, ella lo cabalgó como una profesional en las artes del sexo. Él observaba los senos desplazarse al unísono de los movimientos. Saltaban de placer y felicidad. Los acariciaba, los oprimía como si pensara que escaparían. Luego lamió un poco más esa humedad vaginal. La colocó en cuatro y se dispuso a enterrarle todo su amor y deseo. Las nalgas rojas brincaban juguetonas estrellándose con la pelvis de él. No había espacio para pudores y reservas. Ahí estaban los dos siendo uno solo. Todo estaba premeditado por ella. Al lado de la cama en la mesita de noche, al lado de las flores color sangre, había dejado unos aceites. Él estaba extasiado y complacido. Le hacía masajes por todo su cuerpo, por todas sus cavidades. No pensaba en nada más que esa pequeña muerte próxima. La penetró. Le subía las piernas. Hallaba todas las maneras posibles de jugar con su cuerpo para finalmente adentrase en su pequeña y estrecha cavidad. El orgasmo los agotó y una cantidad de semen recorrió las partes suaves de ella, calentándole aún más la piel. Esa noche durmieron plácidamente.

Un rayo de luz lo despertó. Su mujer ya se había levantado y había corrido las cortinas. Se le veía fuerte, vital y con una belleza juvenil.

Cariño, recuerda que hoy es la reunión. Hemos estado esperándola hace varios meses y creo, será una gran oportunidad de salir de la rutina. A Gabriel no se le notaba el mismo entusiasmo de su mujer. Se limitó a decir Podríamos ir a otro lugar. Te podría llevar a un restaurante elegante y luego quizá iríamos a un bar a tomar cocteles. ¿No crees? Algo solo nuestro. Solo de los dos, replicó Gabriel.

Ay, pero qué amargado te me estás volviendo, amor. Yo quiero ir con amigos. No es que no quiero ir solo contigo, pero es tiempo de charlar y recordar, Dale, vamos. Sé que o te arrepentirás. Gabriel solo atisbó una mueca y siguió durmiendo.

Al levantarse, vio el traje que su esposa le había conseguido para la reunión que tanto rehuía. Se percató del sombrero que adornaba el traje. Se le hizo conocido, pero no ahondo el ello. Tomó una larga ducha de agua fría. Sentía una pesada melancolía. Algo se le hundía en el pecho. Era una sensación ambigua, que maltrataba sus pensamientos. Le dolía la cabeza. Sentía pequeños chillidos en el cráneo. Escuchaba murmullos en forma de sonidos ahogados. No lograba concentrarse, no entendía qué decían aquellos sonidos y de dónde provenían.

Estamos en constante pugna. Nosotros contra nosotros mismos. Nuestra lógica depredadora. Seres esquizofrénicos y acabados. Estamos atrapados en el tedio de la vida.

Entró a un salón reservado por la empresa. Estaba bien iluminado y al fondo se escuchaba una melodía suave. Le gustaban mucho esos clásicos del soul y pop. Tarareaba distraído

Too many hearts are broken

A lover's promise never came with a maybe

So many words are left unspoken

The silent voices are driving me crazy

After all the pain you caused me

Making up could never be your intention

You'll never know how much you hurt me

Stay, can't you see…

La melodía era un bálsamo para un dolor que desconocía. Buenas tardes, Gabriel, estamos muy felices de verlo. ¿Y su esposa? Preguntó su interlocutor, cuando la vio. Estaba radiante y emana olores amarillos, rosaditos y rojos. Ella se acercó, lo saludó con un beso suave y tierno. Su boca era una fruta fresca que le hablaba. Estoy muy feliz. Esta noche promete ser una de las mejores que nuestro matrimonio ha tenido, decía entre risas y mejillas rosadas.

Saludaron a unos cuantos, comieron y bebieron. Ella era su Calíope, un rescate y era suya, solo suya. Esto no lo pensaba por un absurdo egoísmo humano. Ella era libre y podría irse cuando quisiera, pero era suya. La había amado por muchísimos años y ese sentimiento era correspondido.

Bailaron un buen rato al son de las melodías suaves y confidentes.

Eres más alma que cuerpo. Haces el olvido de mi angustia momentánea. Eres el espacio en donde la palabra está siempre. El calorcito de los recuerdos.

Era tarde y decidieron regresar a la casa. Salieron a las 2 de la mañana. Las luciérnagas celestes decoraban la noche. Estaban un poco ebrios, un poco locos. Momentos de confusión, el miedo entró en el corazón y el sueño eterno de la muerte los obligaba a cerrar los ojos.

¡Ayúdenme, por favor!, gritaba ella, mientras la ciudad oscura y fría vomitaba de sus calles silenciosas cuatro hombres que los atacaron. Dos de ellos golpeaban a Gabriel y lo mantenían inmóvil, al tiempo que los otros dos hombres se la llevaban al callejón. Él podía escuchar los gritos ahogados, la sangre brotar de las partes, la humillación del alma profanada, al unísono de repugnantes jadeos y carcajadas agitadas.

¡No la toquen, malparidos, los voy a matar! ¡Déjenla!, decía Gabriel entre gritos ahogados de sangre y golpes que partían sus palabras. Cayó al suelo. Vio las sombras alejarse y regresar a los laberintos de aquella podrida ciudad, aquel subsuelo humano. Sus ojos se cerraron abruptamente.

¿Cuáles son los problemas reales del ser humano? ¿El trabajo? ¿El amor? ¿La libertad? Perdimos la armonía. La unidad se esfumó. Este mundo es confuso, tenebroso, lleno de horror. Es una insensatez esto de vivir.

La miró a los ojos como quisiera meterse en ellos. Era su espejo, la miraba y la amaba. Me voy de ti, una voz replicaba. Estamos solos, inevitablemente solos escuchó al despertarse. Había tres personas alrededor. El paciente reaccionó, doctor. Mientras lo examinaban, entre confusos recuerdos y el olor a medicamentos, Gabriel preguntó ¿Por qué estoy acá? ¿Dónde está ella? Quiero verla, quiero verla, maldita sea.

Tranquilícese, ya la verá. Primero debemos hacerle algunos exámenes y podrá recuperarse pronto. Gabriel sintió el sarcasmo del destino. La había perdido. Pasaron algunos días y la noticia de la muerte de ella a causa de una violación a manos de cuatro hombres pandilleros de la zona llegó a oídos de Gabriel. La golpearon. Se ensañaron con ella como fieras hambrientas. Perdió la razón. Se perdió en un mar de olvidos y deseos de venganza.

Mi amor, siempre tendrás a tu madre, para escucharte, amarte, protegerte y ayudarte. Nuestra pérdida es grande, sí, pero ella no hubiese querido que murieras por ella. Ella te quiere vivo. Yo te quiero vivo, Gabriel, decía su madre acariciándole el cabello. Gabriel solo estaba ahí, en frente de ella, inmóvil, carente de vida. Ya no lloraba.

Pasaban los meses y Gabriel solo gritaba y hablaba solo. Se comportaba errático.

Estamos fascinados por la destrucción. Dos fuerzas rigen este mundo: tanatos y eros. Lo trágico es cómico. Vergüenza. Estamos solos, putamente solos.

La mamá de Gabriel ya no soportaba ver a su hijo en ese estado. No sabía qué hacer ni qué decir. Cada vez que le dirigía la palabra, él estallaba en gritos. Caminaba de un lado a otro y se reía a carcajadas. Muchas veces lo sorprendió hablando solo.

Gabriel estaba sentado en el sofá de la sala. A su lado estaba quien vestía un traje oscuro, de una tela tan fina que hacía gracia verlo. Dejó su sombrero a un lado. Miró fijamente a Gabriel. Vivimos en un frenesí. Estamos esquizofrénicos. Nos olvidamos de lo frágiles que son los seres humanos. Lo importante nos resulta invisible. Las cosas más importantes resultan ser las trascendentales. Debes adquirir conciencia. Esta vida ya no es tuya, declaró aquel extraño señor. Al levantarse y fijar sus profundos ojos en Gabriel, le abrió a un mundo de posibilidades marcadas por la reflexión. Somos un laberinto humano. Somos esencias del bien, el mal, la muerte, la inmortalidad. Tenemos la libertad, el destino, la suerte y sobre todo la culpabilidad, agregó, mientras recogía su sombrero y se dirigía a la puerta desapareciendo aprisa.

Su mamá lo miraba desde la escalera. Lloraba desconsoladamente. Se sentía asustada. Veía su hijo sentado y asintiendo con la cabeza mientras fumaba. De un momento a otro comenzó Gabriel a gritar y a reírse descontroladamente. Su mamá trataba de hacerlo volver en razón, pero solo logró que este la tumbara. Se estaba encontrando de cara a la naturaleza humana. Gabriel se desmayó.

Al abrir los ojos se vio solo, en un sitio oscuro y frio. A su lado estaba la caja de aguardiente y el costal con el que trabajaba. Se levantó y sintió la boca pastosa. Le dolía la cabeza y sentía un fuerte mareo. Se lavó la cara y se dio pequeñas cachetadas, Salió desde las entrañas del puente. Miró de reojo la pequeña cajita con los papelitos regados en el piso.

Buenas tardes, señor Gabriel. Le saludaba con una gran sonrisa mientras se quitaba el sombrero.

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