Mar, 02/26/2019 - 07:21
María Eugenia Martínez-

La renovación urbana en el centro de Bogotá: Moda, elitismo, desplazamiento y periferias

El desarrollo urbano del centro de Bogotá se encuentra situado tanto en contextos socioeconómicos de carácter local y global, como en corrientes de pensamiento que abordan distintos modelos de ciudad. Las lógicas de libre mercado que son propias de la globalización neoliberal han permeado las políticas diseñadas por el Gobierno distrital para la urbanización de esta zona. Esto ha tenido diferentes impactos.

Las políticas de urbanización del centro han combinado la conservación del patrimonio cultural de la Candelaria y la renovación urbana de las periferias. A través de estas se esperaba generar más competitividad económica del sector, pero el resultado fue ciertamente distinto. Las iniciativas de renovación produjeron la destrucción del tejido urbano, la desarticulación de barrios enteros y la afectación de procesos de organización política local. Los actores económicos, que son siempre los más interesados en la renovación urbana, acudieron a la compra de predios para desplazar a las poblaciones de los barrios más marginados del centro de la capital. Esto fue validado por discursos que entrelazan la creatividad y la competitividad económica –la “economía naranja”– y que promueven la renovación urbana desde perspectivas elitistas.

María Eugenia Martínez ha estudiado por mucho tiempo las dinámicas de urbanización del centro de Bogotá. Ella fue directora del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, y aportó a la construcción de políticas urbanas con conocimientos e investigaciones académicas. El pasado 6 de febrero conversé con Martínez sobre los efectos de la renovación urbana del centro de Bogotá en las comunidades marginadas y los barrios más precarizados. La conversación se dio en el marco de las “Tertulias Ciudadanas” que promueve quincenalmente el colectivo Somos Ciudadanos.

Vivian Martínez Díaz: existe un tránsito entre el paradigma del urbanismo centrado en la expansión y desarrollo de la ciudad, y el paradigma orientado a “usar la ciudad existente”. ¿Tiene que ver esto último con la renovación urbana?

María Eugenia Martínez: prefiero pensar que los saltos cualitativos son escasos y que los procesos, los ensayos de prueba y error, los estudios sistemáticos y la crítica calificada, están en la base de los cambios en los modelos urbanos y territoriales. Por supuesto, concurren circunstancias que obligan el cambio.  La reutilización de la ciudad construida aparece como una salida posible, en momentos de crisis. En efecto, la crisis cultural, económica y urbana de los años 70, derivada de la crisis energética de 1973, condujo a un forzoso cambio en los discursos sobre la ciudad existente.

Los cuestionamientos a los efectos sociales y ambientales, derivados de los largos desplazamientos que ocasionaba el urbanismo expansivo, sumado a la crisis económica del 2008, produce el auge de intervenciones que rehabilitan, revitalizan y reciclan, entre otras cosas, la ciudad construida. Estas intervenciones se orientan a hacer contrapeso a la expansión y a superar la costosa arquitectura icónica que poco aportaba a la construcción de ciudad. Seguramente, la extensión de estas prácticas, ha permitido entender que este es un camino promisorio.

Por supuesto, una de las intervenciones relacionadas con la reutilización de la ciudad construida es la renovación urbana. Para Choay y Merlin se trata de un proceso que transforma radicalmente un sector urbano, afectando los sistemas generales y los edificios existentes, como producto del cambio de modelo de ordenamiento pre-existente. Según estos mismos teóricos, las operaciones de renovación urbana han sido criticadas por destrozar lazos sociales de barrio y favorecer la gentrificación, por permitir ganancias considerables para los operadores privados y por desarticular el tejido urbano de barrios enteros y sus entornos inmediatos. Según varios estudiosos como los ya mencionados, y teóricos como Ezquiaga, Iraegui y Mozas, hoy, la renovación urbana se entiende como una experiencia muy negativa para la ciudad y sus ciudadanos.

VMD: ¿cómo se ha dado la renovación urbana en Bogotá y particularmente la del centro de la ciudad?

MEM: las políticas para el centro de Bogotá estuvieron orientadas a la recuperación del patrimonio edificado, en las décadas de los 80 y 90. Desde finales de los años 90, el proyecto de ordenamiento territorial para la zona combina la conservación del patrimonio cultural de la Candelaria con la renovación urbana de sus bordes y sectores vecinos. Dicha renovación va acompañada del propósito de lograr que la zona sea competitiva y se conecte con las dinámicas globalizantes, lo cual es explícito en el POT de la ciudad. Este tema ha sido abordado por Alice Beuf en sus investigaciones sobre competitividad e inclusión social en el centro de Bogotá.

Es necesario tener en cuenta que la producción de la centralidad histórica en Bogotá se concentró en definir la Candelaria como único centro histórico, y a su vez, en excluir sectores que, siendo parte de desarrollos urbanos posteriores, poseían mérito suficiente para acceder a la misma categoría. Esta decisión de exceptuar lo deteriorado, lo popular y lo  problemático tuvo sus repercusiones en la mayor avería de las vecindades de la Candelaria. Por supuesto, estos sectores deteriorados y desfavorecidos económicamente resultan muy atractivos para la renovación masiva. A su vez, la fractura de los tejidos urbanos que ocasiona este tipo de renovación afecta la cohesión social y cultural del área. Con una población dividida es más fácil que estos procesos se impongan.

Los barrios circunvecinos del centro histórico, como el alto Egipto, Santa Bárbara, Belén y Las Cruces, pudieron ser integrados a los propósitos de la recuperación de la zona; pero, al contrario, se segregaron a través de invencibles barreras físicas. Este proceso todavía no para y en los bordes del área se adelanta una operación de renovación urbana en el sector del Bronx, ligada a un Distrito Creativo, que promueve la alta moda y otros emprendimientos, enfocados en la economía naranja, y con pocas raíces en el sector. Es claro que esta renovación afectará, también, los barrios del Voto Nacional, La Favorita y La Estanzuela. 

En los bordes occidental y sur del actual centro histórico del área llegará, además, el proyecto ‘Ministerios’, el cual pretende devolver al centro histórico las estructuras burocráticas del Estado central que habían emigrado al CAN, en la época de la dictadura de Rojas Pinilla y años subsiguientes. El proyecto arquitectónico y urbanístico si bien recrea tipologías tradicionales, como el patio y el pasaje, desplaza 135 tipografías y varios almacenes de prendas militares. Tras el desalojo de grupos poblacionales, sigue la diáspora de prácticas tradicionales y, con ello, la pérdida de carácter de los territorios del centro.

VMD: ¿qué rol han tenido los actores económicos y del gobierno distrital en las políticas actuales de renovación?

MEM: si bien la renovación de tabula rasa, en los centros tradicionales, es ejecutada, en general, por el actor público, casi siempre está presionada por actores privados, para quienes este tipo de operación resulta muy rentable. Uno de los nodos de la acción es la compra de predios y, a través de esta acción, el desplazamiento de moradores de la zona. Al mismo tiempo, este es un factor muy problemático, lento y costoso dentro de los procesos de renovación, incluso para el mismo operador. Uno entre muchos factores complejos. Si se quiere, se trata de un verdadero talón de Aquiles que puede retardar e incluso paralizar la negociación inmobiliaria. Por supuesto, el deterioro urbano favorece estas maniobras y es la excusa perfecta para derribar estructuras y entornos que, a lo mejor, son rescatables desde intervenciones más moderadas.

En Bogotá, hay que decirlo, la renovación urbana pública, en el centro tradicional, no ha sido exitosa, pero los alcaldes siguen considerándola como la redención de las periferias de La Candelaria. Un ejemplo tangible de ello es la operación Cartucho-Tercer Milenio, cuyos errores pareciera que hoy se repiten en el Bronx. ¿A quién benefició esta operación? Difícil hacer cualquier afirmación al respecto; pero, en todo caso, no a la ciudad. Samuel Jaramillo cuantifica la inversión en la renovación del Cartucho para el período comprendido entre 1999 y 2005 en 99.624 millones de pesos, suma que actualizada a precios de 2015 se eleva a $ 146 mil millones. Jaramillo advierte que los datos del año 2005 están incompletos y es claro que su investigación sobre políticas de recuperación del centro no incluye cifras de los años 2006 y 2007, en los cuales el proyecto continuó y la inversión del Distrito fue importante. A precios de hoy, se calcula que la operación costó, aproximadamente, $200.000 millones.

Sin embargo, el problema, en sí mismo, no son los recursos públicos invertidos, sino que el efecto en la recuperación socio-económica del centro es bastante moderado. Así lo demuestra este investigador del CEDE de la Universidad de los Andes, quien señala que después del 2000 y hasta el 2005 no se construyeron oficinas. La construcción de vivienda disminuyó en un 50% con respecto al período inmediatamente anterior (1997-1999) y lo único que se incrementó fue la construcción de locales comerciales.

En fin, al menos en el centro de la ciudad, hay que oponer la regeneración urbana a la renovación de tabula rasa. Por su complejidad y sus efectos, están en desuso las operaciones urbanas que se basan en compra de predios. Contrario al proceso excluyente y arrasador que significa esta renovación, la regeneración se caracteriza por el respeto y reutilización de las pre-existencias, el logro de consensos con los actores de la zona y el trabajo integral en las dimensiones medioambientales, físicas, culturales, sociales y económicas.

VMD: entendí que las últimas políticas e iniciativas de renovación urbana han contribuido a la fragmentación del centro de Bogotá y a una demarcación estricta de la "periferia" del centro, constituida por los barrios más marginados y empobrecidos. ¿Podría explicar este punto?  

MEM: En efecto, la subvaloración de la periferia del centro histórico y las perseverantes políticas de renovación masiva, han contribuido a la fragmentación y, así, a un mayor deterioro de estas zonas. Mi tesis es, pues, que el deterioro es una de las consecuencias de la fractura del centro. Claro está, la desintegración social y cultural y la vulnerabilidad de estas áreas, también, aparecen como consecuencias evidentes de la segmentación.

La renovación inconclusa de la carrera décima, de los años 50, dejó un borde inacabado y una evidente fractura en la traza continua del área céntrica, hacia el poniente. A su paso, se demolió el Mercado de la Concepción y los templos de Santa Inés y Santo Domingo, con lo cual se rompieron, en la zona, relaciones culturales, sociales y afectivas. Más al sur, la décima cercenó el Hospital Materno del conjunto hospitalario San Juan de Dios, con lo cual se perdió la unidad del complejo.

A la avenida sexta, que separó los barrios de Santa Bárbara, Belén y Las Cruces del centro histórico, se sumó la desestructuración urbana del primero. En efecto, el proyecto de renovación del Banco Central Hipotecario -BCH-, implementado en los primeros años 80, demolió varias manzanas para acoger la Nueva Santa Fe y entidades del Estado. El desarrollo incompleto de esta iniciativa dejó, como resultado, lotes vacíos, que inducen inseguridad y deterioro y fracturan aún más el barrio. El Archivo Distrital, una estructura arquitectónica interesante y de muy buenos espacios, se implantó sin ninguna conexión con el viejo Santa Bárbara, lo cual acentúa la cisura.

La renovación de la avenida Comuneros, un proyecto concebido 40 años atrás, que se implementó entre los años 2005 y 2007, recorta tejidos céntricos sin consideración alguna y afecta, por efectos de la construcción de la vía, edificaciones varias. Aunque se necesitaba de una conexión naciente-poniente, en ese momento, las conceptualizaciones sobre la intervención de la avenida construida permitían un tratamiento más delicado de los tejidos urbanos y sociales de Las Cruces. Según entrevistas realizadas por Alice Beuf en la zona, el Distrito pagó a precios muy bajos. Una de las consecuencias de esta operación fue el desplazamiento de residentes, ahora más empobrecidos. La otra fue la ruptura del tejido urbano y la creación de una nueva barrera que ahondaba la segregación de Las Cruces. Vecino de Las Cruces, el barrio de San Bernardo no ha tenido mejor suerte y allí se deteriora, cada día más, esperando una renovación que no llega.

La avenida de los Cerros, a su vez, separó la parte alta del viejo barrio de Egipto y disgregó la relación de la antigua iglesia, atrio y plaza con Egipto bajo, creando una nueva barrera en la dirección del naciente. Al poniente, la franja entre las carreras décima y Caracas, concebida desde tiempo atrás como de renovación masiva, fue adoptada en el mismo y equívoco sentido por el Plan Zonal del Centro. Dicha franja no ha logrado despegar en la orientación esperada, pero sí se ha convertido en un obstáculo para la consideración integral del centro.

La demolición del Cartucho y, en su reemplazo, la introducción forzada de un parque impuesto a un urbanismo de manzanas, paramentado (es decir, alineado por el frente de los predios) y de calles duras, demuestra el fracaso de la renovación de tabula rasa en la zona. El Distrito Creativo que allí se implementa, hoy, basado en la llamada Economía Naranja, no parece resolver los problemas de fondo de la zona. Otra vez, la actividad aparece impuesta en un sector con una vocación de comercio popular y bodegas, que se ha consolidado a lo largo de casi medio siglo. Aunque es necesario esperar para conocer los resultados concretos de esta experiencia, la mezcla de desalojos con moda y conciertos para hipsters, pareciera ocultar una intencionalidad de elitización del sector.

Al norte, el POT de 2004, libera a la renovación urbana la colonial parroquia de Las Nieves. La estratégica localización de este barrio, entre La Macarena, el Centro Internacional y la Candelaria, además de sus lotes amplios, ha resultado muy atractiva para la construcción en altura. La veloz transformación del barrio es celebrada por los constructores, las universidades que allí se localizan y otros actores más. Este imparable proceso, sin embargo, tiene algún freno en múltiples bienes de interés cultural. Preferible haber prefigurado una transformación que definiera un rol más claro para estos bienes, en un barrio en franca modificación.

VMD: ¿Qué resistencias ciudadanas conoce frente a estas políticas?

MEM: Conozco pocas, la verdad. A pesar de los esfuerzos desplegados por la oficina de Planeación Distrital para lograr la participación ciudadana, el Plan de Ordenamiento Zonal del Centro de Bogotá generó prevenciones entre distintos grupos del área. Ellos se manifestaron en diversos escenarios, rechazando este plan. Por otra parte, “El centro no se vende” era la consigna de quienes se vieron afectados por el proyecto Ministerios, impuesto por la Nación a través de la Empresa de Renovación Urbana Virgilio Barco. En múltiples oportunidades organizaron marchas en distintas zonas del centro histórico, tuvieron presencia en cabildos abiertos y asistieron a cuanto debate se adelantó sobre el centro histórico y tradicional, en el anterior gobierno de la ciudad. Así mismo, hicieron parte de una Mesa creada para imponer algunas condiciones a la Virgilio Barco, de la cual se levantaron voluntariamente.

Vivian Martínez Díaz

@VivianMartDiaz

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