Dom, 09/08/2019 - 10:01

Amores epistolares

Quiero quedarme con los amores epistolares, con esos días en los que se podía querer auténticamente entre las letras, cuando las palabras eran todo: la cama, los paseos, las ventanas abiertas, las tardes hablando, el café, el humo, los muros: todo.

Quiero volver a ese amor de antes y escribir una carta sobre cada cosa y meterla en un sobre y enviarla, quiero imaginar su lectura y la ansiedad de la respuesta. Quiero que escribir esas cartas se vuelva necesario, tanto como respirar, como comer, como dormir, porque lo único que tengo y he tenido y tendré son las palabras y por eso las palabras son mis actos, mis angustias, mis tristezas, mis alegrías, mis tensiones: nada pasa fuera de las palabras.

Quiero escribir cartas a mis amores epistolares o más bien a uno solo, para serle tan fiel como le soy a mis causas, y volver ese amor una causa, una perdida si es posible, para luchar por ella con cada letra que escriba.

Y me quedo con ese amor, epistolar, casi efímero, imposible, porque así podré enamorarme de su esencia, de sus rutinas, de sus luchas, de sus palabras, de sus actos, de sus soledades, de sus desdichas, de sus alegrías, de las cosas que le hacen feliz, de las que le motivan, de las que le hacen pensar en el mundo y en causas perdidas. Me quedo escribiéndole e imaginando que me escribe, me quedo dibujando sus gestos y rayando papelitos con colores para meterlos entre mis cartas, aunque dibujar no sea lo mío.

Quiero un amor epistolar, aunque amor sea una palabra demasiado vilipendiada, usada tantas veces para vender y para venderse y para matar. Quiero escribirle y acumular todas sus cartas, aprenderme sus palabras y leerlas y releerlas hasta sentirme parte de ellas. Quiero escribirle para, como dijo Benedetti, construir con palabras un puente indestructible. Quiero escribirle cartas y contarle de mis luchas, de mis historias por completar, de todas esas palabras agonizantes que tengo guardadas y de todas las cosas que pesan tanto, del ansia de soltar todo e irme lejos, de la punción constante por maldecir a los explotadores y sus reglas llenas de persecución y muerte. Y quiero que me escriba y me cuente de sus días y de sus noches, que me cuente lo que piensa de todo, de los libros que lee, de los sitios que frecuenta, de las películas que ve en cine, de las cosas que dibuja con la punta del dedo en los cristales empañados, de los documentos que firma, de las recetas que quiere aprender. Quiero escribirle y que me escriba y que eso sea amor. Quiero escribirle y que me escriba aunque estemos uno junto al otro.  

Quiero un amor así, que se quede con lo profundo, con las heridas, con los trazos, con lo que nos hace ser, un amor que vaya más allá de lo superficial y que sea más bien un amor de causas, de hacerse parte de las causas del otro, de sumarse y volverlas causas comunes. Y quiero un amor que me lea todas sus cartas, aun cuando no haga falta enviarlas, porque siempre hará falta escribirlas.  

Añadir nuevo comentario