Dom, 07/09/2017 - 07:59

Autoridad como criterio de Verdad

Para la mayoría de personas, las cosas no son ciertas por sí mismas, sino por la autoridad que para ellas tiene la persona que las dice.

Desde el niño que asume como verdades incuestionables lo que dicen sus padres o profesores, pasando por el ingenuo oyente de radio o televisión que cree todo lo que dicen en tales medios, hasta el inocente irredimible que se traga entero el discurso de su líder político o religioso, las personas tienden a desconectar su raciocinio y funcionar en modo automático de fe cuando escuchan a alguien que para ellas está rodeado con la aureola de la verdad revelada.

Quizá como reacción a esa pérdida temporal de raciocinio, de análisis crítico, esas mismas personas, cuando se encuentran frente a personas diferentes a su “gurú”, caen en el otro extremo, el del escepticismo radical cuando les presentan algún argumento que resulte novedoso, contrario a su idea sobre el asunto o, peor aún, que vaya en contra de lo que postula su “gurú”.

Aunque parezca diferente a la situación inicial, ésta última resulta ser semejante, porque también en ésta tienen desactivado el razonamiento, el análisis crítico y lógico, y la aparente diferencia radica en que ahora no aceptan sin juicio sino que rechazan sin razón, pero en ambas está ausente su capacidad para evaluar con criterio propio el valor de verdad que haya en los planteamientos que les presentan.

Es posible que, en algunas personas, ese criterio propio para evaluar no esté formado (es comprensible en el caso de infantes o niños de corta edad, o en personas con alguna deficiencia en el desarrollo de su inteligencia analítica), pero también resulta válido pensar que tal deficiencia funcional obedezca a un proceso de educación que se fundamenta en obedecer sin cuestionar, en el temor a la sanción que se deriva de la equivocación, en la domesticación que de tan diversos modos se ejercita en los distintos ámbitos sociales.

Es tan cuadriculada la forma como está estructurada la sociedad, tan delimitada en las funciones y los derechos, que hasta el derecho de saber está claramente restringido y clasificado. Por ejemplo, si alguien expresa una voz divergente sobre un aspecto de la nutrición (digamos, que la carne enferma más que lo que nutre) no faltará quien le pregunte si es Nutricionista de profesión, y si no lo es, descalifica su afirmación; por el contrario, si sí lo es, el mismo que preguntó estará más dispuesto a aceptar el nuevo dato.

¿Sobre qué base decide aceptar o descalificar la afirmación heterodoxa? Sobre la base de que la respalda o no un título universitario sobre la materia, es decir, no sobre un análisis propio, sino sobre un principio de autoridad.

Supuestamente, quien tiene un título profesional sabe sobre el área de su estudio (aunque lo haya conseguido fraudulentamente) y quien no está titulado en esa área no sabe (aunque haya estudiado ese tema por su cuenta durante diez años).

Esa postura se fundamenta en una actitud de sometimiento a la autoridad (académica, en este caso), y así como usted se deja esposar las manos por un uniformado de la policía, así la gente “autoesposa” su pensamiento crítico ante alguien que represente para ella una autoridad en cualquier campo del “saber”.

Sin embargo, hay una frase antigua que se burla del “academicismo”, diciendo: “No hay cosa tan absurda que no haya sido defendida por algún filósofo”. Y si uno revisa la historia del conocimiento ilustrado, encontrará multitud de ejemplos que validan esta expresión, empezando por los distintos modelos de estructura del átomo.

Así que, ¿qué tal si empezamos a asumir responsabilidad personal por lo que consideramos cierto o equivocado? ¿Qué tal si lo decidimos después de haber analizado lo que nos dicen, de haberlo confrontado con datos propios o conseguidos de fuentes alternativas, de haber razonado con lógica sobre la coherencia de lo afirmado, las motivaciones que pueden existir detrás, los posibles intereses de quien lo expresa, etc.?

Es decir, ¿qué tal si nos tomamos el tiempo para hacer nuestra propia evaluación de los hechos conocidos y del sentido que tiene lo que se nos dice, en lugar de simplemente aceptarlo o rechazarlo según quién sea el que lo dijo?

En nuestras conversaciones cotidianas, en nuestro entorno familiar, o de estudio o trabajo, ¿cuántas veces aceptamos o rechazamos, sin raciocinio alguno, lo que se nos dice?

No es cierto porque lo diga el “doctor”, ni errado porque lo diga el portero. La verdad puede estar en cualquier boca, y nuestro criterio propio es quien debe evaluar para reconocerla, sin prejuicios de quién tiene “derecho a saber” y quién no.

Tener criterio propio, pensamiento crítico y sentido común son los elementos necesarios para revisar y evaluar la verdad que existe en cada aserto, con independencia de quién lo dijo. Por supuesto, resulta importante formar sólidamente nuestra capacidad para evaluar.

En estos tiempos de “posverdad” esto se hace cada día más necesario, y nuestras conversaciones cotidianas se verán grandemente beneficiadas con ello. Seguramente disminuirán las confrontaciones airadas que se generan por defender irracionalmente posturas que ninguna de las partes ha evaluado suficientemente.

La autoridad de quien lo dice no es un factor que garantice la verdad de lo expresado, y no nos debe eximir de hacer nuestra propia evaluación de su veracidad.

Aunque también nosotros nos equivoquemos al decidir qué es verdad y qué no, por lo menos estaremos asumiendo responsabilidad por ello a partir de un juicio propio, no simplemente por creerle a otro.

Namasté.

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