Mié, 09/22/2021 - 17:04

Buenos Aires, Evita. 1935

Desde que nació en el pueblo de Los Toldos, hija de madre soltera, fue condenada a la humillación y ahora es nadie entre los miles de nadies que los trenes vuelcan cada día en Buenos Aires.

Multitud de provincianos de pelo liso y piel morena, obreros y sirvientas que son devorados por la ciudad.

Parece una flaquita del montón, paliducha y desteñida, ni fea ni bonita, que usa ropa de segunda mano y repite las rutinas de la pobreza. Como todas, vive prendida de la radionovelas, va al cine los domingos y sueña con ser una estrella de Hollywood.

A los 15 años estaba harta, trepó al tren y se vino para la gran ciudad. No tiene padre ni dinero, no es dueña de nada y a los pies de esa gran mole arrogante, altas cumbres de cemento, Evita se paraliza. El pánico no la deja hacer otra cosa que estrujarse las manos, rojas de frío y llorar. Después, se traga las lágrimas, aprieta los dientes, agarra fuerte la valija de cartón, y se hunde en la ciudad.

La odiaban y la odian los biencomidos: por pobre, por mujer y por insolente. Ella los desafiaba hablando y los ofendía viviendo. Nacida para sirvienta, a lo sumo para actriz de melodramas cursis, Evita se había salido de su lugar.

La querían y la quieren los malqueridos: por su boca ellos dicen y maldicen. Evita es el hada rubia que abraza al leproso y al haraposo, da paz al desesperado y prodiga empleos, y zapatos, y colchones y máquinas de coser y dentaduras postizas y ajuares de novia.

Ya no es la pebeta de ropa de segunda: luce joyas despampanantes y abrigos de visón en pleno verano. No es que le perdonen sus lujos: se los celebran  porque el pueblo no se sentía humillado, sino vengado por sus atavíos de reina.

(Juan José Sebreli, Eva Perón ¿aventurera  o militante? Buenos Aires, Siglo Veinte, 1966)

BUENOS AIRES, ALFONSINA. 1935 (164Palabras)

Cuando hace años llega Buenos Aires desde la provincia, Alfonsina trae unos viejos zapatos de tacones torcidos y en el vientre un hijo sin padre legal. En esa ciudad trabaja en lo que hubiera y robaba formularios del telégrafo para escribir sustristezas. Mientras pulía las palabras, verso a verso, noche a noche, cruzaba los dedos y besaba los naipes que le anunciaban viajes, riquezas y amores.

Pasaron 25 aos y nada le regalla suerte. Pero letra a letra, verso a verso, Alfonsina se abrió paso en el masculino mundo y su rostro nunca falta en la fotos que congregan a los escritores argentinos más ilustres. Ya supo que tenía cáncer y desde entones sus poemas hablan del abrazo del mar y de la casa que le espera allá en el fondo.

GARDEL. 1935

Cada vez que canta, canta como nunca. Tiene voz de colores, hace fulgurar las notas oscuras y las letras opacas. Es el Mago. Carlos Gardel.

Invicta queda su estampa ganadora, la sombrita del sombrero sobre los ojos, la sonrisa perpetua, perfecta y fulgente, por siempre joven. El origen de Gardel era una misterio, su vida, un enigma. La tragedia tenía que salvarlo de toda explicación y decadencia. Sus adoradores no le hubieran perdonado la vejez.

En el aeropuerto de Medellín, Gardel estalla al emprender el vuelo.

(Eduardo Galeano, Memoria del Fuego, 3. Pág. 122)

RÍO DE JANEIRO, OLGA Y ÉL. 1936 (276 Palabras)

A la cabeza de su ejército rebelde, Luis Carlos Prestes había atravesado el inmenso Brasil de punta a punta, ida y vuelta desde las praderas del sur hasta los desiertos del nordeste. En 3 años de marcha, cruzando las selvas, la Columna Prestes había peleado contra los señores del café y el azúcar sin sufrir jamás una derrota.

De modo que Olga Benário lo imaginaba gigantesco y devastador. Menuda sorpresa se llevó cuando conoció al gran capitán. Prestes resultó ser un hombrecillo frágil, que se ponía colorado cuando Olga lo miraba a los ojos. Ella, fogueada en la luchas revolucionarias en Alemania, militante sin fronteras, se vino al Brasil. Y el, que nunca había conocido mujer, fue por ella amado y fundado.

Al tiempo caen los dos presos. Se los llevan a cárceles diferentes.

Desde Alemania, Hitler reclama a Olga, por judía y comunista, sangre vil, viles ideas, y el Presidente Getulio Vargas se la entrega. Cuando los soldados llegan a buscarla a la cárcel se amotinan los presos. Olga acaba con la revuelta para evitar una matanza inútil y se deja llevar.

Asomado a la rejilla de su celda el novelista Graciliano Ramos la ve pasar, esposada, panzona de embarazo. En los muelles la espera el barco que ostenta la cruz esvástica. El capitán tiene órdenes de no parar hasta Alemania, donde la espera el campo de concentración y la cámara de gas para ser asfixiada y carbonizada en un horno.

El Cavaleiro da Esperança, muere a los 92 años en Río de Janeiro, fiel a sus ideas.

(Fernando Morais, Olga, Sao Paulo Alfa-Omega, 1985)

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