Dom, 03/18/2018 - 08:49
Fotografía tomada de la página Tierra Colombiana

Colombia, la inercia de una historia triste

Colombia es un eterno dolor. Ese invento moderno, esa ficción de líneas imaginarias del orden mundial que fue emergiendo desde los siglos XVIII y XIX llamada Patria, Nación, Estado, País, entre otros términos más empalagosos e identitarios, nos condenó dentro de ese espacio bautizado en honor a Cristóbal Colón justo al norte de América del Sur.

Primero, sufrimos una serie de mutilaciones territoriales en nuestro proceso de formación en donde Brasil se quedó con parte de lo que eran nuestros territorios amazónicos y Perú, ya bien entrado el siglo XX, alcanzó a morder territorio del llamado pulmón de la humanidad hasta el río Putumayo, en donde solo pudimos salvar el Trapecio Amazónico junto con la capital del Departamento de Amazonas, Leticia. Con Venezuela perdimos otro tanto y con Ecuador también. Igual, la mayoría de esos territorios hoy también estarían abandonados por el Estado colombiano como lo están esos terrenos fronterizos perdidos en la selva que solo visitan los grupos ilegales y los saqueadores mundiales, legales e ilegales, de recursos naturales.

Los panameños aprovecharon la coyuntura política, histórica y económica para decirnos de la mano de los gringos “bye, bye” en 1903, justo cuando terminaba la Guerra de los Mil días, yéndose con todo y el canal interoceánico que debieron ceder al gran imperio por un siglo para pagar su libertad, salvando así su propia historia que ha sido mucho más halagüeña y próspera que la de su vecina excompatriota anclada en el sur.

Colombia declaró su independencia, según el consenso de la mayoría de historiadores, el 20 de julio de 1810, aprovechando un incidente tonto relacionado con un florero, un chapetón y unos hermanos en el centro de Bogotá. En la efervescencia y calor del momento, dicen, los criollos se declararon en desobediencia de la Corona española. Sin embargo, transcurrieron un poco más de nueve años de batallas para lograr la independencia definitiva de la mano libertadora de Simón Bolívar. Por fin, el siete de agosto de 1819 en la Batalla de Boyacá, pudimos declarar nuestra independencia definitiva del Reino de España.

Pero las guerras no cesaron allí. Allí solo empezaron los conflictos entre las élites criollas definiendo qué sería Colombia en ese nuevo orden mundial de las patrias, los estados y las naciones que emergían en todo el mundo.

El siglo XIX se esfumó en batallas intestinas entre las facciones que querían seguir ancladas mental y estructuralmente a la Colonia, privilegiando como factor de identidad todos los elementos con los que los españoles habían dominado los terrenos descubiertos en las américas. Esa facción, que luego se bautizó como “el Partido Conservador”, quería que la Iglesia Católica fuese el faro moral, ideológico y político de la identidad de esta nación emergente y que la Biblia fuera el soporte documental de una sociedad dominada por terratenientes, ricos y poderosos que habían heredado sus privilegios de una u otra manera desde España. De otro lado, una facción más vanguardista apuntaba a un Estado secular, libre, individualista y democrático en donde la persona, a través de una educación laica y unos principios antropocentristas, pudiese definir el rumbo de su destino más allá de los preceptos establecidos en la Biblia. Estos se llamaron “el Partido Liberal”. También se enfrentaron las ideologías que pretendían que Colombia se organizara territorialmente como un Estado centralista o federado. Los conservadores más inclinados hacia el centralismo y los liberales hacia el federalismo, aunque no se puede concluir que existiera una identidad plena de cada uno de los partidos con estas formas de organización territorial.

Pues bien, al final de ese siglo a través de cruentas luchas, conspiraciones y dictaduras reales y disfrazadas, en donde el poder penduló entre una ideología y otra, se impusieron las ideas más radicales de los Conservadores. Colombia definió a través de la Constitución de 1886, escrita a cuatro manos conservadoras por Rafael Núñez y Miguel Antonio Caro, que el Estado colombiano sería confesional, centralista, unitario y tremendamente elitista. Tanto, que se adoptó el sistema bicameral de Inglaterra en donde una cámara debe representar los intereses de los nobles y la otra los intereses del pueblo, la gleba o el vulgo. Pues bien, la “nobleza colombiana” estaba pensada para “representantes de determinados elementos sociales, por ejemplo, el alto clero, de la clase militar, de los intereses económicos, comerciales, industriales y agrícolas, y de las profesiones intelectuales” de acuerdo con el pensamiento de Caro.

Así pues, la Constitución de 1886 nos envió como Nación a las garras de una ideología profundamente colonial, marcada por una organización social exclusiva y excluyente pensada para favorecer al clero, a las élites comerciantes, terratenientes y militares y figuras de abolengo que aún conservaban la tradición y la sangre azul de los regímenes nobiliarios. Por supuesto, las tensiones del siglo XX fueron violentas y profundamente descarnadas. Mientras gran parte del mundo se rebelaba contra el capitalismo y los sistemas feudales, Colombia seguía siendo profundamente reaccionaria y las élites encontraron entre sus propios empleados pobres y sus servidumbres sus más fuertes defensores, mientras que los campesinos y trabajadores empezaron a generar una identidad de clase pujando por condiciones más dignas para las clases menos favorecidas.

La violencia en el siglo XX fue inevitable en medio de esa tensión social y encontró su punto más álgido cuando fue asesinado el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948. Gaitán se perfilaba como seguro presidente para las elecciones de 1950. Los regímenes conservadores endurecieron su persecución en contra de los líderes y militantes liberales sobre todo en el campo y las guerrillas liberales se volvieron cada vez más cruentas y salvajes, degradando el conflicto a los límites de lo dantesco. Finalmente, fue un gobierno militar el llamado a organizar el caos y, a través de un acuerdo entre las élites conservadoras y liberales radicadas en Bogotá, se logró deponer al Presidente de turno elegido en 1950, el ultraconservador Laureano Gómez, para ceder el poder provisional al General Gustavo Rojas Pinilla. Sin embargo, el generalísimo se estaba amañando tanto en el poder que los cuadros del partido liberal y conservador, liderados por Alberto Lleras Camargo y el propio Laureano Gómez, decidieron en España una ingeniosa y equitativa forma para repartir el poder, la burocracia y el tiempo en el Gobierno a lo que bautizaron como “el Frente Nacional”. Las élites que se habían enfrentado desde el siglo XIX finalmente habían logrado concertar un acuerdo salomónico en 1958 para zanjar sus diferencias con la convicción absoluta de que la torta del poder alcanzaría para todos. Pero el mundo había cambiado.

Las luchas ya no eran ideológicas frente al confesionalismo o la secularización del Estado. Las luchas en el mundo estaban concentradas entre el sistema comunista y capitalista, unos liderados por la Unión Soviética y otros por los Estados Unidos en lo que se conoció a nivel mundial como “La guerra fría”. Los sectores populares que habían encontrado abrigo en el Partido Liberal se sintieron súbitamente huérfanos por cuenta del Frente Nacional y decidieron organizar sus propias guerrillas comunistas escondidas en el campo resistiendo la arremetida del establecimiento. La democracia les había cerrado la puerta en la cara por cuenta del Frente Nacional y prefirieron alzarse en armas animados por algunos triunfos revolucionarios en América Latina. Así, a mediados de los 60´s, surgieron las guerrillas de las FARC, el ELN y el EPL. Un poco más tarde, después de un fraude electoral que le robó las elecciones al general Rojas Pinilla ya de civil en un movimiento político popular llamado ANAPO, surgió el movimiento guerrillero M-19 evocando la fecha de ese fraude que se presentó el 19 de abril de 1970. Dicho fraude favoreció al candidato conservador Misael Pastrana, en una clara maniobra del entonces presidente Carlos Lleras Restrepo para forzar lo acordado en el Frente Nacional que establecía 16 años de alternancia del poder desde 1958 hasta 1974.

La historia más reciente del país y del mundo nos muestra cómo el comunismo se fue desgastando y desvaneciendo en un mundo eminentemente capitalista y nos demostró cómo esas pretensiones de igualdad resultaban ilusorias en un mundo naturalmente desigual. Además, los regímenes totalitarios del comunismo demostraron su ineficiencia para gobernar y destruyeron el sistema de clases sociales para dejar solo dos estratos claramente establecidos y divididos: La burocracia estatal rica y privilegiada y el resto del pueblo pobre y necesitado. En este contexto se fueron diluyendo las revoluciones y los grupos guerrilleros en el mundo que llegaron a acuerdos de paz con sus respectivos gobiernos en las décadas de los 80´s y 90´s o sencillamente fueron exterminados a través de la bota militar de dictaduras en todo el continente durante la década de los 60´s y los 70´s. En Colombia no fueron necesarias las dictaduras. Los gobiernos autoritarios eran elegidos en las urnas, como el de Julio César Turbay que estableció un régimen del terror a través del Estatuto de Seguridad que reprimía cualquier disidencia ideológica por intento de sospecha.

Pero a Colombia llegaría un elemento más que degradaría los conflictos ideológicos a su mínima expresión: El narcotráfico. El narcotráfico introdujo una cultura de dinero fácil, una vida fugaz, de un riesgo alto y de mucho poder. Pablo Escobar desde el comienzo de la década de los 80´s encarnó la tendencia de esta forma de vida fincada en la ilegalidad, las armas, la intimidación y el terrorismo. El narcotráfico pervirtió cualquier concepción ideológica del deber ser del país. Es una forma de vida sin ideología, sin más propósito que el hedonismo puro y una carencia absoluta de principios y valores. Lo más grave es que esta forma de pensar y de actuar permeó todos los estamentos sociales, incluso los más reaccionarios y los más revolucionarios. También logró someter al Estado a través de la intimidación, el soborno o la aniquilación de funcionarios públicos de todas las instituciones y ramas del poder público. Por eso contar la historia de Colombia desde los 90´s para acá es tan complejo. El narcotráfico desnaturalizó la lógica de los conflictos y logró que la degradación moral se escondiera bajo ropajes sofisticados de ideologías obsoletas. Además, el narcotráfico frustró la última oportunidad que tuvo Colombia de tener un bastión moral fuerte en la Presidencia cuando asesinó a Luis Carlos Galán.

Para nadie es un secreto que la guerrilla de las FARC se narcotizó y se convirtió en un grupo delincuencial muy bien organizado con cobertura en todo el territorio nacional cuya incursión en el negocio de las drogas le permitió sofisticar su maquinaria de terror por todo el país y mantener una lucha armada anacrónica, obsoleta y criminal.

Para nadie tampoco es un secreto que la némesis de las FARC, Álvaro Uribe Vélez, emergió en la vida política muy cerca de Pablo Escobar cuando fue director de la Aeronáutica Civil justo cuando los vuelos clandestinos del narcotráfico cundían los cielos colombianos de 1980 a 1982; y posteriormente, siendo alcalde de Medellín cuando Pablo Escobar incursionó en la filantropía a través de su programa “Medellín sin tugurios” en 1982, cargo del que fue destituido por el entonces presidente Belisario Betancur. Y para nadie es un secreto que su ascenso político lo logró de la mano de las fuerzas oscuras del paramilitarismo que se apoderaron del país con el discurso antisubversivo, subvencionados también con el negocio del narcotráfico.

Lo que ha pasado en este siglo XX es tan confuso como evidente para cada una de las personas que estén leyendo este texto.

Y aquí, justo en 2018 ad portas de unas elecciones presidenciales, en esa inercia histórica nos encontramos. Las FARC se desmovilizaron apelando a un discurso que ya nadie les cree lo que se vio reflejado en las elecciones legislativas con unas votaciones paupérrimas. Ahora se enfrentan a la total incertidumbre dependiendo de quién gane las próximas elecciones. Y el uribismo, que encarna esa colombianidad pujante y altanera del “vivo”, “el avispado”, “el putas”, “el duro” y “el astuto” se apresta para dar un nuevo golpe electoral a través del ungido de Uribe, de su habitáculo de carne y hueso adecuado para gobernar que tiene llamado Iván Duque, quien no sería más que un muchacho brillante forjándose una carrera política si no fuera por la mano providencial de Uribe que todo lo que promueve lo encumbra en un país idólatra y ávido de mesías y caudillos. O quizás, apelando a las inmensas maquinarias que aceitó durante siete años con recursos públicos, sea Germán Vargas Lleras el llamado a continuar con el legado dinástico de los poderosos en el país, lo que le corresponde por derecho propio gracias a su abuelo Carlos Lleras Restrepo, sí, el mismo que propició el fraude para no se quebrantara el orden impuesto por las élites con el Frente Nacional.

Mientras esto sucede en las fuerzas de la derecha recalcitrantes, las fuerzas disidentes o que podrían representar algún cambio se enfrentan entre sí, logrando esa fragmentación macabra que tanto celebran las élites mientras toman wiski en los clubes exclusivos de Bogotá haciendo las componendas de los próximos gobiernos porque el país les pertenece y nadie se pone de acuerdo para arrebatárselos.

En mi opinión, la suerte está echada. Nos aprestamos a 200 años más de corrupción e impunidad, a unas reformas del Estado que garanticen eternamente el dominio de las mismas élites y a ver una oposición rabiosa y fragmentada dando discursitos por acá y por allá pero incapaz de unirse para, por lo menos una vez, enfrentarse al establecimiento con posibilidades reales de llegar al poder.

La terquedad e intransigencia de la oposición para llegar a acuerdos y conciliar es su propio peor enemigo ante la habilidad y todas las condiciones favorables de unas élites que son absolutamente sagaces para controlar a las bases a través del miedo, el odio y las prebendas. Así llevamos 200 años de vida republicana. Y así nos esperan 200 años más. Es la inercia de nuestra historia.

Quizás en el siglo XXII logremos ponernos de acuerdo sobre nuestras diferencias del siglo XXI. Cuando ya sea inútil.

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Disfrute mucho leyendo el articulo, ideas claras y poco optimismo del futuro. Comparto la falta de confianza en el cambio, el Capitalismo manda. Me conmoví mucho con la marcha "March for Our Lives", organizada por estudiantes de escuela secundaria, pidiendo reforma en legislación de armas, en todo los Estados Unidos. A ver si estas próximas generaciones, se atreven a unirse, y empezar a generar el cambio. Muchas gracias Primo.

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