Dom, 01/02/2022 - 14:02

Cómo saber si somos lo que creemos ser y no lo que dicen que somos

Vengo del Metaverso y no hay mucho qué contar, la verdad, aunque sí mucho qué pensar, porque, aunque no nos lo digan al entrar, cuando ingresamos ya estamos saliendo de un metaverso, el que conocemos desde siempre, y esto bastaría para detener la maquinaria que somos como humanidad, pero no lo será, porque la misma maquinaria es caníbal y no quiere ni necesita que algo, alguien, ni siquiera ella misma, la detenga.

En el lugar de donde vengo no existe el tiempo, y eso sí que da para pensar en lo que somos cuando caducan las fuerzas, las células y la vida misma, que es, sin miramientos, en todo momento. Allí las cosas funcionan, o se ven funcionar, para ser preciso, como las vemos acá, en el metaverso de carne, fuego, piedra y hueso que nos tocó en suerte, pero tienen ciertas diferencias irreconciliables con lo que nos hizo humanos y nos trajo, pasos y pasos después, hasta aquí. Si rompo, por ejemplo, mi taza de tomar café, contra el suelo, mis pies no temen ni evaden el torrente caliente, así como mis manos, que en este lado del mundo sí se lanzarían prestas a alcanzarla antes de que se despedace o que rompa alguna parte del piso, no se inmutan en absoluto. De igual manera pasa con la limpieza, porque aquí, como sabemos, limpiar nuestros desastres es quizá una de las causas de mayor pérdida de energía y de vida, pero allí no, porque alguien o algo, sin importar nuestro nivel socioeconómico o educativo, viene y lo limpia sin que movamos un músculo. Y, aunque lo moviéramos, y fuéramos nosotros ese algo o ese alguien, la verdad hay que decirla, tampoco sería trabajo, porque allá, si hay algo que llama la atención de quienes entran y quieren quedarse perdidos allí, es que no importa lo que hagamos, porque ni nos cansa ni nos sobrecarga, no entra en nosotros como, por decir cualquier cosa, lo hace el tráfico de la hora pico de la ciudad al regresar a casa del trabajo. Allí, las cosas y las personas son seres inertes que viven, o sobreviven, digamos, para satisfacer lo que ese alguien que habita su cerebro quiere y necesita, o le parece, porque en todos lados hay antojos y gente malcriada. Allí, nos lo dicen justo al entrar, no entra la humanidad, sino todo lo demás, y fue justamente por eso que mi permanencia allí fue tan corta y lo primero que decidí hacer fue venir a contarlo, para que cada quien entre bajo su propio riesgo, o se quede a vivir allí, por qué no, si todos somos diferentes, como dice ese aforismo que es más famosos que yo, que soy su autor, es decir, iguales.

Yo también pensé lo mismo que están pensando casi todos ustedes, no lo puedo negar, pero el ofrecimiento, que incluía la publicación de toda mi obra sin preguntas de más si me quedaba un rato nada más, me bastó para dejarme llevar un paso más allá de lo que ustedes creen que soy, y un paso más cerca de lo que no sabía que soy, porque todos tenemos un precio, aunque no sepamos cuál es.

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