Sáb, 05/27/2017 - 11:15

Conversaciones con Dios

Primera Parte

Las redes sociales son la nueva “plaza pública” donde nos encontramos con el resto del mundo; habitamos sus “calles y esquinas” todos los días, y en ellas interactuamos con los demás.

Esas nuevas “plazas” han sido tomadas para las mismas viejas prácticas que hemos tenido durante siglos en las viejas esquinas físicas. En cualquier “esquina” de Facebook podemos encontrar el amor de nuestra vida, o un cartel en un “muro” con una oferta de empleo.

Respecto del tema que nos ocupa, en las redes encontramos a los proselitistas de todas las confesiones haciendo su tradicional trabajo de evangelización a los infieles para “salvar sus almas”, y se sigue repitiendo allí lo que advirtió Jesús hace casi 2.000 años: personas que supuestamente oran a Dios pero en realidad están haciendo discursos bonitos para que los demás les digan “qué bonito oras”.

Por supuesto, ellos no lo ven así y son sinceros cuando así obran, pero están pasando por alto una indicación CLARA Y PRECISA que dio Jesús respecto de la oración para poder hacer lo que en su mente resulta más satisfactorio, más gratificante para su Ego.

Dicen todos los predicadores (y es quizás una de las pocas cosas en que se ponen de acuerdo) que “el diablo es insidioso, y nos puede llevar al abismo haciéndonos creer que vamos hacia el cielo”.

Son muchas las confusiones que manejan los creyentes porque se siguen guiando por las tradiciones que crearon unos ciegos que se autoproclamaron guías de los demás, y es conocida la enseñanza de Jesús sobre lo que ocurre cuando un ciego guía a otro ciego.

Si en lugar de seguir repitiendo irreflexivamente, cada creyente SE TOMARA EN SERIO su fe, y aplicara tiempo y esfuerzo para escudriñar y entender lo que es verdad, para distinguir entre lo que es enseñanza de su Maestro y lo que es enseñanza de los hombres, se acabarían tantas confusiones y conductas equivocadas. Pero han dejado su propio criterio en manos de otros y muy cómodamente se limitan a hacer lo que esos otros les dicen, es decir, han entregado “su salvación personal” al arbitrio de otros que, por lo general, deciden arbitrariamente.

Para no extendernos en ejemplos de confusiones (como respetar más un templo de piedra construido por mano de hombre que el “templo de carne y hueso” que es su hermano y fue construido por Dios), haré un par de consideraciones sobre la oración (sin pretender con esto que tengo la verdad revelada, sino a modo de invitación a la reflexión).

Generalmente, la gente ora diciéndole a Dios lo que piensa y lo que siente (ya sea pidiendo o agradeciendo), y su orar es un MONÓLOGO que le da la sensación de haberse “comunicado” con Dios, a pesar de que no dejó tiempo alguno para “escuchar a Dios”. Sigue haciendo esto a pesar de que dice creer que Dios lo sabe todo (incluso conoce el futuro), lo cual indica en sana lógica que sería más conveniente ESCUCHAR AL QUE TODO LO SABE que insistir en llenarle los oídos con la palabrería humana. Jesús lo afirmó claramente en Mateo 6, 8: “No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.”

Son muchas las dificultades que atravesó el texto bíblico para llegar hasta nuestro idioma y nuestra comprensión actual del mundo (pasando por varias lenguas, muchas culturas, muchos traductores, muchos intereses “non santos”, y a lo largo de muchos siglos), así que resulta conveniente aplicar mucha sindéresis a la hora de sopesar cada asunto.

En sana lógica, la relación del hombre con Dios debería ser más de reverente escucha que de atrevida palabrería (mucho menos cuando se hace más para que oigan los demás hombres), debería ser un momento de quietud y recogimiento donde se acalle la bochinchera voz de la mente y se logre escuchar la voz del Padre, donde haya más una placidez emocional y energética que una dinámica actividad mental para armar un discurso bonito. Desde este enfoque no se debería “orar” (con su sentido de HABLAR) sino “escuchar” (con el sentido de PONER ATENCIÓN) a Dios.

El otro aspecto de la oración que quiero destacar es el de “entra en tu aposento, y cerrada la puerta” establece comunicación con Dios.

Alguna cristiana me dijo un día que no había entendido esa parte (y la encontraba inaplicable, porque su cuarto no tenía puerta) hasta que alguien le dijo que su aposento era su propio e íntimo Ser, esa chispa divina que se conserva pura e incorruptible en nuestro interior a pesar de todas nuestras perversiones, y que cerrar la puerta era quitar la atención de todo lo externo a esa esencia divina.

Frente a esta mirada, ¿cómo quedan los rezos lanzados a las cuatro esquinas del mundo a través de las redes? ¿Esto es orar?

Con una lógica simplista, la gente dice que Dios no tiene Facebook, pero hay razones mucho más poderosas, más profundas, para revisar lo que nos han enseñado a hacer. ¿De verdad se está orando a Dios con tantas publicaciones que lo mencionan, o se está granjeando una buena opinión entre los que alaban esas oraciones “tan bonitas”? ¿Se está orando a Dios, o engrandeciendo el Ego personal?

Resultaría interesante observar desde este enfoque el Padre Nuestro, pero nos tocará dejarlo para la próxima columna.

Namasté.

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