Sáb, 06/03/2017 - 07:36

Conversaciones “con Dios”

Segunda Parte

Las religiones están fundamentadas en la fe. Los creyentes se llaman así justamente porque creen, no porque saben. Hay muchos puntos de su doctrina que no logran entender, pero los aceptan como ciertos por la autoridad de quienes los presentan como palabra de Dios, o del Profeta, etc. Y ante las inevitables dudas que con pertinaz frecuencia aparecen, la solución ofrecida es “ore y pida más fe”.

El texto que ahora se conoce como la Biblia nos presenta en Español unos relatos que fueron traducidos del Griego antiguo, y fueron escritos en este idioma traduciendo lo que había dicho Jesús en Arameo (hasta donde tengo entendido), y se hizo varias décadas después de que Jesús había partido y por personas que ni lo conocieron, a excepción de Juan. Pasando por alto detalles técnicos lingüísticos, lo que me interesa resaltar es que ha sufrido varios pasos de una lengua a otra, con el riesgo que cada paso conlleva de que el sentido original se desvirtúe; pero, además, ha pasado por varias épocas muy distantes en el tiempo, y por muchas culturas con marcadas diferencias en sus patrones de pensamiento sobre asuntos fundamentales de la vida. Si hoy vemos en el Medio Oriente posturas tan profundamente machistas en la relación hombre-mujer, ¿cómo sería hace 2.000 años?, por considerar apenas un elemento.

Así que siempre asumo con cierta prudencia lo que dicen los textos bíblicos, sobre todo cuando tropiezo con aparentes contradicciones. Para concretar, miremos un par de detalles respecto del Padre Nuestro, como habíamos anunciado la semana pasada.

Acaba Jesús de decirles, en el verso 7 del capítulo 6 del evangelio de Mateo, que “no usen vanas repeticiones”, y en el verso 9 les da una fórmula para que la repitan. Hoy se repite tan mecánicamente que ya casi nadie piensa en el sentido de lo que está diciendo. A mí esto me causa desazón, me deja la sospecha de que en algún punto de la historia un hombre interesado metió la mano para cambiar lo que en esa ocasión dijo Jesús. Por supuesto, no puedo aportar pruebas de ello, pero me resulta muy extraño que un Maestro Espiritual de tan elevada condición, que se reconoce como “Uno con el Padre”, hubiera caído en esa evidente contradicción.

Por otra parte, al final de la fórmula entregada aparece una condición que juega en contra del creyente, porque condiciona el perdón de sus propios pecados al hecho de que él logre perdonar los que sus congéneres cometan contra él. Pues ahí perdemos todos, porque lo que muestra la evidencia es que arrastramos durante décadas los resentimientos contra quien nos ofendió de algún modo. Dice el antiguo chiste que un cura perdona cualquier ofensa que uno le haga a Dios, pero ninguna que uno le haga al cura mismo.

Esta condición, además, iría en contra de otra doctrina cristiana que postula que la salvación es por Gracia, no por obras, que ningún humano es tan puro como para ganar el cielo por sus propios méritos, así que le es regalada la salvación por pura Misericordia. Pero en la oración supuestamente enseñada por Jesús se está pidiendo que el perdón de los pecados (condición para la salvación) sea concedido porque se logró perdonando los de los demás a uno mismo, es decir, no se necesitó la Misericordia, la Gracia, se logró por mérito propio.

Ruego que no se ofendan, pues mi propósito es solamente compartir algunas reflexiones sobre estos textos, pero siempre me ha parecido que también ahí hubo una mano que torció el sentido original de lo dicho. Recordemos los eventos que hacia el siglo cuarto dieron origen a la Iglesia que hoy se conoce, las decisiones que tomaron en el ámbito religioso los emperadores mismos, en ocasiones enfrentados directamente a los obispos y procediendo por la fuerza contra ellos para lograr imponer su propia interpretación de la doctrina.

Me parece que tendría más sentido lógico una frase como “concédenos el perdón de nuestras deudas, así como perdonar también a nuestros deudores”, es decir, no solamente perdóname lo mío sino dame capacidad para perdonar lo de los demás. Esto tiene más coherencia con el ideal cristiano de amar al enemigo, de buscar la mansedumbre que permite aceptar al hermano con sus errores y amarlo a pesar de ellos, con todo y ellos. Y se sigue en el camino de la Gracia, de la Misericordia, no del logro de la salvación por méritos propios. No habría la contradicción que mostré antes.

Pero voy un poco más allá. Si la comunicación con Dios debería estar más en la línea de una atención callada y reverente ante su presencia, que por la línea de una palabrería que le diga lo que él ya conoce, el Padre Nuestro que enseñó Jesús debió estar más por la descripción de ciertas actitudes deseables, convenientes, con las cuales “entrar en tu aposento y cerrar la puerta para escuchar a Dios”, actitudes como la de reconocer que él es Padre, que su nombre es santo (tanto que en muchas doctrinas no se debe pronunciar, o se desconoce), que se anhela su presencia total en nuestras vidas, que se somete la vida propia a su santa voluntad, que se desea tener capacidad para perdonar, que no se desea pecar, etc.

Esos serían elementos de una actitud adecuada al colocarse en atención reverente ante la presencia divina, generarían un estado anímico y mental muy conveniente para lograr escuchar la voz de Dios, recibir su Gracia y avanzar en la superación de todas nuestras taras tan poco cristianas, y no se requeriría la “vana repetición”, la palabrería que solo busca la aprobación de los demás humanos. Esa actitud sería idónea para entrar al aposento íntimo de su ser interior, cerrar la puerta al mundo externo y escuchar al Padre en lo secreto.

Pero quizás alguien muy erudito necesitó verbalizarlo para que todos pudieran repetirlo. Y cambió un camino espiritual por una nueva religión.

Namasté.

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