Dom, 09/25/2022 - 08:57

Cosas que tienen personas que son cosas

Cuando nos preguntamos qué tenemos, o qué nos pertenece, según como se nos ocurra ver el mundo, solemos hablar de las cosas que se encuentran en nuestras casas, en nuestros escritorios, en nuestros cajones o bolsillos, o sobre nuestros cuerpos, para no ir tan lejos.

Pero, si lo pensamos un poco mejor, sólo un poco mejor, podríamos decir que todo lo que tenemos es lo que nos permiten tener los demás. Me refiero al tiempo y la vida que nos dan los demás cuando voltean a vernos, cuando nos prestan atención, cuando nos escuchan, cuando nos regalan parte de su ser. Y, cómo se preguntan ya muchos de ustedes, hablo de esto, porque hace unos días, cuando caminaba de regreso a mi casa, en medio de ese día gris y lluvioso tan característico de mi ciudad, que tiene sus nubes propias, una señora que se resguardaba bajo unos cartones viejos y un techo improvisado, me dijo que me regalaba ese cielo hermoso que nos acompaña en ese instante. Yo, como suelo hacer con las personas que me sorprenden de forma grata, pero, sobre todo, de forma creativa, le respondí con una sonrisa y continué. El caso es que, luego de dar unos diez o quince pasos, pensé, y me pregunté por qué esa señora me había dicho que me regalaba ese cielo hermoso si está bajo la lluvia, bajo unos cartones mojados que, seguramente, estaban mojando su ropa y su piel y yo, que iba caminando con toda mi ropa seca, salvo algunas salpicaduras insignificantes, no le había regalado algo en forma de agradecimiento. Entonces, me regresé y le pregunté si me permitía regalarle algo que llevaba en mi maleta. La señora, sonriente, me dijo que sí, que los regalos no se deben rechazar. Acto seguido, saqué de mi maleta el libro que siempre llevo conmigo, por si me agarra el fin del mundo. En esa oportunidad se trataba de un libro de poesía que hablaba y contaba sobre la vida en la Amazonía. Cuando se lo di, y mientras ella lo recibió con una sonrisa más grande que la mía, como la que yo puse cuando ella me regaló el cielo, no le dije, y tampoco le pienso decir, y espero que no se entere por alguno de ustedes, que ese es uno de mis libros preferidos de toda la literatura universal. Y, aunque creo que ya no puedo conseguirlo, porque estará descatalogado, como buen libro de poesía, cada vez que esa mujer, bajo un cielo hermoso o bajo un cielo horrible, oscuro, hostil o cruel lo lea, yo también lo estaré leyendo.

Por eso vine a hablar hoy de lo que tenemos y de esas cosas que nos tienen, además. Sin embargo, que cada quien haga con su vida lo que crea que es su vida, porque de eso se trata la vida, pero yo, y de eso se trata la mía, les cuento que luego de esa experiencia tomé la decisión de deshacerme de casi todas las cosas que poseía en mi casa.

Justamente eso que me quiere preguntar, señor, es lo que voy a decir. El resto de libros que reposan en mi casa sin que yo los voltee a ver por días, semanas, meses o años, también tendrán un destino, también serán regalados, porque si los tengo y ellos no me tienen, en realidad no tengo nada. Prefiero regalárselos a alguien que los tenga y que ellos, los libros, tengan a ese alguien.

 

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