Dom, 11/13/2022 - 09:24

Cuanto tenemos parecería ser cuanto valemos, pero no

Es bastante común que alguien que hable ante cualquier audiencia, antes de ingresar, sienta algo de nervios, miedo, quizás arrepentimiento, por qué no, si se nos ha repetido una infinidad de veces.

Y de igual manera sucede con quienes asisten a que alguien les diga algo, les transmita un mensaje o les haga partícipes de alguna experiencia; sufren estos nervios o estos cambios emocionales previos al evento. Empiezo con esto porque, como saben, y sin ahondar más en el proceso, puedo leer la mente de quienes asisten a mis conferencias, y me enteré, hace diez segundos, justo antes de empezar a hablar de otra cosa que venía a hablar, de que alguien aquí presente, que, por supuesto, no voy a mencionar ni a señalar, sintió deseos de subir a esta tarima a decirme cuatro, o quizás cinco, porque una de ellas era muy grande, verdades en la cara, con el micrófono completamente abierto, para que todos los aquí presentes lo oyeran. Y claro que, si yo quisiera, podría decir lo que esa persona me iba a decir, porque también, al leer su mente, puedo leer lo que su mente piensa, digamos, aunque sea en silencio, pero no es necesario, no hace falta citar o mencionar aquello, porque es justamente de lo que vine a hablar y que, ahora mismo, empiezo.

Quienes son los encargados de representar, o de ser la voz de otros, suelen ser personas que el público, o la audiencia en general, aleja o quizás extrae de ese grupo heterogéneo y más bien infinito y maculado llamado humanidad. Es decir, solemos pensar que quien nos habla desde un púlpito, una tarima, un micrófono, una columna de opinión, un libro o una pantalla de televisión tiene alguna especie de conocimiento, o sabe algo y puede hacer algo que nosotros no. Pero, si lo pensamos un par de minutos, nada más, o unos segundos, para los más los más rápidos, llegaremos a la conclusión de que apenas son como todos los demás simios entrenados, o simios que tienen la memoria más desarrollada y que obedecen en el momento adecuado. Y sí, por supuesto, uno de esos simios soy yo, ahora mismo, mientras digo esto que viene a decir en el lugar en el que me asignaron para decirlo y, bajo ningún pretexto, sin exceder la cantidad de palabras que me indicaron. Así que, valga esto como confesión, de parte de un simio entrenado, o un simio controlado, para que ustedes decidan qué hacer verdaderamente con lo que yo les vengo a decir. Ya, con esto, tendrán las herramientas necesarias para rechazar, aceptar, hacer una receta, guardar en un cajón, lanzársela a un vehículo que vaya pasando con exceso de velocidad o guardarla en un bolsillo, por si un vagabundo les pide algo supuestamente de valor.

Porque eso, justamente persona sin identificar que quiso subir aquí a gritarme unas cuantas verdades en la cara es lo que decimos: algo que podría ser de valor, o que podría no serlo, y que, sin embargo, siempre valdrá y costará algo.

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