Vie, 09/27/2019 - 08:21

Dachau

En mis vacaciones he podido “disfrutar” de un pequeño viaje por la Segunda Guerra Mundial. La historia reflejada por lo que dejamos como testimonio. La memoria necesita ser alimentada por el testimonio de lo que queda. Dachau se nos ofrece así como una ventana alejada a lo que fue un campo nazi de la segunda guerra mundial.

De forma estremecedora recorres la exposición que recuerda lo que ocurrió, que muestra ese tozo de la historia a quién no la conoce y que te ofrece recordar esa realidad. Avanzas por los pasillos, entre imágenes, mapas, titulares de periódicos, pertenencias, carnet, muestras de una época que únicamente has visto por documentales y películas. Atravesar la pantalla supone cierta audacia emocional, ya que más allá de una pantalla todo parece más real. Tras la exposición que te introduce, te vas a chocar con la realidad. Vas a subir los peldaños e introducirte donde vivieron esas personas, en sus literas, sus baños, sus duchas paseando por lo que comenzó siendo un campo de trabajo para acabar siendo un campo menor de muerte.

No nos cofundamos, Dachau no era un campo de exterminio, era un campo de trabajo. Allí se encerraban a personas de diferente religión, nacionalidad, etc… con el nexo común de no ser aceptadas por el nazismo. Todas esas personas iban allí a trabajar, a producir para una maquinaria de guerra que necesitaba mucho, porque consumía demasiado. Al comienzo estaba todo controlado y las fábricas al fondo eran alimentadas por personas que malvivían. Pero se les fue de las manos y cada vez entraban más personas. Entonces los medios para ellas eran menos, las enfermedades comenzaron a aparecer convirtiéndose en pequeñas epidemias, las condiciones cada vez más deficitarias, pero nada iba a mejorar ya que el peor punto de Dachau y quizás por eso se trataba de un monstruo peor que un campo de exterminio, fue el uso de esas personas como ratones de laboratorio.

Ante toda esa barbarie nos encontramos allí, en pleno corazón de Alemania contemplando un trozo de historia que debería rompernos el corazón.

Nos debería romper el corazón sobre todo la parte final de la visita, donde además de ver los monumentos a los diferentes caídos, atraviesas un idílico puente y un pequeño jardín asalvajado para encontrarte con una de las cámaras de incineración. Recorres las salas donde se desvestían, les agolpaban justo entonces te introducías en una sala diferente con techos más bajos y salidas como de aire en el techo. Era allí donde sucedía, era una cámara de gas. En mitad de esa habitación al darte cuenta el aire se vuelve raro como más cargado, sigues avanzando y encuentras los hornos crematorios. La escalofriante muerte que está como pegada a las paredes, pese a que nada rezuma suciedad pero rezuma historia.

Pero mientras la historia nos enseña a todos esos fantasmas deambulando por lugares de la historia, los visitantes se hacen selfies sonriendo, se preocupan solamente por la foto, los grupos se estudiantes adolescentes Mirna sus móviles y se ríen: aquello les da realmente igual.

Y vivimos en esa sociedad sin memoria, ni sentimientos que no siente nada en lugar así, no siente nada más allá del mejor ángulo para salir en Instagram.

Mientras en la puerta de Dachau (que es una copia ya que la original no se encuentra allí) aún se puede leer: “Arbeit macht frei” (El trabajo libera)

Añadir nuevo comentario