Mié, 01/30/2019 - 14:08
Foto: colombia.com

De libretista a genio

Cada noche la cita fue frente a la pantalla del televisor. Cada noche, con mis padres y hermanos, nos reunimos con Teresa Suárez para escucharla cantar a todo pulmón: "Gaviota que ve a lo lejos vuela muy alto". Recuerdo que fue en unas vacaciones, cuando yo estudiaba en la universidad, la época en que los colombianos fuimos atrapados por la imagen de una hermosa mujer de pelo crespo que recorría los cafetales colombianos mientras se robaba el corazón de Sebastián Vallejo. Hoy, 25 años después, volvería a ver Café, con aroma de mujer.

Aprendí a ver telenovelas siendo tan niño, que no recuerdo cómo ni por qué. Lo que si puedo asegurar, sin lugar a dudas, es que desde entonces, en Latinoamérica, mucho ha cambiado en ese aspecto. Antes las grandes producciones era venezolanas, como Topacio, protagonizada por Grecia Colmenares y Víctor Cámara; o mexicanas como Rosa Salvaje con Verónica Castro y Guillermo Capetillo en los papeles estelares.

Con el tiempo las novelas colombianas llegaron a tener tal nivel de producción, que era muy complejo igualar sus estándares de calidad. Y desde entonces uno de los nombres que más se ha escuchado en ese medio tan exigente ha sido el de Fernando Gaitán. Al comienzo, su imagen pasaba desapercibida, pero llegó a tener tanto éxito que en la calle podía ser reconocido y tratado como cualquiera de sus famosos protagonistas.

Como olvidar Azucar, Laura por favor, Guajira, Francisco el Matemático, y muchas más. Cada una mejor que la anterior. Su nombre era sinónimo de rating y eso en la televisión vale oro. Pero si Fernando Gaitán había logrado reconocimiento internacional con Café, su consolidación como uno de los grandes del mundo llego en 1999 con Yo soy Betty, la fea; considerada la novela de televisión más exitosa en la historia, transmitida en 125 países y doblada en 25 idiomas.

Años después repetiría su fórmula de hacer reír con Hasta que la plata nos separe. En un mundo tan competitivo como el de la televisión, en donde la violencia es el pan de cada día para ganar más y más televidentes, Gaitán le apostó a la vida cotidiana, a las historias humanas, a la realidad de su país, ese que hoy lo despide con dolor. Cambió las balas por las risas y a las mujeres voluptuosas y exhibidoras por la reales de carne y hueso. No necesitó mafiosos ni sicarios para que los colombianos lo siguiéramos noche tras noche.

He visto tantas novelas desde niño que hoy me duele saber que murió ese hombre que tantas veces me crucé en los pasillos del Canal RCN. Ese hombre que con una sonrisa y un cigarrillo en la mano saludaba afectuosamente a todos los que se cruzaban en su camino. Y todos lo mirábamos como lo que era él: un genio.

Siempre he pensado que el éxito no se mide en dinero, ni en cargos públicos, ni en ser el más reconocido por la gente. No. El éxito, desde mi forma de ver la vida, se mide desde la forma en que positivamente se logra impactar y cambiar la vida de más seres humanos. Eso fue Fernando Gaitán. Se fue un gran hombre y con su partida nace una leyenda. Aunque todos vamos a morir, hoy lo que duele es que nos haya dejado tan pronto, cuando todavía podríamos haberlo disfrutado mucho más.

Paz en su tumba, MAESTRO.

En Twitter e Instagram: @JCAguiarNews

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