Sáb, 02/25/2017 - 09:54

¿De qué estamos hablando?

Hace unos 30 años se presentó una coincidencia en mis conversaciones con un amigo: A lo largo de varios días, todas las veces que nos encontrábamos yo le contaba algún chiste en el que se hacía burla de los boyacenses. Y les juro que yo no era consciente de que todos iban por el mismo rumbo; simplemente, salían así.

Quien sí se había dado cuenta era mi amigo, porque él era nativo de Boyacá, y seguramente desde el primer chiste se sintió incómodo con el tinte regionalista. Cuando ya había acumulado algunos, me reclamó. Yo le juré que no tenía intención alguna de molestarlo, que no me había dado cuenta de la coincidencia, y nos despedimos entre incómodos y disculpados.

Al día siguiente lo vi venir y quise congraciarme con él contándole un chiste diferente. Tan pronto nos saludamos, le dije:

—Le tengo un chiste de pastusos…

—¡Eso sí! Échelo… —me contestó sonriente.

—¿Cómo sabe usted que hay un pastuso en una gallera…? —Hizo cara de no saber- ¡Porque lleva a pelear un pato!

El hombre rió con gusto, relajado, reconciliado por fin conmigo. Entonces recordé que había una segunda parte, y por respeto al chiste, por la compulsión del payaso a hacer reír por encima de cualquiera otra consideración, se la dije.

—¿Y cómo sabe que hay un boyacense en la gallera…? —La sonrisa se borró de su rostro, el gesto se le ensombreció, y volvió a negar saber, pero ya molesto- ¡Porque le apuesta al pato!

¡Juro por lo más sagrado que no fue una emboscada, que solo hasta ese momento recordé que había esa segunda parte! Por supuesto, debí callarme y dejarlo riendo contento a costa de los pastusos, pero en ese tiempo yo era más imprudente que ahora… ¡Obvio, era mucho más joven!

Mi amigo dio media vuelta y se alejó muy disgustado, con lo cual se perdió de conocer la tercera parte, que no era regionalista y reivindicaba el chiste como filosófico.

¿Y a qué viene el cuento, se preguntará usted?

Resulta que a todos nos ocurre algo similar. Tenemos un tema que nos ocupa la mente todo el tiempo, un asunto que se impone sobre todos los demás que aparecen a diario en nuestras vidas, algo a lo que volvemos una y otra vez a lo largo del día.

Ese asunto aparece de repente en cualquier conversación que tengamos, se atraviesa aunque lo que nos están diciendo no tenga qué ver con ello. Si hablamos más de 15 minutos con alguien, el bendito tema aparece y nos damos maña para presentarlo al otro. Todo lo que hablamos está contaminado por eso que ocupa nuestra mente.

Revisando el asunto de los chistes a mi amigo, es posible que subconscientemente yo sí quisiera molestarlo con mis chistes, pero no me daba cuenta de ello. Si se daba el caso, sería por algo.

Muchas conversaciones se dañan porque alguien mete ruido en la misma, mete asuntos que no corresponden con lo que se quiere discutir, con lo que se planteó inicialmente.

Observe usted con atención los hilos de pensamiento de las personas, expresados naturalmente en su conversación espontánea. Si espera unos 15 minutos, verá asomar la nariz de lo que ocupa la mente de los demás. Si está hablando con una persona muy religiosa, por cualquier cosa citará una enseñanza de la biblia o algo que dijo el cura; si está hablando con alguien a quien le preocupa mucho la política, enfocará lo que se habla desde la responsabilidad que los gobernantes tienen en eso; si es alguien muy lujurioso, pronto aparecerá la alusión sexual, así sea en un chiste; y así…

Muchas veces decimos que es una suerte que los pensamientos sean secretos, pero la verdad es que no lo son. Todo el tiempo los estamos exponiendo, con palabras, con gestos, con miradas, con lo que escogemos… Otra cosa es que muchos no se den cuenta, pero siempre estamos gritando lo que pensamos.

Así que, para tener una conversación organizada y productiva, es importante prestar atención a lo que se está tratando y no meterle ruido con otros asuntos irrelevantes. Presentar temas ajenos termina por enredar, y se pasa el tiempo sin entender siquiera qué se está discutiendo.

Observe atentamente qué asunto irrelevante introduce alguien, identifíquelo expresamente como algo que se puede discutir en otro momento y vuelva a llevar la discusión al tema prioritario que se planteó. Ahora bien, si lo planteado por otro es más urgente o importante, declare que se abandona el primero y enfóquense en el nuevo; así se obtendrá avance en éste y se llegará a algún resultado productivo para todos.

Por supuesto, el primer filtro debe aplicárselo usted mismo, observando atentamente si lo que va a decir tiene que ver directamente con lo que se está discutiendo, y el segundo filtro será para impedir que a otras personas se les “chispotié” un asunto diferente que vaya a meter ruido en la conversa.

La pregunta que se debería tener presente todo el tiempo, sería: “¿De qué estamos hablando?” Así se reconoce lo que es apropiado decir y lo que no.

Y como yo también leo los pensamientos, me doy cuenta de que usted se está preguntando por la tercera parte del chiste, así que se la digo.

—¿Y cómo sabe que hay mafia en la gallera? ¡Porque gana el pato!

Y si logró descifrar de qué estuve hablando en esta columna, le ruego que me lo cuente en los comentarios. smiley 

Namasté.

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