Sáb, 06/10/2017 - 05:49

¿Diálogo entre desiguales?

¿Es posible establecer un verdadero diálogo entre dos partes que no se consideran iguales en autoridad, dignidad o poder?

A raíz del video cuya dirección refiero (https://m.youtube.com/watch?v=qul83N9QV-s ), en el que un habitante de Buenaventura, Isaías Fuentes, reclama en tono vehemente al Ministro del Interior, Guillermo Rivera Flórez, por el tratamiento de fuerza desmedida que le aplica el gobierno, a través del ESMAD, al paro cívico que se realiza en esa ciudad desde hace varios días, surgen preguntas pertinentes sobre estas supuestas “mesas de diálogo” que montan los gobiernos cada vez que la sumisión del pueblo no resiste más y aparece la protesta callejera.

Para contextualizar el análisis es necesario anotar que es repetitivo el proceso de formación y tratamiento de estas protestas callejeras. Con 10.000 justificaciones endebles los gobernantes dejan de cumplir sus obligaciones con alguna región o algún sector de la población, y dan prioridad a los programas que cada administración quiere realizar; los problemas de esa región o segmento social se agudizan, y la gente afectada empieza a solicitar, por escrito y con padrinos, que se solucionen sus problemas; pasan los meses y los años sin que el gobierno atienda sus quejas; la gente se cansa y sale a la calle a protestar; el gobierno sale a los medios a decir que esa no es la forma de arreglar las cosas, que siempre ha estado dispuesto al diálogo, y que no hablará con los líderes si no levantan el paro, pues no se someterá a la presión de los quejosos; la gente dice que seguirá protestando porque llevan años rogando que los escuchen, sin éxito; el gobierno envía a los policías más insensibles e insensatos para que aporreen y maten a sus vecinos, amigos, familiares, colegas de desgracia; por la fuerza de la imagen nacional e internacional, el gobierno envía a unos delegados para que “dialoguen” con la gente que protesta y encuentren soluciones; se firman acuerdos a corto, mediano y largo plazo, y la gente vuelve a sus casas; se aplican algunos paños de agua tibia al problema y luego se abandona el asunto con promesas de “espéreme tantico que ya seguimos”; vuelve a pasar el tiempo y los problemas vuelven a crecer, y la gente se siente “conejeada”, y el ciclo se reinicia.

En el video referido se nota que el ministro aguanta con estoicismo la parrafada que le suelta el líder cívico, y tan pronto éste se calla, en lugar de responder a alguno de sus reclamos, se retira sin hacer declaraciones a los medios allí reunidos. ¿Eso es diálogo?

¿Qué estaría pensando el ministro mientras el reclamante hablaba? ¿Que tenía que aguantarse ese chicharrón porque allí había prensa y le quedaba mal darle la espalda sin escucharlo? ¿Que era muy inocente el ciudadano al creer que su elocuencia serviría para solucionar algo que ya está libreteado en el “Manual de Cómo Disolver Paros sin Satisfacer los Reclamos Ciudadanos”? ¿Que era tan tonto como para pensar que en verdad lo estaba oyendo o que tenía algún valor lo que él pudiera decir?

Evidentemente, todo lo que dijo el ciudadano no sirvió para nada, pues ni siquiera lo tomó en consideración el ministro. ¿Ocurre igual con lo que se argumenta en la “mesa de diálogo”? ¿Qué es lo que hace que un diálogo sea real o aparente?

Los expertos en negociaciones saben que lo primero que deben lograr, antes de sentarse a hablar, es conseguir una posición de poder que les permita pujar con fuerza y obtener réditos en la discusión. Si no se tiene esa fuerza para negociar, es un error sentarse a tratar el asunto.

En el caso de las protestas ciudadanas, la fuerza de negociación la da precisamente el malestar que causa la presencia de miles de personas en las calles. Treinta serán tratados como delincuentes, pero no puede decir el gobierno que 30.000 son delincuentes, así que se siente obligado a sentarse para dar la apariencia de que tiene talante democrático. Pero lo hace a regañadientes.

En el caso de la negociación con las FARC, la fuerza de negociación de este grupo la daba el inmenso malestar que habían producido sus décadas de acciones armadas, hasta el punto de que el país entero estaba cansado; otra cosa es la división existente respecto del modo de solucionar el problema.

El punto que me interesa atender ahora es: ¿Cuál es la actitud que tiene cada parte de la negociación frente a las tesis de la otra? ¿Las escucha con respeto, con deseos de contribuir a encontrar soluciones a lo que plantea? O, por el contrario, ¿las escucha buscando cómo encontrar fisuras para escabullirse por allí, sin entregar demasiado y logrando la máxima ventaja para sí misma? ¿Va el gobierno a escuchar reclamos y buscar soluciones a los mismos, o su único interés es desactivar el paro con un nuevo subterfugio, como el de las negociaciones anteriores (que tampoco se cumplieron)?

Como sólo podemos actuar “en nuestro metro cuadrado”, traigo estas consideraciones al plano personal. ¿Cómo negocia usted con quienes tiene intereses encontrados? Esto aplica para sus “transacciones” con familiares, amigos, vecinos, clientes, etc., y vale para todo tipo de temas y situaciones. ¿Asume usted una “negociación” particular suya con la actitud de que quien está enfrente es alguien similar a usted, o lo mira por encima del hombro? ¿Tiene usted negociaciones desde una postura “horizontal”, o “vertical”?

Si la negociación se asume en pronunciada desigualdad entre las partes (como cuando usted va a “negociar” un crédito con un banco), eso está más cerca de un sometimiento que de un diálogo, pues una parte impone y la otra solo puede resignarse.

Un verdadero diálogo solo puede darse entre pares, entre personas que se consideran, se sienten y se asumen mutuamente al mismo nivel de dignidad, autoridad, poder. Téngalo presente la próxima vez que quiera dialogar.

Namasté.

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