Jue, 09/03/2020 - 09:49

Diego

En Marzo del año 2020 Diego fue a la frutería como cada semana en busca de las manzanas que tanto le gustaban, los kiwis que le había recomendado el médico de cabecera y las verduras que por fin se estaba acostumbrando a comer.

Fue finalmente por la tarde, tras la siesta de después de comer. Aquella mañana la partida de cartas se había alargado demasiado. Tuvo que darse toda la prisa que pudo para ir a recoger a su nieto al colegio. En casa esperaba su esposa que le regañaba por la tardanza.

Mientras comían, de fondo en las noticias de la televisión hablaban de una nueva gripe que no sonaba a nada importante. Allá a lo lejos, en China, en Italia… eso no podía pasar aquí. Decían algo de hospitales llenos, de médicos asustados. Él estaba tranquilo, hacía un par de días había estado recogiendo sus medicamentos y su médico de cabecera no parecía preocupado.

Así que Diego, después de la siesta dejó a su nieto con su nuera y con la lista en la mano con los encargos de su mujer, iba tranquilo a llenar el carrito.

Allí no se hablaba de la nueva gripe mientras hacía la cola, cuando de pronto un bebé tosió y la madre algo apurada explicó que tenía anginas. Todos reían y no comprendían porque la madre se justificaba de aquella manera. Entonces la chica que atendía a Diego, a la que conocía de toda la vida, afirmó que unas horas antes había ido al hospital a ingresar a su madre por la gripe. La despreocupación de la muchacha era apoteósica, mientras seguía pesando frutas con las manos desnudas, sin mascarillas y hablándote a unos pocos centímetros.

Fueron cinco días, exactamente la tarde-noche del domingo, tras la pesada comida familiar de turno, cuando empezó a encontrarse mal.

Estaré incubando algo, le dijo a su mujer. Desde que su nieto había empezado el colegio, numerosos eran los virus que habían pasado por ellos. Cuando se despertó, no podía respirar, sintió el pavor, la fiebre, su hijo llevándole a urgencias, las esperas, la camilla, las enfermeras, los tubos, una especie de neblina. Meses anulados en su memoria y pasados en la soledad de una UCI.

Al abrir los ojos, finalmente consciente, le dijeron n que aún le quedaba bastante tiempo allí. Habían pasado cuatro meses, por fin le bajaban a planta y le sacaban de la UCI. Todos le recibían con aplausos, veía de fondo alguien grabándole en bata, en su camilla. Los médicos le indicaron que había tenido esa gripe nueva rara. Le fueron contando la gravedad del asunto, los meses todos en casa. Pero nadie le contó que muchos habían muerto por falta de sitio en el hospital, porque él ocupaba una cama durante mucho tiempo. Nadie le contó el precio de los muertos y el precio de su vida. Tras rehabilitación y recuperación, pudo salir a su hogar, con su mujer, su nieto y una nueva realidad que empezaba a aceptar.

En esta segunda ola del COVID, habrá Diegos que ya no volverán a sus casas hasta Navidad.

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