Sáb, 07/15/2017 - 13:12

Discutir desde distintas Bases de Autoridad

La semana anterior hablamos sobre la aceptación de una afirmación por la simple “autoridad” que se le reconoce a quien la dice. ¿Y qué ocurre cuando cada parte tiene el respaldo de una autoridad diferente?

El asunto de la autoridad de quien afirma algo tiene un sesgo riesgoso, consistente en que se usa la autoridad que alguien tiene sobre un campo del conocimiento para hacerla valer sobre cualquier otro campo. Por ejemplo, el caso de Albert Einstein, quien fue una autoridad indudable en asuntos de Física y quien ahora se usa para sustentar afirmaciones sobre cualquier otro asunto, sin tomar en cuenta que el hecho de ser genio en un área no lo hace genio o erudito en cualquiera otra.

Un caso muy cotidiano se presenta en discusiones sobre asuntos que mezclan lo laico con lo religioso. Tomemos como ejemplo el matrimonio entre parejas del mismo sexo.

Para quienes quieren que la vida de los ciudadanos se rija por la Constitución y las leyes de los hombres, dado que nos encontramos en un Estado que ha sido declarado Laico por las autoridades que nos rigen (como la Corte Constitucional, a pesar de que al comienzo de la Constitución se invoque a un Dios), para esos laicistas, digo, no se debe mezclar en el tema del matrimonio homosexual lo que diga la Biblia respecto de tales relaciones, sino que se deben considerar otros aspectos de la misma sociedad.

Sin embargo, para los seguidores de una religión este asunto resulta ofensivo a sus creencias, dado que en su libro sagrado se condena este tipo de prácticas homosexuales y se consideran abominación ante su Dios. Al sentirse escandalizados por la posibilidad de que la ley autorice el matrimonio civil entre homosexuales (incluyo aquí todas las variantes de preferencia sexual diferentes a la tradicional, por razones de economía), quieren ejercer presión sobre las autoridades civiles para que no se apruebe tal matrimonio. Y aquí surge el conflicto que nos interesa considerar.

Al parecer, el conflicto tiene fundamento en el uso de la palabra “matrimonio”, pues los religiosos desean conservar la exclusividad de uso sobre la misma para las parejas hombre-mujer, y los laicistas la quieren usar también para las parejas homosexuales, alegando derecho a la igualdad ante la ley y dado que sería un “matrimonio civil”. Es posible que el asunto termine dirimiéndose aplicando toda una taxonomía, con palabras diferentes para cada combinación posible de parejas, pero hay un punto más importante que se debería atender y que es el que nos interesa ahora.

¿Porque yo esté convencido de que la autoridad que me respalda es más importante que las que respaldan a otros, tengo derecho a imponerla en ámbitos ajenos al mío?

El religioso está convencido de que la Biblia es la Palabra de Dios, y por eso quiere que ese matrimonio no se apruebe legalmente. Quiere que quien opte por esa clase de uniones siga siendo considerado infractor de la norma, que no se le legalice “su abominación”, “su pecado”, que siga siendo visto con censura, con una cierta exclusión.

Por su parte, el laicista quiere que se admita como válida tal unión, que se le quite la censura y se incluya a tales parejas como opciones diversas dentro de la sociedad. Algo así como se aceptan otro tipo de adhesiones, como ser militante de un partido político o hincha de un equipo de fútbol, sin que esas diferencias los excluyan del concierto de la sociedad. Además, porque la figura del matrimonio establece unas condiciones civiles y económicas especiales a las cuales consideran que también tienen derecho, y que actualmente no pueden tener por la exclusión que se hace a su tipo de relación de pareja.

Pareciera que todo el problema se fundamenta en un matiz de percepción respecto del sentido de la palabra “pareja” (vea la tercera acepción del diccionario de la RAE), pero tiene mucho fondo cultural.

En fin, que el conflicto se presenta por querer aplicar la fuerza de una autoridad en el ámbito de otra.

¿De qué estamos hablando cuando consideramos el asunto? Del “matrimonio civil” entre personas del mismo sexo. Si se dice “civil” no debería usarse como autoridad lo que diga el libro religioso de cualquier iglesia, al menos no mientras el Estado se declare Laico, es decir, independiente de cualquier religión.

Hacerlo sería tanto como querer cambiar en las iglesias el modo de definir qué es virtud y qué es pecado. Alguien podría alegar que no es democrático que sean los sacerdotes quienes lo decidan, sino que debería ser sometido a votación de toda la feligresía, porque si lo deciden “desde arriba” y sin consultarle al pueblo, lo están sometiendo a una dictadura.

Ya sé que resulta ofensiva para los creyentes esta imagen, pero con ella se puede apreciar lo que se está haciendo desde la otra parte. Aunque, la verdad sea dicha, en la práctica la gente ya aplicó esta figura de la democracia y decidió no cumplir ciertos preceptos que le resultan incómodos, como lo relativo a la planificación familiar.

Esta discusión se acabaría si se ubicara “cada loro en su estaca” y dejara de pretender cada uno que el otro haga lo que el uno considera correcto, y si dejaran de pelear por el uso excluyente de un par de palabras, “matrimonio” y “pareja”, es decir, si dejaran de pretender hacer valer la autoridad que respalda a cada parte en los asuntos de la otra parte.

En el ámbito religioso, en uso del libre albedrío, cada creyente seguirá manteniendo su vida tan virtuosa como sea capaz, a pesar de que los no creyentes aprueben para ellos todas las abominaciones imaginables, y si su fe es tan grande, se harán martirizar antes que someterse a tales abominaciones, si es que los no creyentes pretendieran convertirlas en obligatorias para todos. Y en cumplimiento del mandamiento del Amor, amarán a todos, incluyendo a los pecadores, aunque no los imiten en su pecado.

Es bueno recordar que el Cristianismo surgió en medio de una cultura no-cristiana que lo persiguió, cultura en la que las leyes civiles no coincidían con el culto cristiano, justamente porque estaban influidas por otras religiones, pero el Cristianismo mantuvo su fe y sobrevivió, como el Loto que se mantiene blanco aunque nazca entre el barro.

Esa es la parte que le corresponde al creyente, ser fiel a las leyes de su Dios (sobre todo, el mandato de “amarás a tu enemigo”), no intentar cambiar las leyes de los hombres. Y los laicistas no deben intentar convertir las iglesias en democracias. Cada loro en su estaca.

Namasté.

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